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Persecución

César apareció cuando el sol derramaba sangre sobre el cielo, y con un pedazo de nube entre los brazos que destilaba hilos crepusculares. No entendía cómo alguien había podido hacerle eso a su pequeña. Dio un grito que se hundió en las profundidades del celaje y juró venganza...


Días atrás, a la salida de la escuela, su hija había desaparecido. Nadie entendía quién ni cómo la había tomado entre tantas personas. La buscaron durante horas que se alargaban como nubes apuñaladas por el viento, pero todo fue inútil. Después de seis noches, encontraron el cuerpo embalsamado de rosas líquidas en el fondo de un barranco de garganta boscosa. César no quiso llamar a las autoridades; tomó el cadáver entre las manos y apareció, junto al sol, en la puerta de su casa… Ahí le dio cristiana sepultura.


Inició por su cuenta las averiguaciones para dar con el abusador y asesino de su hija, luego contrató un detective, que dos años después, dio con el culpable. Arrancó su sombra del suelo y la echó tras los pasos del violador para no perderle el rastro. Una noche que lo seguía oculto desde la sombra, salió de ella con el puñal en la mano y le esbozó niágaras rojos en las mejillas y en el pecho. Cuando cayó al suelo, de sus nubes empuñadas bajaron relámpagos asesinos directo al rostro de quien había robado la vida a su hija.


El día que asesinó al asesino, fue visto por los cómplices del hombre infame desde la ventana más alta de un edificio aledaño. Descendieron de prisa para vengar la muerte de su compañero, pero al llegar a la calle, César ya no estaba. Únicamente vieron el cadáver. Como él, frente al cuerpo inhabitado de su hija, estos juraron matarlo. Si bien desde lo alto no habían logrado divisarle el rostro, lo vieron grabado en las pupilas abiertas del muerto, e iniciaron con la persecución…


Se hacían sombra para perseguirlo en la calle, agua para acecharlo en la ducha, ilusión para atacarlo en los sueños. Siempre encontraban la manera de andar tras él. Como los cuarenta y siete Ronín no pensaban desistir en la tentativa de matarlo. Cesar se percató de esto y no tuvo otra opción que huir…


Iban veinte pueblos recorridos por César en busca de paz, pero cuando había logrado establecerse, hacer amistades, encontrar una forma de sobrevivir, cuando iba a encontrar tranquilidad… empezaban los rumores de que en las tabernas preguntaban por un hombre con sus características, y nuevamente debía huir. Un día, al sentirse perdido, recordó que existía la fe y en ese momento se creyó capaz de mover cordilleras, continentes, planetas… En el siguiente pueblo al que llegó, buscó el templo, pasó adelante, se hincó frente al altar mayor y le dijo a Dios que lo ayudara a salvar su vida, que si bien él había despojado de la suya a un hombre, fue por lo sucedido con su pequeña, pero que él no era malo, que no merecía morir por hacer justicia…


Después de las plegarias, creyó que podría vivir en paz, porque pasó dos meses sin saber de los persecutores, sin embargo, no fue así. Volvieron a localizarlo y tuvo que escapar. Esta vez, la suerte fue poca, porque empezaron a seguirlo de cerca. En la desesperación, se olvidó nuevamente de la fe y de buscar otro pueblo. Se adentró en el bosque casi escuchando en la espalda los pasos enemigos; corrió intentando no ser atrapado por los brazos verdes que salían a la brecha, pero las esperanzas de sobrevivir se ahogaron al ver frente a él un río tan ancho como el mismo cielo. De frente tenía el río y a la espalda el ruido cada vez más fuerte de los pasos que se aproximaban. Se dio por muerto, y como aquellos que agonizan, empezó a ver toda la vida pasando frente a sus ojos: desde el día que nació hasta el actual. Vio sus primeros pasos, el primer día de escuela, el primer beso, y de repente, esa secuencia tropezó con una tarde de Viernes Santo en que su padre le dijo: “Cuidadito te bañás hoy, porque los que se bañan en Viernes Santo se convierten en peces”. Tropezó ahí su mente y volvió a la realidad, porque justo ese día estaban conmemorando la muerte de Jesús. No lo dudó; los pasos cada vez se escuchaban más cercanos y no tenía otra opción: se quitó la ropa y se adentró en el río para bañarse… Cuando llegaron los asesinos, ya iba corriente abajo convertido en un pez de agua dulce. 


