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El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya no les es posible encorvarse un milímetro más, pierden la vida. Martín tenía conocimiento de esto, pero no sabía con certeza qué es lo que hay detrás de la muerte, por ello planeaba averiguarlo. ¿Cómo? La única manera era suicidándose, sin embargo, alguna vez escuchó que no alcanzan el Reino de Dios los que pierden la vida por su propia mano. 


Claro -dijo- no alcanzan el paraíso aquellos que mueren por su propia mano, pero nadie dice nada de los que se matan con su propia espalda. Tras decir esto, decidió que, a partir de ese instante, caminaría encorvado para engañar a la tumba, a la tierra y a la muerte. Pensaba que al caminar de esa manera, sería viejo antes de tiempo. En efecto, poco después de andar agachado, su cuerpo creyó que la tumba estaba llamándolo y empezó a formar dunas en su rostro, a enviar terremotos a sus manos y a ponerle relámpagos en las sienes. La vista se le deterioró tanto, que debía usar lentes al dormir para ver los sueños con claridad. 


Tenía veinticinco años y el cuerpo de una momia; eso no le importaba. Su deseo era descubrir qué hay detrás de la muerte, y estaba a punto de hacerlo... Dos meses habían pasado desde tomada la decisión, cuando se encavernó su mirada para siempre. ¡Por fin estaba frente a frente con el misterio más grande del mundo!..., pero no tuvo palabras para decir nada, porque de inmediato se vio convertido en un cometa que, de forma inminente, se estrellaría contra la luna.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018.


Las mil y una leyendas de Guatemala

Se cuenta (pero Alá es más juicioso, más sabio y bienhechor) que en la raíz de los tiempos había un hombre con imaginación prodigiosa y gran habilidad para el verso. Vivió en la antigua Persia entre palacios y derviches. Era un hombre que andaba por las calles buscando la manera de cambiar la vida, porque le parecía en extremo tediosa y, en cierto punto, horrible. Entregó sus noches a la creación literaria, tenía ideas inacabables y trataba de plasmarlas siempre. Su calidad era insuperable, no había en todo el planeta alguien con una imaginación más alta; sus historias se adornaban con fantasía en cada letra: contó la vida de Aladino y la lámpara maravillosa; contó la historia del joven flojo y el primate que hacía germinar árboles dadores de piedras preciosas; la historia del ciego que se hacía abofetear en el puente, por el bálsamo mágico que lo hizo ver todos los tesoros del mundo; la del espejo inverosímil que permitía confirmar la virginidad de las mujeres; la de Alí Babá y el muro que se abría con solo decir «ábrete, sésamo»; la historia de los animales que acompañaron al león en busca del hombre; las aventuras de Simbad el Marino enfrentando, con sus compañeros, a hombres gigantes y atracando en una isla que, en realidad, era una ballena; la de los jeques que salvaron con historias de humanos convertidos en animales al comerciante asesino del hijo de un efrit; la de la heroica franca que venció por amor al ejército de su padre; y un collar de maravillas que muchos años después se atarían con la voz de Sherezade, para trascender por mucho tiempo. Pero como aquella magia no existía más que en su mente, llegó el día de su deceso. A él lo olvidaron al extremo de que su nombre se desvaneció para siempre, pero sus cuentos viajan por los siglos de manera anónima con la garantía de no olvidarse nunca…


El autor de Las mil y una noches, descendió al Hades. Como todos los hombres que fueron buenos, pero no bautizados en el cristianismo, lo enviaron al Limbo; ahí se reunió con Homero, con Sócrates, con Virgilio, con Ovidio, con Séneca, con Horacio, con Plutarco y con un sinfín de intelectuales más. La vez que Dante pasó por ahí, no lo vio o no lo reconoció, por eso su nombre no aparece en la Divina comedia.


En el Limbo se ponían a platicar de forma incansable. Homero recitaba con gran sentimiento la guerra de Troya plasmada en la Ilíada y la pasión de Ulises y Penélope narrada en la Odisea; al terminar, era Virgilio quien cantaba las aventuras de Eneas, su amor por Dido, su batallas contra Turno; inmediatamente Ovidio empezaba a cantar, a manera de respuesta, las cartas de sus Heroidas, la de Penélope a Ulises y la de Dido a Eneas, por ejemplo; luego, en tono serio, intervenía Sócrates diciendo que como literatura estaba bien, pero que se equivocaban filosóficamente, porque no eran dioses tangibles de los que había hablado Orfeo. Después de todos, pasaba él a contar las historias de Las mil y una noches. Era la del «Espejo de las mujeres vírgenes» la predilecta de todos y la que él más decía. Cuando se cansaban de escuchar lo mismo, invitaban a Esopo para que les contara sus fábulas o a Sófocles para que hablara de Edipo Rey, pero al final, siempre caían en lo repetitivo; por lo mismo, hubo fiesta la vez que pasaron por ahí Dante (en un viaje ajeno al que hizo con Virgilio) y Luis Vaz de Camões, porque pudieron conocer las historias del Capitán Gama relatadas en Los lusíadas y la desgarradora historia del Conde Ugolino incluida en la Divina comedia, pero aquellos dos hombres solo llegaron de visita ya que, por ser sus poemas épicos alusivos a Cristo, iban camino al cielo...


Cuando los sabios quisieron escuchar cosas nuevas, todos presentaron poemas épicos maravillosos y el autor de Las mil y una noches siguió haciendo uso de su inigualable imaginación; contó la historia de las mujeres que huían de casa porque les dieron tiste con andar de araña; la de la ceguera blanca remediada al quitar el hilo que usa el ojo como carrizo; la del hombre que se volvió luminaria para siempre; la del venado de las siete rozas que en realidad era un brujo; la de la mujer que pintaba un barco en la pared, se metía en él, cerraba los ojos y huía; la de la trenza de mujer que se arrastraba como culebra y fue llevada por un perro al infierno; la de la campana que fue fundida con las pupilas de una novicia y al ser tocada en lugar de tañer, emitía lamentos; la del hombre que fue asesinado por sus propias esculturas cuando éstas cobraron vida; la de los hombres que se dejaban picar por tarántulas para sudar ojos y ver millones de veces más; la de los muertos que platicaban dentro de la tumba; la de los que buscaban el punto bajo la tierra donde se unían los océanos; la del hombre con respiración de imán que quedó convertido en árbol; y la del Azacuán que se robó la sombra de una mujer y se casó con un barrilete, entre otro sinfín de fantasías maravillosas. Todos los literatos que se encontraban en el Limbo lo ovacionaban y decían que en el mundo de los vivos merecían conocer esas historias encantadoras. No se sabe cómo, pero consiguieron que el alma de aquel genio se enfilara entre las almas que vuelven a la vida y que Anquises le describió a Eneas. Aquella alma ingeniosa que otrora escribió Las mil y una noches, volvió a la tierra y, cuando creció, escribió todas las historias inventadas cuando muerto. El lugar en que nació en esta segunda vida, está cubierta de volcanes y pirámides, en ella recibió el nombre de Miguel Ángel Asturias con el cual firmó Mil y una leyendas de Guatemala.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018.
Club de lectura "Letras entre Ruinas".