Fecha: 03/12/2018

Premio: Segundo Lugar en los Juegos Florales de Totonicapán, 2022.

Pablo Bejarano en 2022.
Gala de premiación, Juegos Florales de Totonicapán.
Teatro Municipal de Totonicapán. 


El Cristo

Este es el rey de los valles. Así le llamaron porque tenía una corona de cerros verdes, hoy todos parchados de siembras. Aunque desde fundada la ciudad, la sierra o sierpe (¿quién sabe con certeza qué es?) parece haber mutado de piel, el paisaje continúa siendo fascinante. A través de los manantiales, los cerros admiraban el horizonte, pero ahora prefieren ver los acontecimientos de la ciudad aletargada en su garganta. Uno de esos cerros, me relató la historia que estoy por compartir:


La misma noche en que las estrellas se estiraban para caer sobre la tierra y besarla, Antonio Olmedo se vio totalmente perdido. Con la lluvia parecía haber iniciado su desdicha. ¿A qué hora la fortuna había desaparecido? ¿Cómo pasó de ser alcalde municipal a hombre sin nada en las cuentas bancarias? Cierto es que fue prepotente y muchas veces en la alcaldía tomó decisiones tiránicas, pero aun con esas agravantes, no creía merecer el funesto castigo que estaba padeciendo...


Dos años consiguió sostener a la familia con la venta de pertenencias, pero llegó el momento de trabajar. Nadie en el pueblo quiso emplearlo, porque todos fueron humillados por él en algún momento. Al volver por las tardes a casa caminaba desconsolado, cabizbajo; parecía ir observando la guerra entre sus pies y la distancia. Nadie lo empleaba en un puesto de los que él catalogaba "dignos" y se resistía a perder el orgullo y caer en el extremo de aceptar el trabajo que iba quedando como única opción… Sin embargo a eso estaba obligándolo el destino...

  

En los pasillos siempre sucios del mercado, donde el grito de los vendedores se desgrana ininterrumpidamente, y todos los colores del país se amotinan en pirámides que de libra en libra se extinguen, apareció, despojado de su orgullo, Antonio Olmedo para enfrentarse a su primer día de trabajo como cargador. Los verduleros, quienes lo empleaban para transportar la mercancía del camión repartidor a los puestos, parecía que como una venganza, compraban más verdura para que él, llevándolas en un solo viaje, sintiera que cargaba el peso de sus pecados, del pecado de haberles cobrado un arbitrario municipal altísimo y de ignorar sus peticiones; no obstante, soportaba la injuria por amor a su familia.


Las vejaciones eran cada vez mayores. Pasado un año, el hombre que alguna vez tuvo cuerpo estético como escultura griega, estaba arruinado: el tórax le sonreía a través de la piel, y la humillación ya era parte de la rutina. Muchas veces, hombres con rencores añejos, lo fusilaban con dicterios, le recordaban las veces que como alcalde los humillaba poniéndoles obstáculos para vender las verduras, y si Olmedo intentaba defenderse, ya no a improperios, sino a dentelladas era la humillación. Del mandatario del pueblo, pasó a ser el hazmerreír. Las personas de alcurnia iban al mercado a comprar el gusto de verlo hundido, con el pretexto de algunas verduras…


En un alto templo con cuatro espadañas blancas que como tornados parecían descender de las nubes, los peregrinos dibujando rosas de sangre con las rodillas, entraban para rezar ante el Cristo Negro. Llevaban alrededor de cuatro siglos venerando la efigie y hasta ahora veían que el rostro del Cristo crucificado, un día descansaba sobre el hombro izquierdo, y al otro, sobre el derecho. Incontables fueron las veces que cambió la postura de su desfallecida cabeza. Un anciano, que llevaba poemas escritos en las arrugas de la piel, fue quien advirtió que el Cristo Negro movía la cabeza en señal de negación, porque seguramente el pueblo actuaba de manera ofensiva a sus ojos, pero fueron pocos los que tomaron en serio al anciano. Solo Antonio Olmedo creyó en él, y cada vez que iba al templo a pedirle perdón al Cristo por todos los abusos que cometió como alcalde, también pedía que perdonara a aquellos que estaban ofendiéndolo con sus actitudes.


Antonio Olmedo, quien alguna vez estuvo fornido, vagaba como zancudo por el mercado. Las mismas personas que trataban de humillarlo, quedaban estupefactas al observar que, a pesar de la escualidez, resistía sin problema los pesos que por unos cuantos quetzales cargaba. Se repetía asiduamente que todo valía la condena porque su familia no pasaba hambre... De los recuerdos de su riqueza no quedaba nada, era como si durante toda la vida hubiera sido pobre y nunca hubiera pisado la municipalidad, por lo que la tentativa de pisotear su orgullo no tenía efecto. Toda la población se había ensañado con él, y cuando se percataron que los vituperios no lo afectaban, intentaron maximizar la punición física. En el mercado era claro el odio en contra de Olmedo. Nadie recordaba por qué, pero lo odiaban. Lo dicterios no tenían ningún efecto en él, por cada "carga esto, infeliz" recordaba la frase que noche a noche pronunciaban sus hijos "gracias por todo, papá". Eso le brindaba fuerzas para continuar, pero como la maldad no tiene límites, los verduleros competían para saber quién lo humillaba más. 


Un día funesto, se aliaron dos de ellos y decidieron obligarlo a llevar la carga de ambos a un tiempo, amenazándolo con hablar con sus compañeros para que ya no le dieran trabajo si desobedecía. En silencio siguió las directrices, y trastumbando, como si llevara a Cabracán en la planta de los pies, que ya no eran plantas sino placas tectónicas, cargó por cincuenta metros la mercancía. ¡Cuánto menos sufrió Atlas al ser obligado por Júpiter a cargar el cielo! Desde aquel día, tuvo que transportar la verdura de ambos en un viaje. Después otro hombre se unió a la causa, y fueron tres los bultos que llevó sobre la espalda. Trató de soportarlo, mas si lograba adelantar un pie, pegaba una rodilla al suelo. Parecía que atrás de él venía la parca, y por eso iba regando con las rodillas pétalos para amenizar el tétrico desfile. La situación duró un tiempo más...

   

Los tres verduleros ¿o verdugos?, cada día, tras cerrar sus locales, se dirigían al templo y entraban de hinojos hasta cerca del altar mayor para pedirle al Cristo Negro que los guardara, que no permitiera en el mercado las extorsiones y que su familia no padeciera enfermedades, accidentes o cualquier tipo de desdicha que pusiera en riesgo la vida. Pedían infinitas cosas, pero a diferencia de Olmedo, no pedían perdón por sus faltas. Las vejaciones que le hacían a Antonio, no llegaban a su mente en ese instante, porque para ellos era cosa sin importancia...


   —¿Por qué moverá su divino rostro?

   —No lo sé, pero tal vez el anciano tenga razón .

   —¿Tú crees? ¿Será que la población está haciendo algo que el Cristo Negro reprueba?

   —¿Qué puede ser? Al menos yo no he notado alguna actitud que sea capaz de indignar al Señor.

   —Bueno, tal vez sean el adulterio o el latrocinio lo que lo tiene así.

   —Ya lo sabremos, amigo, ya lo sabremos.

Cuando terminó la charla fueron al mercado y en seguida, con sonrisas siniestras, obligaron a Olmedo a que cargara con lo suyo. Por el agotamiento rezagado, Antonio no resistió esta vez y cayó. Dio un grito tan ensordecedor, que las personas a dos cuadras de distancia, creyeron que del sonido de la tempestad.

  

En casa la esposa le insistía en que dejara de trabajar, que ya era mucho, que si bien tenía necesidad no debía pasar ese calvario. Iba atrasado con el alquiler de la casa, entonces le dijo a su esposa que dejaría el trabajo en unas semanas más. El cuarto día de la penúltima semana que planeaba laborar, bajo el cielo oscuro, casi del color del Cristo que estaba en el pecho de la iglesia, Antonio fue a trabajar. Ni Hefestos trabajó tanto en la armadura de Aquiles y Eneas, como trabajó él ese día cargando un peso parecido al que arrastraban los egipcios con el afán de construir las montañas que hoy son milenarias... Helios y sus dorados caballos iban por el meridiano cuando Olmedo colapsó. Tirado en el suelo, con la carga en la espalda, sin poder levantarse y con el rostro pegado al piso como los avaros de la Divina comedia, estaba Antonio, mientras las personas a su alrededor se pasaban la risa de boca en boca, tan rápidamente, que parecían todos reir al unísono.