La otra muerte de Jesús

Después de las bienaventuranzas y de multiplicar los peces y los panes para saciar el hambre de sus escuchas, Jesús caminó algún tiempo predicando con sabiduría, hasta que fue gloriosamente recibido en Jerusalén entre vivas, palmas y lisonjas. Al cabo de algún tiempo, cuando se encontraba rezando en el Monte de los Olivos, fue aprehendido y llevado ante Poncio Pilatos. Estuvo de poder en poder hasta que lo condenaron a morir en la cruz. A los tres días de estar muerto, resucitó y salió del sepulcro.


Se cuenta que anduvo cuarenta días en la Tierra, aguardando el momento de la ascensión. Subió a la diestra del Padre y ahí estuvo, a la espera de que muriera el último de sus apóstoles. Cuando éste conoció la muerte, Dios acordó mandarlos a predicar su palabra y propagar el bien en el otro lado del mundo, lo que hoy llamamos América.


Nuevamente una estrella señaló el lugar donde nacería el salvador del mundo. La historia parecía repetirse. Jesús creció como niño prodigioso, y cuando se hizo hombre, se reunió con sus doce amigos y predicó la palabra de Dios en Abya Yala. Invitaba a todos los hombres a amar al Padre por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.


Un día, en el valle sublime respaldado por tres volcanes, Jesús se reunió con varias personas para dar el mensaje de las bienaventuranzas. Al terminar, apareció una anciana con un poco de alimento hecho de maíz, y luego un joven con dos animales que cazó en el volcán más cercano. Los escuchas empezaron a quejarse de hambre, y Jesús, como en el pasaje que quedó registrado en la Biblia, decidió multiplicar los alimentos, pero aquí, las personas no tomaron aquel acto de bondad como milagro, sino como nigromancia. Todos se alborotaron. Los insultaron con los peores improperios que su idioma permitía y no esperaron, no, oración en ningún huerto ni llevarlo ante ningún Poncio. Ahí mismo fue capturado junto a los apóstoles…


Los nativos les dijeron que por creerse hechiceros, serían castigados con la muerte. Mandaron a llamar a dos ancianos sabios a quienes informaron sobre la multiplicación de los alimentos, y ellos decidieron que debían ser enterrados en vida. Al ver Jesús que estaba perdido, alzando los ojos al cielo, mientras suspiraba, dijo «Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya». Los viejos mandaron a cavar trece tumbas, quedando una al centro y doce alrededor; pronunciaron la sentencia, y al instante, el mesías y los apóstoles fueron cubiertos por la tierra. Tres días después, frente a los volcanes, el cuerpo de Jesús empezó a emerger, gota a gota, sobre el valle hasta formar un lago inmenso, en señal de resurrección; cuando el cuerpo terminó de acuificarse, aparecieron los apóstoles, convertidos en piedra, para rodearlo a manera corona. Sobre aquellas piedras, los pobladores erigieron templos, convencidos de su error y de la divinidad de los enterrados. Los trece hombres, tras la metamorfosis, lucen hoy como el lago de Atitlán y doce pueblecitos con nombres apostólicos.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018
Lago de Atitlán. 



Tráfico de recuerdos

La luz del sol entraba rectangular a través de la puerta, pero fue tijereteada por mi sombra. Me paré frente a todos los que estaban en la sala, imposté la voz para oírme más varonil, y en el momento en que voltearon a verme, grité: ¿Quién ha robado mis recuerdos?... La mayoría guardó silencio, solo Juan Palencia se levantó y me dijo: Yo sé quién fue… Le exigí que me lo revelara en el acto, sin embargo, la impaciencia fue tanta, que me pareció mucho el tiempo transcurrido antes de que abriera la boca para decírmelo; entonces perdí el sentido y arremetí contra él a dentelladas, dejándolo tirado en el suelo con la respuesta ahogada en las cuerdas bucales.


Salí con desesperación a la calle y lamentando la muerte de la única persona en el mundo que sabía quién robó los recuerdos de mi mente. Con pesadumbre caminé algunas cuadras, tratando de inventar un pasado para no sentirme como recién nacido... A varias personas les pregunté sobre la identidad del ladrón de recuerdos; y quienes no me ignoraron, se rieron en mi cara… De esta suerte continué algunas calles más, creyendo que la esperanza había muerto para siempre… pero en una esquina, cuando estaba a punto de quitarme la vida, encontré a una mujer que me veía con ternura. 


Al principio no creí que hubiera ternura en sus ojos, sino compasión hacia mi desgracia; y cómo no, si mi aspecto era el de un indigente. A pesar de ello, la chica seguía viéndome con mirada enternecida. Decidí aproximarme a ella y preguntarle sobre mis memorias. Al verla a los ojos, sentí en su mirada algo familiar. No era una sensación que viniera de la mente, sino del corazón. Después de algunos minutos, me confesó no saber nada sobre quienes me despojaron del ayer, pero me comunicó sus sospechas respecto a unos tipos que vio camino de la capital, arrastrando remembranzas… También me dijo que tiempo atrás fuimos  novios y nos amamos. Tal vez por eso, aunque no la recordaban mis neuronas, la evocaban mi cuerpo y mi alma. 


Más adelante, me confirmaron que los traficantes de recuerdos iban rumbo a la capital, para vendérselos a las personas con Alzheimer a un precio muy elevado. La descripción coincidía con los detalles otorgados por la chica que alguna vez me dio su amor. Entonces salí corriendo rumbo a la ciudad para alcanzarlos, y mientras galopaba, hacía espirales en mi cabeza la idea de que era inaceptable ver cómo otra persona se quedaba con mi vida… porque al final de los tiempos, la vida es únicamente  las cosas que nuestra mente consigue guardar.


Con la mente vacía, no logré evocar el camino hacia la capital. Me detuve en una tienda para preguntarle al dueño si podía darme indicaciones sobre la ruta correcta, o si acaso conocía el paradero de los ladrones de recuerdos… El anciano me amplió los detalles sobre los traficantes. Me dijo que no viajaban por el camino nuevo, sino por el viejo, ya carcomido por el bosque. Le di las gracias y partí tras ellos... Recuerdo haber escuchado a lo lejos sus gritos, advirtiéndome que debía tener mucho cuidado porque el bosque estaba lleno de peligros. También recuerdo haberle preguntado su nombre, para llenar mi mente de nuevos recuerdos… Me respondió que no sabía con certeza cómo se llamaba, porque hace muchos años también lo despojaron de sus memorias, y para no quedar con la mente en blanco, contactó a los traficantes con el fin de comprarles su pasado; pero, al parecer, los sujetos le entregaron un cargamento de recuerdos de otra persona, y por eso no estaba seguro si en verdad era el del cuerpo o el de la mente…


Salí tras los traficantes a través del bosque. Al estar ahí, pude notar un paisaje estremecedor. Los árboles no parecían árboles, sino hombres; no por su aspecto, por la sensación que daban  de estar observando todo el tiempo. Sobre la hojarasca había huellas tatuadas, creí que eran de los traficantes y caminé hacia ellas. En el camino no pude hacer otra cosa que meditar sobre la importancia de los recuerdos. Pensar en lo obscuro de una noche mental, me quitaba toda esperanza de recuperar la luz del pasado... De repente, oí una voz que interrumpió mis pensamientos y me llamó por un nombre que, supuse, era mi nombre: Pablo, Pablo -me dijo- no pienses que no hay esperanza en la oscuridad. Sorprendido, busqué el cuerpo del cual procedía la voz, pero no encontré nada… Pronto me percaté que emergía del fondo de un árbol de laurel. 


Me paré frente al tronco y le pregunté quién era, luego le exigí que me dijera cómo se atrevía a asegurar eso. El árbol de laurel me dijo: Soy Dafne, una ninfa que existió hace muchos años. Apolo vivió siempre enamorado de mí, pero nunca pude corresponderle… sin embargo, no es de eso de lo que quiero hablarte, sino de su nacimiento. Su madre es Leto, la noche, y su padre es Zeus, dios de la voluntad y del relámpago. Ella representa la oscuridad total, y en medio de esa penumbra, aparece Zeus, que es el rayo, y la deja en cinta. Ella da a luz a dos gemelos, Artemisa y Apolo, quienes representan a la luna y al sol. Fue Artemisa la primera en salir del vientre de su madre; Apolo, el último. Todo esto te lo digo porque debes saber que, si estás hundido en las tinieblas, necesitas poner de tu voluntad para salir poco a poco de ella; ser primero como la luna, para luego llegar a ser como el sol. En pocas palabras, de la oscuridad podemos pasar a la luz, si luchamos por ello. Así que no desmayes, tú puedes luchar para recuperar tus recuerdos… Cuando Dafne terminó su discurso, salí corriendo asustado, y solo me detuve cuatrocientos metros adelante. 


Vi un árbol frondoso que con su copa ofrendaba sombra al suelo, y me recosté en su tronco a meditar sobre lo dicho por Dafne. Llegué a la conclusión de que la verdad estaba de su lado: yo debía luchar con voluntad si quería salir de ese sitio obscuro; entonces por mi mente se cruzaron dos ideas para llegar, según yo, a la luz. Una, era darles alcance a los traficantes y recuperar mis recuerdos, algo que por entonces veía imposible, porque de seguro ya estarían arribando a la capital para venderlos; la otra, el suicidio. Mientras cruzaban esas cavilaciones por mi mente, oí cómo, del fondo del árbol en que estaba recostado salía una voz, ahora masculina. 


Me levanté de inmediato para escucharlo: Me llamo Pier della Vigna y soy de quienes han perdido la vida por mano propia. Debido a eso, cuando estuve frente a Minos me dio siete vueltas mandándome al Bosque de los Suicidas. Ahí fue puesta mi alma dentro de este árbol. Con mucho esfuerzo conseguí escapar del Infierno y refugiarme acá, donde no me martirizo escuchando lamentos… Aún así, para el día del Juicio Final, mi alma está condenada a no regresar al cuerpo que en vida desprecié; mi único consuelo será ver colgados mis restos humanos en estas ramas. No quiero verte sufrir el mismo destino ni que te condenen a separarte irremediablemente de tu cuerpo. Por eso te digo, el suicidio no es solución para nada: si tu amenaza es de muerte, no es con la muerte que vas a solucionarla. En tu caso, que es por la pérdida de tus recuerdos, morir y desaparecer, no solo de tu mente, sino también en la de tus amigos, sería peor. Debes luchar tus anhelos, no importa cuánto, pero debes luchar. 


Cuando Pier della Vigna terminó su discurso, mi reacción fue la misma: salí corriendo hasta encontrar un árbol de amplia sombra. Bajo el cobijo de un aguacatal, cavilé durante largo tiempo sobre lo dicho por el árbol, y en verdad convine con él en que el suicidio no es solución para nada. Eso me alentó para recuperar mis sueños, llevando todo hasta las últimas instancias... Estaba por levantarme, cuando de nuevo escuché una voz: Pablo, yo soy el Hombre que lo tenía todo, todo, y terminé como me ves, por empeñarme demasiado en algo, como tú piensas empeñarte ahora... Mi hijo, Espejito con Ojos, tenía la ilusión de hacer unos lentes con pepitas de aguacate, y como el aguacatal a quién se lo pidió, se los negara, me sentí con el derecho de obligarlo. El árbol se negó de nuevo, y yo, en un impulso de insensatez, empeñado en satisfacer a mi hijo, lo reduje a un puño de leña... Ya me disponía a volver a casa, cuando fui llevado a juicio en un bosque, donde me condenaron, no a beber cicuta como Sócrates, sino a convertirme en esto… Mis vecinos tienen razón, aún estando en la obscuridad de la noche, debes tener la voluntad para llegar al día; y aún en esa misma oscuridad, puedes seguir varios caminos excepto el del suicidio; pero también yo la tengo: si bien debemos luchar por nuestros anhelos, no debemos obsesionarnos con ellos… Ahora estás en este bosque, el bosque de los árboles-humanos, persiguiendo a los traficantes de recuerdos que, según tú, llevan los tuyos para venderlos a las personas con Alzheimer, pero  no fueron ellos quienes te despojaron de tus memorias… Fue Morfeo. Por ello debes actuar con la razón, no con la obsesión, para no equivocarte. 


Sorprendido por su revelación,  en lugar de salir corriendo tras los traficantes, le pedí los datos sobre la ubicación de Morfeo. Lo tomé de las ramas, y no lo solté hasta que me lo dijo. Antes de irme le pregunté sobre el motivo por el cual Morfeo se roba los recuerdos. Me respondió que no era para venderlos a las personas con Alzheimer, como yo creía, sino para colocarlos en la mente de las personas dormidas y llenarles la noche de imágenes. Me aclaró también que por ese motivo, vemos en los sueños a personas desconocidas, que al despertar, nos cuesta recordarlas con claridad, porque pertenecen a otro mundo, a otra mente. Con esa información, me dispuse a seguirlo más a prisa… Me parecía insoportable la idea de que alguien más viviera todas las alegrías y tristezas vividas antes por mí…


Por correr sin ver el camino, me sucedió lo siguiente: entre los árboles que pretendían atraparme con manos rígidas, corría; de pronto me pareció ver entre el parpadeo de las hojas la figura de un hombre. Debía ser Morfeo, no podía ser otro. Llevaba entre sus manos una esfera donde podían verse todas las cosas al mismo tiempo, como en el Aleph de Borges: supuse que eran mis recuerdos, y apresuré el paso. Morfeo se percató de ello y también salió corriendo. Mis zancadas comían más distancia que las suyas; estuve a punto de alcanzarlo, pero al estirar la mano, dio un giro repentino que  no conseguí imitar, y me embarranqué. Mientras caía pude ver la cara de Morfeo atravesada por una sonrisa sarcástica… Antes de llegar al fondo del barranco, mi cuerpo dio un salto y desperté. Estaba agitado y tembloroso. Pronto lo supe: nadie habían robado mis recuerdos, lo sentí así porque estaba en otro mundo, en el mundo de Morfeo, que manda nuestras memorias a otra mente mientras estamos en sus dominios…


Fecha: 2018

Premio: Premio único de cuento en los Juegos Florales de Cabañas, Zacapa, 2018.