El estoicismo presentado durante tanto tiempo se fue, y el llanto robó la virginidad de sus ojos. Con sus lágrimas la risa de todos aumentó, hasta que un resplandor atrajo la mirada de mundo y medio. El brillo parecía salir de un hombre moreno, muy moreno, fornido, de cabellera larga y oscura como su piel, mirada apacible, conmovedora, y a la vez, penetrante. Rompió la muralla de risas al pasar, y se puso frente al humillado. Con los fuertes miembros alzó la carga que tenía vencido a Olmedo y la colocó en sus hombros.

   —¿A dónde llevas esto, hijo mío?

   —A unos cuantos metros de acá.

   —Entonces vamos.

   —Te lo agradezco, pero al menos dividamos la carga. Es mucho peso para una sola persona. Si lo sabré yo.

   —No tengas cuidado. Me acostumbré a llevar en los hombros pesos que no me corresponden.

   —No sabes cuánto te lo agradezco.

   —Si lo sé. Ya una vez, en un tiempo que no me creerías, hubo un hombre que me ayudó cuando caí cargando lo que no era mi obligación... ya llegamos. Puedes cobrarle a esos impíos lo que te corresponde.

   —Gracias, hermano. ¿Cómo te llamas?

   —Pronto lo sabrás.


Los verduleros comentaron minutos después que, al parecer, todos en el mercado habían escuchado una voz diciendo "Ojalá no se arrodillen de nuevo frente a mí con su orgullo vestido de humildad", pero la gente quiso creer que solo había sido una coincidencia... A la mañana siguiente, los cerros conmocionados por esa historia, derramaron lágrimas disfrazadas de ríos crecidos e inundaron la ciudad. A pesar de la debacle, así como los cuervos dan vueltas en el cielo cuando localizan un cadáver, daban vueltas los malos pensamientos dentro de su mente para seguir dañando a Olmedo, pero ese día no llegó; de hecho, de él llegó únicamente el rumor de que en la madrugada había partido con su familia rumbo a un lugar ignoto, gracias a un resplandor de oro, regalo del hombre que lo ayudó con la carga, para que empezara un nuevo derrotero lejos de la avaricia y la humillación. 


Aquello sorprendió poco a los verduleros, lo que les causó un poco más de asombro fue cuando entró un anciano caminando sobre el fango, y les contó que el día anterior, al ir al templo, para rezar e intentar entender por qué el Cristo movía la cabeza, se sorprendió al ver que en el altar mayor no estaba la efigie. Contó el anciano que al principio supuso que se trataba de un robo, y lo denunció, pero al regresar con las autoridades, el Cristo ya estaba en su lugar con una marca sobre el hombro y sin el resplandor...

  

Las personas dijeron que el anciano estaba loco, sin embargo, cuando el cielo guardó al sol en su bolsillo, comentaron que aquellas debían ser dos historias distintas, a penas con un resplandor, una marca y una hora en común...


Fecha: 11/10/2017

Premio: Premio único de cuento en los juegos florales de Mazatenango, 2018

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación de los juegos florales de Mazatenango 
En la foto, también con diploma, el poeta Isaac Morales Sut



Tirano

   —Y ahora que en el país no existen más pobladores que nosotros, ¿qué haremos, señor presidente?

   —No lo sé, Pedro, no lo sé.

   —Quién diría que esto de enriquecernos nos saldría tan caro.

   —Cállate. Déjame pensar. Algo sabré hacer para que no muramos solos en este país tan triste…

El presidente de la república fue a sentarse en su silla de oro, para recordar cómo era aquel país cuando aún millones de pies le hacían cosquillas al suelo.


Habían transcurrido cincuenta años desde que llegó al poder disfrazado de héroe. En la primera década de su administración trabajó a favor del pueblo. Construyó hospitales, escuelas; arregló carreteras, parques; reforestó montañas, volcanes; rescató lagos y ríos, pero algo en el camino hizo que todo cambiara en él. Dejó de preocuparse por el bienestar del pueblo, de lo que hasta entonces solía llamar "su gente" y empezó a interesarse solo por aumentar su fortuna. Contaban que aquella obsesión había iniciado cuando su esposa le pidió que construyera una casa con paredes de oro, y al no verse complacida, lo abandonó. Desde entonces, murmuraban, se empeñó en volverse el hombre más adinerado del mundo, y por eso había empezado a cometer atrocidades. Inició subiendo ilógicamente los impuestos, desviando a su bolsillo la mitad de los ingresos del gobierno, y poniendo a su nombre todas las propiedades del Estado, pero luego… ni eso no lo satisfizo.