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación de los Juegos Florales de Cabañas, Zacapa 


Leyenda del ajedrez

En la raíz de los tiempos, los hombres eran gigantes, no como Polifemo o como Goliat, no. Eran en verdad colosales. Los planetas que para nosotros son inmensos, eran para ellos algo pequeño, a penas un poco más grande que su tórax.


Por nuestro sistema solar, vivían dos parejas de gigantes. Tan amigos eran los hombres, como amigas las mujeres. Mientras ellas platicaban sobre las nuevas que había a lo largo de la galaxia, ellos pasaban las horas jugando ajedrez. Su tablero predilecto, era lo que hoy llamamos Planeta Tierra; ahí el continente asiático formaba un lado del tablero y el americano otro cuando aún formaban parte de Pangea. Las piezas eran montañas de aspecto triangular que se erguían sobre toda su extensión. Las movían con astucia, ambos tenían estrategias buenas, por lo que pasaban mucho tiempo en la partida, demasiado tiempo, al extremo de desatender sus obligaciones como maridos...


Las mujeres, cansadas de ver que sus esposos no se desprendían del tablero, empezaron a reprenderlos con asiduidad, pero lo único que conseguían eran vituperios por interrumpir el silencio que caía sobre el juego. Fue mucho tiempo el que pasaron en aquella situación, tanto que las mujeres, cuyo nombre se perdió con el paso del tiempo, ya no hablaban de las cosas que acontecían en la Vía Láctea, sino de planear algo para que abandonaran el vicio de jugar.


Una de ellas tuvo la idea de que podían extraer del sol fragmentos ardientes, y luego introducirlos dentro de las piezas de ajedrez. Si esos fragmentos son─- decían─- cuasieternos como el sol, las piezas se calentarán tanto que no podrán agarrarlas jamás.


Así lo hicieron, extrajeron fragmentos de sol y los metieron dentro de aquellas piezas. Cuando los dos gigantes, con nombre también borrado por el tiempo, intentaron jugar, no soportaron el contacto con las piezas. Varias veces volvieron para ver si se habían enfriado, pero nunca dejaron de ser ardientes. Lo único que les quedó, fue abandonar el tablero para siempre, pero como su gusto por el ajedrez era tanto, obligaron a sus mujeres a marcharse a otra parte del Universo para encontrar otro planeta con condiciones semejantes...

   

Cuenta la leyenda que, desde aquel entonces, nunca más pusieron pie por estos lugares, y que por eso la vida de hombres diminutos germinó en el antiguo tablero de ajedrez; estos hombres llamaron volcanes a las piezas que, algunas veces, auún muestran por la cabeza las partes de sol que llevan dentro.


Fecha: 01/2018

Pablo Bejarano en 2018
Reunión del club de lectura 
"Letras entre Ruinas"


El Cristo

Este es el rey de los valles. Así le llamaron porque tenía una corona de cerros verdes, hoy todos parchados de siembras. Aunque desde fundada la ciudad, la sierra o sierpe (¿quién sabe con certeza qué es?) parece haber mutado de piel, el paisaje continúa siendo fascinante. A través de los manantiales, los cerros admiraban el horizonte, pero ahora prefieren ver los acontecimientos de la ciudad aletargada en su garganta. Uno de esos cerros, me relató la historia que estoy por compartir:


La misma noche en que las estrellas se estiraban para caer sobre la tierra y besarla, Antonio Olmedo se vio totalmente perdido. Con la lluvia parecía haber iniciado su desdicha. ¿A qué hora la fortuna había desaparecido? ¿Cómo pasó de ser alcalde municipal a hombre sin nada en las cuentas bancarias? Cierto es que fue prepotente y muchas veces en la alcaldía tomó decisiones tiránicas, pero aun con esas agravantes, no creía merecer el funesto castigo que estaba padeciendo...


Dos años consiguió sostener a la familia con la venta de pertenencias, pero llegó el momento de trabajar. Nadie en el pueblo quiso emplearlo, porque todos fueron humillados por él en algún momento. Al volver por las tardes a casa caminaba desconsolado, cabizbajo; parecía ir observando la guerra entre sus pies y la distancia. Nadie lo empleaba en un puesto de los que él catalogaba "dignos" y se resistía a perder el orgullo y caer en el extremo de aceptar el trabajo que iba quedando como única opción… Sin embargo a eso estaba obligándolo el destino...

  

En los pasillos siempre sucios del mercado, donde el grito de los vendedores se desgrana ininterrumpidamente, y todos los colores del país se amotinan en pirámides que de libra en libra se extinguen, apareció, despojado de su orgullo, Antonio Olmedo para enfrentarse a su primer día de trabajo como cargador. Los verduleros, quienes lo empleaban para transportar la mercancía del camión repartidor a los puestos, parecía que como una venganza, compraban más verdura para que él, llevándolas en un solo viaje, sintiera que cargaba el peso de sus pecados, del pecado de haberles cobrado un arbitrario municipal altísimo y de ignorar sus peticiones; no obstante, soportaba la injuria por amor a su familia.


Las vejaciones eran cada vez mayores. Pasado un año, el hombre que alguna vez tuvo cuerpo estético como escultura griega, estaba arruinado: el tórax le sonreía a través de la piel, y la humillación ya era parte de la rutina. Muchas veces, hombres con rencores añejos, lo fusilaban con dicterios, le recordaban las veces que como alcalde los humillaba poniéndoles obstáculos para vender las verduras, y si Olmedo intentaba defenderse, ya no a improperios, sino a dentelladas era la humillación. Del mandatario del pueblo, pasó a ser el hazmerreír. Las personas de alcurnia iban al mercado a comprar el gusto de verlo hundido, con el pretexto de algunas verduras…


En un alto templo con cuatro espadañas blancas que como tornados parecían descender de las nubes, los peregrinos dibujando rosas de sangre con las rodillas, entraban para rezar ante el Cristo Negro. Llevaban alrededor de cuatro siglos venerando la efigie y hasta ahora veían que el rostro del Cristo crucificado, un día descansaba sobre el hombro izquierdo, y al otro, sobre el derecho. Incontables fueron las veces que cambió la postura de su desfallecida cabeza. Un anciano, que llevaba poemas escritos en las arrugas de la piel, fue quien advirtió que el Cristo Negro movía la cabeza en señal de negación, porque seguramente el pueblo actuaba de manera ofensiva a sus ojos, pero fueron pocos los que tomaron en serio al anciano. Solo Antonio Olmedo creyó en él, y cada vez que iba al templo a pedirle perdón al Cristo por todos los abusos que cometió como alcalde, también pedía que perdonara a aquellos que estaban ofendiéndolo con sus actitudes.