No descansó hasta alcanzar el poder absoluto y, cuando lo tuvo, se olvidó de la ley y de la conducta moral. Se le hizo fácil apropiarse de las grandes fábricas que explotaban a los trabajadores, para explotarlos él. En poco tiempo consiguió que todos los hombres del país le sirvieran; les imponía jornadas laborales de doce horas y, a fin de mes, en lugar de pagarles un salario justo, les daba una escasa ración de comida. Las ganancias, que eran inimaginables, iban directo a su bolsillo. Su palabra era la ley, y mandaba fusilar a todo el que osara contradecirla. Esclavos, eso eran los ciudadanos para él, menos Pedro, a quien consideraba su hermano. La vida fue pésima, nauseabunda, deplorable mientras el tirano mantuvo al país bajo sus negras alas. Al cabo de seis años, desde su cambio por amor, había logrado construir diez casas con paredes de oro que parecían soles recién nacidos, tal como había soñado su mujer, la que ahora dormía en los brazos de la tierra. La mujer por quien había comenzado la debacle, murió y, sin embargo, la avaricia del presidente siguió creciendo sin medida, sin motivo, sin propósito fijo.


Todo en su mansión era de oro: platos, cubiertos, muebles, paredes, techo ¡todo!, mientras en el pueblo, donde se sufre, donde se llora, las casas eran de caña y los platos de aire, porque de aire era la comida. En cincuenta años de gobierno, sin contar los primeros diez que habían sido excelentes, el único lado bueno de la situación, era que no había delincuencia, pero no había porque los bandidos no tenían dinero para comprar armas, y aunque lo tuvieran, no había a quién robarle, porque todos vivían en la misma miseria. Personas-marimba andaban en las calles, porque con el paso del tiempo, la avaricia incontenible del presidente hizo que dejara de dar la ración acostumbrada de comida a las personas aunque siguieran trabajando para él. La gente para no morir de hambre, salía al monte a cazar cuanto animal comestible encontrara y, para no morir a manos del ejército, seguía en su trabajo preceptivo, pero llegado el momento de que la montaña se quedó sin animales, las primeras personas empezaron a morir de hambre; uno tras otro, como piezas de dominó, fueron cayendo por culpa de la hambruna que los atacaba con filosos colmillos…


Edgardo Ajuchán fue la primera persona en tener la sensata idea de marcharse del país para buscar una vida digna, y así lo hizo; empezó a convencer a la mayoría de vecinos para que, cargando con familia y pertenencias, se fueran rumbo a la frontera para salir del infierno que estaba reduciéndolos a cenizas desde adentro, pero aun así, su inmenso amor por la patria, por el vientre plano en el cual se gestaron, los hizo caminar con la esperanza de encontrar un pueblo con mejores condiciones para quedarse y respirar en paz… pero no, no consiguieron ese anhelado lugar. Iban caminando entre montañas que se agrandan cuando uno se aleja y se empequeñecen si uno se aproxima, y en cada pueblo que aparecía frente a sus ojos, encontraban en proporciones espantosas niños desnutridos; trabajadores explotados; madres con más hijos sin padre y pordioseros que pedían limosna a personas tan desamparadas como ellos mismos. Espantados por aquellas visiones de terror, Edgardo y su caravana de familias fugitivas, aumentaron la velocidad de su marcha para llegar pronto a la frontera y al fin sentirse humanos, al fin vivir y no solo andar en una tumba redonda, pero al llegar, se encontraron una tropa de soldados que tenía órdenes de disparar a todo el que intentara salir del territorio nacional. Los amigos de Ajuchán desenvainaron los machetes, fúlgidos como relámpagos disecados, e intentaron enfrentarse al ejército, pero fue inútil; les dejaron el cuerpo como cernidores sangrantes; los niños y las mujeres inermes que habían presenciado la masacre, corrieron después la misma suerte.