Antonio Olmedo, quien alguna vez estuvo fornido, vagaba como zancudo por el mercado. Las mismas personas que trataban de humillarlo, quedaban estupefactas al observar que, a pesar de la escualidez, resistía sin problema los pesos que por unos cuantos quetzales cargaba. Se repetía asiduamente que todo valía la condena porque su familia no pasaba hambre... De los recuerdos de su riqueza no quedaba nada, era como si durante toda la vida hubiera sido pobre y nunca hubiera pisado la municipalidad, por lo que la tentativa de pisotear su orgullo no tenía efecto. Toda la población se había ensañado con él, y cuando se percataron que los vituperios no lo afectaban, intentaron maximizar la punición física. En el mercado era claro el odio en contra de Olmedo. Nadie recordaba por qué, pero lo odiaban. Lo dicterios no tenían ningún efecto en él, por cada "carga esto, infeliz" recordaba la frase que noche a noche pronunciaban sus hijos "gracias por todo, papá". Eso le brindaba fuerzas para continuar, pero como la maldad no tiene límites, los verduleros competían para saber quién lo humillaba más. 


Un día funesto, se aliaron dos de ellos y decidieron obligarlo a llevar la carga de ambos a un tiempo, amenazándolo con hablar con sus compañeros para que ya no le dieran trabajo si desobedecía. En silencio siguió las directrices, y trastumbando, como si llevara a Cabracán en la planta de los pies, que ya no eran plantas sino placas tectónicas, cargó por cincuenta metros la mercancía. ¡Cuánto menos sufrió Atlas al ser obligado por Júpiter a cargar el cielo! Desde aquel día, tuvo que transportar la verdura de ambos en un viaje. Después otro hombre se unió a la causa, y fueron tres los bultos que llevó sobre la espalda. Trató de soportarlo, mas si lograba adelantar un pie, pegaba una rodilla al suelo. Parecía que atrás de él venía la parca, y por eso iba regando con las rodillas pétalos para amenizar el tétrico desfile. La situación duró un tiempo más...

   

Los tres verduleros ¿o verdugos?, cada día, tras cerrar sus locales, se dirigían al templo y entraban de hinojos hasta cerca del altar mayor para pedirle al Cristo Negro que los guardara, que no permitiera en el mercado las extorsiones y que su familia no padeciera enfermedades, accidentes o cualquier tipo de desdicha que pusiera en riesgo la vida. Pedían infinitas cosas, pero a diferencia de Olmedo, no pedían perdón por sus faltas. Las vejaciones que le hacían a Antonio, no llegaban a su mente en ese instante, porque para ellos era cosa sin importancia...


   —¿Por qué moverá su divino rostro?

   —No lo sé, pero tal vez el anciano tenga razón .

   —¿Tú crees? ¿Será que la población está haciendo algo que el Cristo Negro reprueba?

   —¿Qué puede ser? Al menos yo no he notado alguna actitud que sea capaz de indignar al Señor.

   —Bueno, tal vez sean el adulterio o el latrocinio lo que lo tiene así.

   —Ya lo sabremos, amigo, ya lo sabremos.

Cuando terminó la charla fueron al mercado y en seguida, con sonrisas siniestras, obligaron a Olmedo a que cargara con lo suyo. Por el agotamiento rezagado, Antonio no resistió esta vez y cayó. Dio un grito tan ensordecedor, que las personas a dos cuadras de distancia, creyeron que del sonido de la tempestad.

  

En casa la esposa le insistía en que dejara de trabajar, que ya era mucho, que si bien tenía necesidad no debía pasar ese calvario. Iba atrasado con el alquiler de la casa, entonces le dijo a su esposa que dejaría el trabajo en unas semanas más. El cuarto día de la penúltima semana que planeaba laborar, bajo el cielo oscuro, casi del color del Cristo que estaba en el pecho de la iglesia, Antonio fue a trabajar. Ni Hefestos trabajó tanto en la armadura de Aquiles y Eneas, como trabajó él ese día cargando un peso parecido al que arrastraban los egipcios con el afán de construir las montañas que hoy son milenarias... Helios y sus dorados caballos iban por el meridiano cuando Olmedo colapsó. Tirado en el suelo, con la carga en la espalda, sin poder levantarse y con el rostro pegado al piso como los avaros de la Divina comedia, estaba Antonio, mientras las personas a su alrededor se pasaban la risa de boca en boca, tan rápidamente, que parecían todos reir al unísono.


El estoicismo presentado durante tanto tiempo se fue, y el llanto robó la virginidad de sus ojos. Con sus lágrimas la risa de todos aumentó, hasta que un resplandor atrajo la mirada de mundo y medio. El brillo parecía salir de un hombre moreno, muy moreno, fornido, de cabellera larga y oscura como su piel, mirada apacible, conmovedora, y a la vez, penetrante. Rompió la muralla de risas al pasar, y se puso frente al humillado. Con los fuertes miembros alzó la carga que tenía vencido a Olmedo y la colocó en sus hombros.

   —¿A dónde llevas esto, hijo mío?

   —A unos cuantos metros de acá.

   —Entonces vamos.

   —Te lo agradezco, pero al menos dividamos la carga. Es mucho peso para una sola persona. Si lo sabré yo.

   —No tengas cuidado. Me acostumbré a llevar en los hombros pesos que no me corresponden.

   —No sabes cuánto te lo agradezco.

   —Si lo sé. Ya una vez, en un tiempo que no me creerías, hubo un hombre que me ayudó cuando caí cargando lo que no era mi obligación... ya llegamos. Puedes cobrarle a esos impíos lo que te corresponde.

   —Gracias, hermano. ¿Cómo te llamas?

   —Pronto lo sabrás.


Los verduleros comentaron minutos después que, al parecer, todos en el mercado habían escuchado una voz diciendo "Ojalá no se arrodillen de nuevo frente a mí con su orgullo vestido de humildad", pero la gente quiso creer que solo había sido una coincidencia... A la mañana siguiente, los cerros conmocionados por esa historia, derramaron lágrimas disfrazadas de ríos crecidos e inundaron la ciudad. A pesar de la debacle, así como los cuervos dan vueltas en el cielo cuando localizan un cadáver, daban vueltas los malos pensamientos dentro de su mente para seguir dañando a Olmedo, pero ese día no llegó; de hecho, de él llegó únicamente el rumor de que en la madrugada había partido con su familia rumbo a un lugar ignoto, gracias a un resplandor de oro, regalo del hombre que lo ayudó con la carga, para que empezara un nuevo derrotero lejos de la avaricia y la humillación. 


Aquello sorprendió poco a los verduleros, lo que les causó un poco más de asombro fue cuando entró un anciano caminando sobre el fango, y les contó que el día anterior, al ir al templo, para rezar e intentar entender por qué el Cristo movía la cabeza, se sorprendió al ver que en el altar mayor no estaba la efigie. Contó el anciano que al principio supuso que se trataba de un robo, y lo denunció, pero al regresar con las autoridades, el Cristo ya estaba en su lugar con una marca sobre el hombro y sin el resplandor...

  

Las personas dijeron que el anciano estaba loco, sin embargo, cuando el cielo guardó al sol en su bolsillo, comentaron que aquellas debían ser dos historias distintas, a penas con un resplandor, una marca y una hora en común...


Fecha: 11/10/2017

Premio: Premio único de cuento en los juegos florales de Mazatenango, 2018

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación de los juegos florales de Mazatenango 
En la foto, también con diploma, el poeta Isaac Morales Sut



Homero, nuestro señor

"Fue hace tres mil años. Sí, hace tres mil años fue cuando vino a nuestro mundo el mesías: Homero, poeta jónico autor de la Ilíada y la Odisea; aquel que imaginó hombres batallando junto a dioses y sirenas de canto embelesador, y que hizo encajar todo en hexámetros perfectos. No vivió más de cien años, pero su obra ha trascendido por tres milenios. Se cuenta que regresará con su lira y su pericia para el verso el día que ya no haya más poetas sobre el mundo, y entonces, saldrán de la tumba todos los versificadores para que él decida quienes irán de su lado al Parnaso y quiénes serán condenados al olvido eterno... Parece que el día del juicio ha llegado…” 


"Después de la primera venida del padre Homero, a lo largo del tiempo y lo ancho del mundo, son muchos los que vinieron en su nombre, santos del verso que se encargaron de engrandecer la poesía, entre ellos: Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Garcilaso de la Vega, Quevedo, y recientemente, Miguel Ángel Asturias y Jorge Luis Borges, pero son incontables los poetas de verdad que pasaron por el mundo en distintos países y con diferentes idiomas; no obstante, ahora parece que ya no queda uno, o al menos, uno de verdad que no le tema a los dédalos de la rima, la métrica y la gramática; en cambio hay muchos que navegan en las libretas alzando la bandera del verso libre y la prosa poética y diciendo que lo hecho por Homero, nuestro señor, hasta llegar a Pablo Neruda, pasando por Ovidio, Petrarca, Góngora, Rimbaud, Hugo y Lorca, es algo obsoleto, algo que no sirve para nada que no sea apresar la creatividad; y continúan empeñados en escribir solo el verso arrítmico, principalmente con temas "eróticos" que nada tienen que ver con la sublimidad de Eros, porque están vinculados estrictamente con el sexo, desde un punto de vista pervertido." 


   —Así decía aquel antiguo folio que encontré en lo más profundo de la caverna, y que no parecía escrito en papel, sino sobre las arrugas de un anciano. Pensé que podía ser algo importante, por lo que decidí pasar la noche entera decodificando el mensaje. Si el inicio era sorprendente, lo que a continuación transcribo lo es más: 

"Desde el Parnaso, Homero observa indignado la postura de los nuevos poetas, y ha decidido que el día del juicio final sea en nuestros tiempos, sin embargo, quiso darles una última oportunidad para que pudieran salvarse de ser condenados al olvido eterno. La oportunidad consiste, dijo, en que puedan ganarles una batalla literaria a mis elegidos. El padre Homero estaba seguro del resultado final, pero quería mostrárselo al mundo de los lectores que han sido embrujados por la pluma de estos falsos profetas.” 


    —A cada párrafo el escrito, cuyo folio tenía el color de la luna llena cuando aparece en el horizonte, me parecía más asombroso. Poco a poco iba cobrando la forma de una profecía, el testamento de un ser supremo, o tal vez, un mundo creado por la mente prodigiosa de un antiguo humano. Para saber con exactitud de qué se trataba, tuve que seguir en mi trabajo durante algunas horas más, esto es cuanto descubrí: 

"Decidido a que diera inicio el armagedón poético, Homero eligió a cinco bardos que fueron sacados del sueño de la biblioteca, especialmente para la batalla. Por petición suya, fueron elegidos de épocas recientes, para que la diferencia no fuera tan abismal a la hora de versificar. El primero en ser traído de nuevo a la vida fue Miguel de Cervantes y Saavedra, para que fuera él, a través de las rimas, quien hiciera la anunciación a los poetas modernos sobre la batalla que se llevaría a cabo entre ambas corrientes... Volando sobre una nube con forma de bolígrafo, que parecía escribir ovillejos en el cielo, bajó a la tierra Cervantes, quien tras sacar un pergamino y ponerse frente a sus futuros contendientes, leyó con sonora voz: 

En nombre del altísimo he venido

a invitaros a ustedes, caballeros, 

que reinan este mundo malherido 

con sus versos arrítmicos y austeros, 

que seáis parte del duelo establecido, 

por Homero, señor de los troveros. 

Con él los ganadores pasarán  

al Parnaso, demás se olvidarán.

Los poetas  de la vanguardia motivaron al mejor de los suyos para que aceptara el reto improvisando versos, a su parecer, maravillosos: 

Con ganas infinitas como universos 

aceptamos el reto de poemar 

ante los ojos de Homero, el anticuado".


"Con la aceptación del reto guardada en la memoria, Cervantes volvió al Parnaso para darle la noticia a Homero quien admiraba el atardecer. Las sombras de las aves volaban sobre el ocaso esbozando poemas. Catorce líneas de pájaros iban cruzando el cielo de once en once, siendo más grandes las aves situadas en el sexto y décimo lugar. Qué rítmica visón, qué atardeceres más poéticos los presenciados en el Parnaso. Cervantes, tras darle la noticia al mesías, quedó por un momento extasiado fijando los ojos en aquellos ojos hermosos, que aunque se dice que fueron huérfanos de luz, ahora parecían transparentes y dentro de ellos podía verse al Pélida Aquiles persiguiendo a Héctor, domador de caballos, alrededor de Ilión, y a Odiseo cegando a Polifemo junto a sus compañeros... El duelo estaba por llegar..." 


   —Tras leer la forma en que Cervantes anunció el duelo, y la manera en la cual el representante de los poetas de la vanguardia lo aceptó, me quedó claro que los elegidos por Homero ganarían sin problema alguno la batalla, sin embargo, había cosas que no entendía: ¿cómo sería el castigo de los perdedores? ¿Quiénes eran todas las personas mencionadas en el papiro? ¿Quiénes serían los representantes de ambas corrientes? Es lo cuanto trascribo ahora, lo que aclaró mis dudas: 

"Pactado el duelo, se formaron los equipos. Los cinco representantes elegidos por Homero fueron: Miguel de Cervantes y Saavedra, Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío, Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias. El equipo de los poetas modernos fue integrado por Poeta Romántico, Poeta Erótico, Armador de Versos, Tu Poeta y Poetisa Enamorada, los cinco decidieron ser presentados con pseudónimo, a decir de ellos, para proteger su valioso nombre del desprestigio en acontecimiento tal. Se acordó que el evento se llevara a cabo en la ciudad de Estocolmo...” 