Luego del cruento ataque fueron innumerables los grupos de familias que intentaron fugarse en busca de mejor suerte, pero innumerables fueron también los asesinados, y los que por miedo se quedaron y murieron de hambre. Después de un año de asesinatos impíos, y de crecida la cicatería del presidente, también se les retiró a los soldados la ración de alimentos, pero ellos, aprovechando que estaban en la frontera, se fugaron automáticamente. No estando los soldados custodiando los bordes de la nación, se regó la noticia por doquier, y pronto todos los pobladores que no habían claudicado ante la hambruna, se marcharon. Solo estando lejos y desperdigados por el mundo se preguntaron por qué no se unieron para sacar del trono al tirano de las casas de oro…


Cuando Pedro terminó de recorrer el territorio nacional, fue directo con el presidente para informarle que habían quedado solos; entonces éste, cuyo orgullo era implacable, tembló de miedo, pero no quiso admitir que sin la gente moriría de hambre, como muchos murieron por culpa suya. Perdido, decidió salir con Pedro al campo para trabajar la tierra, pero no había contemplado que las nubes del invierno se marcharon de la nación junto a todos los ciudadanos, y la tierra había muerto de hambre y de sed. Cuando el presidente se percató de esa trágica situación ya estaba convirtiéndose en una persona-marimba. Desesperado por el hambre, por la bestia creciendo en su vientre, informó a Pedro que ellos también se marcharían de aquel lugar infernal. Emprendieron el viaje para refugiarse en los brazos de otro país como dos ciudadanos más, pero al llegar al sitio donde inequívocamente debía estar la frontera, se encontraron con precipicios rebosantes de penumbra que no llevaban a ningún lugar. Comprendiendo que para los dictadores el único destino es la soledad y el naufragio. Iniciaron la travesía de vuelta.


Camino hacia la ciudad capital iban. Adelante el presidente de la nada, y atrás Pedro, que ya no lo seguía por fidelidad, sino porque era mejor eso a estar solo. Llegaron a aquel lugar sin oxígeno, sin viento, sin vida, sin nada: una ciudad cubierta por nubes grises que dejaban caer sobre ellos goterones salobres, formados por el llanto de los ausentes que, cruzando el cielo, llegaba a derramarse sobre la tierra de su añoranza. Entre las intensas gotas y empujando con su respiración la neblina estática que los rodeaba, hicieron camino para llegar al palacio nacional. Subieron directo al balcón para observar el paisaje, un día había lleno de movimiento. Ahí con voz sonora, que debió escucharse por todos los confines del país vacío Pedro dijo:

   —Y ahora que en el país no existen más pobladores que nosotros, ¿qué haremos, señor presidente?

   —No lo sé, Pedro, no lo sé.

   —Quién diría que esto de enriquecernos nos saldría tan caro.

   —Cállate. Déjame pensar. Algo sabré hacer para que no muramos solos en este país tan triste.


Sentado en su trono de oro, recordó todo y reconoció su culpa; comprendió que la avaricia es el peor de los fanatismos, al menos en su caso, porque había acabado con la vida de una nación. Dos lágrimas salieron de sus ojos, y luego convertido en un castillo de oscuridad, sobre un solio de oro, desapareció cuando el sol empezaba a hervir en el horizonte.


Fecha: 18/06/2017

Pablo Bejarano en 2017, Esquipulas 





La ciudad y el castigo

Quijadas metálicas con dientes giratorios iban comiéndose lo cetrino en los pies del volcán. Los taladores avanzaban a pasos veloces, manchándose las manos con sangre verde; su propósito era limpiar la tierra de algo que para ellos y los terratenientes era estorbo. Cuando no eran las mandíbulas de acero, eran las de oro ardiente. Mil prados para mil futuras casas era la meta. Debían derribar todos los árboles, aplanar el terreno, hacer trazos, echar cimientos, construir casas, y luego, enriquecerse con la muerte de natura y con la necesidad de las personas. Pasaron cuatro meses asesinando árboles, robustos como columnas de palacio, y por cada uno que talaban, una persona se encontraba con la muerte en algún lugar del mundo.


Llamaron con burla «Ciudad Ecológica» al proyecto que dejó un paisaje apocalíptico, gris y devastador en el lugar en el que un día todo fue verde y hubo animales de todas las especies. Había sido tan paradisíaco el paisaje en otras épocas, que se contaba que las nubes, al pasar sobre ese territorio, suspendían su periplo y se quedaban estáticas admirando el espectáculo hasta la muerte.


Grotescas figuras de concreto asomaron para que anidaran humanos y no pájaros, como si aún fuera poco haber cometido un exterminio contra todos los demás animales. Cuando el proyecto iba cerca de la mitad, una parvada de palomas sobrevoló el terreno y dejó caer semillas de ceiba, que más adelante habrían de costar la paz de la ciudad.