“Estocolmo para la oportunidad aquella, lució impresionante. Las edificaciones parecían estar construidas con libros antiguos; puertas y ventanas eran tomos abiertos de par en par; y en cada piedra de la calle había un madrigal escrito. Tanta literatura se respiraba en la ciudad. Las partículas de aire eran rimas y los árboles, para esa fecha de otoño, botaban, no hojas amarillas, sino páginas de la Ilíada y los Diálogos de Platón.” 


“En lujosas limosinas llegaron los cinco poetas modernos, armados con plumas de oro, porque de oro eran los versos que escribían, a decir propio. Ingresaron al recinto y no hicieron reverencia ante Homero, padre y señor nuestro; unos, porque nunca habían leído su obra, y otros, porque, aunque la leyeron, no lograron entenderla. Segundos después aparecieron a lo lejos, en el cielo manchado de nubes doradas, los elegidos de Homero, sobre cinco libros abiertos que movían las pastas como las aves mueven las alas. Bajaron a la ciudad, y tras saludar a la concurrencia, ingresaron al lugar donde se daría el evento e hicieron reverencia ante Homero, a quien consideraban el mesías. Estando los diez contendientes en el recinto, se dio la autorización de comenzar la ceremonia, y el maestro encargado de dirigir la lid, inició con voz sonora a presentarlos uno por uno." 


   —Ya próximo el punto máximo del testamento, empecé a sentir por mi cuerpo la ansiedad que dan los nervios cuando se alteran. Cuántos siglos me separaban de aquella historia, y sin embargo, estaba emocionado como si presenciara el evento. Cuando leí lo que estoy por revelar, mi éxtasis aumentó, como seguramente aumentará en quién lea lo que ahora transcribo: 

   "—Buenas noches, concurrencia. Estamos aquí para llevar a cabo el duelo que decidirá el destino de todos los poetas de la historia. Presentaré, inicialmente, a los elegidos de Homero. El primero de ellos es Miguel de Cervantes Saavedra, novelista, dramaturgo y poeta considerado la máxima figura de la literatura en español. Conocido mundialmente por la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Macha, de donde extrajimos este maravilloso ovillejo que les presentamos: 

¿Quién menoscaba mis bienes? 

Desdenes. 

Y ¿quién aumenta mis duelos? 

Los celos. 

Y ¿y quién prueba mi paciencia? 

Ausencia. 

De este modo en mi dolencia 

ningún remedio me alcanza, 

pues me matan la esperanza 

desdenes, celos y ausencia. 

El segundo poeta clásico a presentar es Gustavo Adolfo Bécquer, bardo español, perteneciente al movimiento del romanticismo. Autor de Rimas, poemario mundialmente conocido en donde podemos leer uno de los textos más bellos jamás escritos:  

Por una mirada, un mundo; 

por una sonrisa, un cielo; 

por un beso... ¡yo no sé  

qué te diera por un beso! 

El tercero de los audaces de la rima es el poeta nicaragüense, el príncipe de las letras castellanas, Rubén Darío, representante máximo del modernismo en habla hispana, y el vate más influyente en la obra poética del siglo XX. Lo presentamos con estos versos de su glorioso poema Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?  

Los suspiros escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color. 

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado en su clave sonoro, 

y en un vaso olvidada se desmaya una flor. 

El penúltimo representante del verso medido, es el Premio Nobel, Pablo Neruda. Nacido en Chile. Llamado por sus colegas el mejor poeta de su siglo. Ahora con honor leo un fragmento del Poema 20, publicado a sus diecinueve años: 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, 

mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

Por último, el quinto representante de los discípulos de Homero. El poeta guatemalteco y Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias. Surrealista, precursor del Realismo Mágico y del Boom Latinoamericano. Poeta con un manejo inigualable de la palabra, como podemos confirmar en estos increíbles versos extraídos de su insigne novela El Señor Presidente

Acertijos de aurora en las estrellas, 

recodos de ilusión en la derrota, 

y qué lejos del mundo y qué temprano... 

Por alcanzar las playas de los párpados

pugnan en alta mar olas de lágrimas.” 


   —En aquel momento, después de leer esas maravillosas palabras, como nunca las había escuchado en otro lugar, creí que los poetas modernos no podrían superarlas, pero me parecía injusto juzgar antes de leerlos. Así que decidí continuar con la decodificación. Total, de aquel pedazo de historia que tenía en mis manos, poco quedaba por leer, y esto es lo que descubrí: 

   "—Ahora que -continuó el maestro de ceremonias- hemos presentado a los elegidos de Homero, rey de los poetas, es turno de presentar a los poetas contemporáneos, quienes asisten al reto buscando ser redimidos del pecado más abominable a los ojos del señor: la arritmia. El primero de ellos es Poeta Romántico, quien según nos ha comentado, tiene la dicha de saber unir la poesía y la filosofía. En su más reciente trabajo, el famoso libro Poemas a la inexistencia, inicia fuertemente con estos versos: 

Me gusta 

la manera poética 

de avisarme 

en espiral. 

Seguido de él, tenemos a Poeta Erótico, muy popular en plataformas virtuales. Dice ser originario del universo y escribir versos del corazón, capaces de enamorar a cualquier dama, podemos apreciarlo acá: 

La vida es un poema, 

sin rimas

p

e

r

con mujeres desnudas. 

Al centro del grupo, presentamos a Armador de Versos, quien además de ser poeta, es crítico de literatura. Él ha alabado el reciente poemario Universos en tus ojos de uno de sus amigos, porque asegura que con este trabajo se demuestra que no es necesario leer para ser poeta. Entre sus mejores escritos podemos encontrar: 

Ella es todo lo bonito que uno puede sentir antes de irse al carajo.  

Tu Poeta es el cuarto integrante. Él afirma hacer poemas en prosa, y asegura que lo más importante en estos trabajos, no es una estructura, sino el sentimiento emitido. Aquí un ejemplo: 

Sabes bien que te quiero, amor mío, que

eres mi cielo, mi vida, que, 

si tú te vas, se van las estrellas, el 

universo y la esperanza. Después de

ti, lo oscuro, el llanto y 

mi muerte. 

Por último, tenemos a la Poetisa Enamorada. Tiene millones de lectores, gracias a que su poesía es sencilla y ella la saca del pozo lírico del alma. Lleva publicados cuarenta poemarios, y trae en camino otros veinte. Veamos estos versos que la lanzaron a la fama: 

Tener tu mirada debe ser ilegal, 

y más 

si al verme me incitas a pecar.” 


   —Cuando terminé de leer esta parte, confirmé lo anteriormente dicho. Yo que soy un lector de tiempo neutral, desconocedor de los diez participantes, estaba completamente seguro de que el primer bando tenía el juego ganado desde que Homero eligió a sus integrantes, pero quería encontrar la confirmación en el texto, y de paso, leer por fin el desenlace que me traía intrigado. Decidí terminar, y así como el águila toca el cielo con sus alas, mi asombro lo tocó al leer lo que ahora comparto: 

"Presentados los diez participantes, sedemos la palabra a Homero, señor nuestro para que nos reitere el motivo de estas justas: 

    —Quiero informaros que el duelo se lleva a cabo por la desmeritación que los poetas modernos le han hecho a la poesía. Ellos aseguran que lo hecho por mis elegidos es obsoleto, y seguramente lo dicen porque saben hacerlo, aunque no lo usen por cuestiones de gusto; es por ello que he decidido invertir los papeles y darle un lugar en el Parnaso al grupo que domine ambos estilos. A los poetas clásicos, les doy como tarea escribir un poema en prosa, y a los poetas modernos, un soneto.  Que comiencen las gestas.” 