El día fue normal y satisfactorio para los trabajadores, porque terminaron de zanjar y podían echar los cimientos en la jornada siguiente: es una carga menos en nuestra espalda, se les oyó decir cuando, ya cumplidas las cinco de la tarde, se encaminaban a casa. Idos los albañiles, el ambiente quedó solitario, apenas había un guardián que cabeceaba en el soponcio de la tarde, cuando el sol se derrite entre los cerros. Atrapado en su mundo onírico, el guardián no se percató de la inmensa parvada de palomas que llevaba arrastrando una noche efímera debajo de sí, y que al pasar provocó una lluvia copiosa, pero fugaz, de semillas que buscaron refugio en las zanjas recién hendidas. Cuando los constructores llegaron al día siguiente con la claridad recién nacida de la aurora, las simientes en las zanjas habían sido cubiertas por pequeñas porciones de tierra que se desmoronaron gracias al viento nocturno. La tragedia estaba asegurada.


Después de exhaustivos días de labor, fueron terminadas las casas. Familias y más familias se mudaron al lugar, no solo acarreando con sus pertenencias, sino que con sus sueños y su futuro. La ciudad tenía en el centro, no un templo como todos los pueblos de Guatemala, sino una enorme mansión bañada en oro, perteneciente al director del proyecto. Todo señalaba que el futuro era promisorio, pero las secuelas de la tala descomunal, llegaron antes de lo que cualquiera pudiera presagiar. Vino el mes de mayo, y ansiosa la gente esperó las lluvias que suenan a nostalgia en los techos, antes de dejar de ser gotas para volverse charcos, pero en vano fue la espera... Sequía.


Los seis meses que debió durar el invierno, fueron en extremo calurosos. Al principio, cuando la gente transpiraba con profusión, al menos el suelo recibía la lluvia salobre del sudor, pero después, ni eso, porque a falta de árboles y de ríos, el calor alcanzó niveles inusitados, y el sol, evaporaba el sudor cuando apenas amanecía en los poros. Con el tiempo tendremos que bebernos nuestras lágrimas, porque el agua en los pozos está agotándose, y para colmo, no llueve, decía doña Eduviges a su esposo, cada que él pensaba darse el «lujo» de bañarse, malgastando el agua que luego sería preponderante para aliviar la sed.


A los primeros seis meses de sequía, siguieron seis más intensos, y a esos seis, años. Cada que llegaba mayo, la gente ansiosa salía a las calles para ver si la lluvia anunciaba su venida, pero regresaban a casa sin esperanzas. El tercer mayo después de iniciada la sequía, una nube gris apareció en el cielo que hacía mucho solo conocía el azul y el blanco. La algazara hizo nido en las calles, donde las personas ansiaban ver el momento en que cayeran las primeras gotas. Para su desventura, aquella nube era de ceniza, y había sido expulsada por un lejano volcán y traída por el viento. Ceniza, solo ceniza se precipitó sobre ellos, como si bosques enteros estuvieran incendiándose sobre las nubes.


El calor era cada vez más intenso, la sangre le hervía a todos entre las venas. La piel era igual al oleaje de los lagos. Quedaron sin esperanza. Con ese calor la lluvia no caía sino subía, porque cuando lloraban desconsolados, el sol se llevaba sus lágrimas íntegras al cielo. Se les hizo costumbre salir por las noches a ver si llovía, a rezar para que lloviera, para que el cielo se quebrara y cayera a pedazos sobre ellos… No eran escuchados. Los niños de seis años, nunca habían visto llover, porque su edad era la misma de la sequía, y los de ocho o diez años ya no recordaban las veces que miraron la lluvia, por lo que tenían la idea de que las tormentas eran algo mitológico, como los unicornios, los centauros o las hadas. ¿Cómo es la lluvia, papá?, preguntaban los niños, y éstos, nostálgicos, daban siempre la misma respuesta inexacta, porque hasta ellos empezaban a olvidar cómo se veía el llanto del cielo: Es como si las luciérnagas se desmayaran en pleno vuelo y cayeran ligeras al piso; respuesta que en los infantes dejaba intacta la duda porque tampoco habían visto nunca una luciérnaga, ni un animal, ni un árbol.