“Una hora les fue otorgada a los poetas para hacer su trabajo. Durante ese lapso a Cervantes, Bécquer, Darío, Neruda y Asturias se les vio relajados, y su pluma parecía viajar a la velocidad de la luz sobre el folio que, de un momento a otro, pasó de ser un mundo en blanco a parecer un polo atiborrado de pingüinos. Tres minutos usaron para acabar la tarea. A Romántico, Erótico, Tu Poeta, Armador y Enamorada, en cambio, se les vio angustiados durante toda la hora con sus plumas de oro petrificadas. Mientras a los otros se les veía sonreír, a ellos solo pensar. Parecía que en las gotas de sudor se les escapaban las ideas.” 


"Cuando la hora terminó fueron llamados uno por uno a entregar su folio. El semblante de los modernos había cambiado, y en el ambiente se respiraba un aire color de muerte. El Padre Homero revisó las diez hojas y en su boca atrincherada entre los relámpagos que formaban su barba, esbozó una sonrisa. Demás está decir las maravillas que leyó en las hojas de sus elegidos, y demás recordar que los folios de los vanguardistas iban en blanco. Para que el público presente saboreara las maravillas que sus discípulos escribieron, y predicaran el verso culto por todos los rincones del mundo, decidió leer en voz alta lo escrito en el folio de Miguel Ángel Asturias: 

   —El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos. -El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha... -El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja. 

   —La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm donde el guarda canta con lloro de barranco. 

Luego, para no dejar dudas, mostró a la concurrencia las páginas en blanco de los poetas modernos”. 


“En aquel momento al padre Homero lo rodeó un resplandor divino y empezó a levitar, poco a poco se perdió entre las pestañas blancas del cielo. Tras él, y luego de abrirse todas las tumbas de los poetas clásicos de la historia, una caravana lírica de bardos se fue siguiendo su rastro, encabezados por Virgilio. Las siluetas hacían poemas en el cielo. Después de ese acto sublime, otro terrorífico se presentó. Todos los poetas que se habían quedado en la tierra, condenados al olvido, empezaron a ser comidos por la polilla a velocidad tal, que en dos minutos no dejaron rastro de ellos, seguramente en el Infierno serían condenados a leer eternamente sus poemas arrítmicos. El fin del mundo intelectual, acababa de suceder...” 


   —Tras terminar de leer el folio e impactado aún por el fin que les dieron a los poetas contemporáneos, asumí que todo era una historia fantástica, pero en ese instante vi entre mis manos que el folio era invadido por miles de polillas para desaparecerlo en menos de un segundo, como desaparecieron a aquellos bardos del apocalipsis literario. Nunca dije nada de esto, hasta hoy que lo transcribo, porque ¡vamos!, quién va a creer en estas cosas en pleno siglo XXX. 


Fecha: 06/2017

Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2018

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación Juegos Florales de Huehuetenango 




Los clavos del cielo

Un relámpago cruzó la oquedad quebrando el cielo en dos pedazos: uno cayó en la noche y otro cayó en el día. Tras el sable que pronto se desvanece, vino un estruendo terrible que empezó en el oriente y se fue caminando hacia el occidente. Si alguien hubiera tenido la paciencia de esperar, habría escuchado cómo, después de darle la vuelta al mundo, el trueno aparecía de nuevo por donde inició.


El relámpago y su voz presagiaron una abrumadora tormenta que duraría semanas. Los niños que retozaban en las calles, entraron rápidamente a casa para abrazar a sus padres. Uno de ellos le preguntó al suyo sobre el motivo que provocaba los rayos y los truenos, y él no supo responderle...


En el tiempo aquel, en que la tecnología aún no llegaba al humano, las personas se entretenían leyendo. En un antiquísimo libro, Juan Pablo leyó que los rayos tenían un origen divino, que eran los clavos de... ¡polilla!... la polilla se había comido la parte del folio donde decía de quién eran los clavos del cielo.


No sabiendo a quién pertenecían, Juan Pablo decidió averiguarlo por su cuenta: solo es necesario, se dijo, subir a un volcán que tenga el cráter arriba de las nubes, para ver desde allí de dónde salen esos clavos luminosos. Desde el día aquel, pasó esperando una tormenta eléctrica que fuese duradera, y cuando llegó, ¡cuando al fin llegó!, tomó su equipo de montañismo y se dirigió hacia un volcán que hace mucho tiempo tuvo el nombre de un dios. Bajo los cabellos de la tempestad empezó a ascender. Cuán penoso se le hizo subir. Si los árboles contaran el tormento que vivió bajo la tormenta, la tristeza vendría a los ojos. Tres veces estuvo a punto de ser fusilado por un rayo, y tres veces un árbol lo salvó empujándolo con las ramas.


No se sabe cómo, ni él mismo supo cómo subió más allá de las nubes que se abrazaban al volcán para que no se las llevara el viento, pero cuando estuvo en la cúpula volcánica, fue tal el asombro ante lo que presenció, que se le detuvo el tiempo en el corazón; no obstante, la curiosidad por atestiguar el acontecimiento que se repetía una y otra vez, hizo que el cuerpo se levantara para que, aunque fuese muerto, viera el origen de los relámpagos.


Dos hombres de broncíneas armaduras y tamaño inenarrable, llevaban a otro, lacerado, y directo a la muerte. Después de burlarse de él y humillarlo, lo despojaron de su túnica y, cuasi desnudo , lo acostaron sobre una cruz de nubes grises; sus brazos los pusieron en los brazos de la cruz y sus pies en el pie del nubero. Cuando el hombre estuvo en esa posición, lo ataron para que no se moviera; luego alzaron las manos al techo ecuménico para extraer ingentes clavos (que en la tierra llamamos estrellas) y los martillaron de manera sesgada en las nubes para agrandar el suplicio del prisionero aplazando su punición (son esos los rayos que se pasean en el cielo); después, colocaron otros sobre las manos y pies del condenado, y de un golpe hicieron que le atravesaran la piel y los huesos. Con tal ímpetu fue el impacto, que los clavos de oro traspasaron con facilidad las manos de Cristo y luego las nubes grisáceas, para caer con vehemencia sobre la tierra; y fue tan insoportable el dolor del crucificado, que disparó un grito terrible... Bajo las nubes, parecía que el lamento empezaba en el oriente y se iba caminando hacia el occidente...


La crucifixión se repite tantas veces sobre las nubes, como tantas tormentas hay sobre la tierra.


Fecha: 07/07/2017

Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Escuintla, 2017

Pablo Bejarano en 2017
Gala de premiación de los juegos florales de Escuintla 


El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya n...