Diez años pasaron en aquel ambiente seco, y fueron muchas las veces que intentaron emigrar, pero había tanta resequedad, que el polvo, pasajero del viento, se encargó de ocultar bajo su manto la cicatriz de los caminos. No había a dónde ir, parecía como si el lugar aquel hubiera sido expulsado de la sociedad. Muy tarde comprendieron que conseguir vivienda a costa de matar los árboles, tenía mucho de suicidio. Las veces que fueron a reclamarle a don Miguel, que habitaba en la casa del centro del pueblo, porque había talado todos los árboles para trazar la ciudad, hundiéndolos así en la muerte, él contestaba que, a cambio de eso, habían sembrado el doble de árboles, varias millas adelante, como si eso no fuera lo mismo que asesinar a mil personas y decir: no hay problema, ya tenemos dos mil mujeres embarazadas.


Como todo acaba, después de la década de sequía, una buena tarde, al cielo llegaron nubes grises; la gente se sintió alegre, pero trató de disimularlo, no fuera a ser que de nuevo resultaran siendo nubes de origen volcánico… La sorpresa fue grande cuando perlas efímeras besaron el suelo dando inicio al aguacero que duraría cuatro semanas. Los niños acudían a las ventanas cada noche para ser testigos de la función crepitante que ofrecían las gotas al rebotar en el vidrio. Papá, ¿por qué cuando llueve no se ven las estrellas?, preguntaban estupefactos al contemplar un cielo gris, distinto al estrellado que habían visto desde su alumbramiento, y la respuesta que escuchaban era: Cuando llueve no se ven las estrellas en el cielo, porque se están cayendo.


Fue tanta el agua que cayó en la periferia de la Ciudad Ecológica, que se formaron dos lagos inmensos con peces que parecían haber caído también del cielo. Cuando escampó, los niños fueron a conocerlos y a bañarse en ellos. Grande era su felicidad, y más grande la de los adultos al ver que gracias a la lluvia habían reaparecido los caminos, conectándolos con el mundo. Pensaron que podrían ir a las ciudades más próximas para comprar semillas y aprovechar el momento, ya que la barba que empezaba a salirle a la tierra tras el aguacero, les daba esperanza. Ellos calculaban que las lluvias seguirían abundantes y buenas para la siembra.


La intensa humedad que dejó la lluvia, fue abriéndose paso entre la tierra, hasta que con sus amorfos dedos tocó las semillas de ceiba que tiempo atrás las palomas pasaron botando. Las semillas que eran imperecederas, habían creído que pasarían siglos esperando un beso de agua para florecer, pero se vieron con la suerte de esperar tan solo dos lustros. Las simientes, al sentir el agua, al solo sentirla, empezaron a crecer a una velocidad vertiginosa, que llevaría las futuras ceibas a una altura odiada por las nubes, porque invadiría su espacio. La segunda noche después de la escampada, las recién nacidas ceibas empezaron a reventar los pisos, pero las personas, aunque percibieron el fenómeno, lo ignoraron, porque estaban más preocupadas en presuponer las ganancias que seguro les dejaría la abundante cosecha.


   ─Mira, papá─ dijo Eduardo─ parece que al piso le salió un chichón.

Y don Roberto con una sonrisa le respondió a su hijo:

   ─Lo que pasa es que tu mamá se cayó sobre él, y lo golpeó─ y luego la risa. Doña Lidia, a quien no le agradó la broma, imitó con su gesto de enojo, la piel de un elefante, y nadie le prestó atención a las advertencias que la naturaleza les daba. Tuvieron conciencia de la gravedad del problema, días después cuando amanecieron a la altura de las nubes.


La última noche que pasaron en tierra firme, apagaron las luces, como de costumbre, y fueron a dormirse. Estando en el sueño, no se dieron cuenta cuando las ceibas crecieron y cargaron a la Ciudad Ecológica en su copa, hasta llevarla con las nubes. Al despertar todos vieron entrando por sus ventanas la neblina, que sacaron a soplidos, pero fuera de ellas, había abundantes ramazones, que salieron a ver alarmados por la puerta. Aunque iban corriendo, todos los ciudadanos lograron detenerse en el vano, para no precipitarse al salir, menos don Miguel, quien pagó con su vida ese terrorífico proyecto que los llevó a las nubes. En el umbral de las puertas, admirando aquel paisaje de neblina y de ramas que ocultaban las casas contiguas, comprendieron que estaban perdidos a muchos metros de altura sobre gigantes árboles que retomaban su lugar, y que no volverían a tener contacto ni con sus vecinos ni con el mundo.


Fecha: 08/06/2017

Pablo Bejarano en 2017, Esquipulas. 


Semillas de sangre

Cayó muerto Juan el peleonero en el callejón más obscuro de la ciudad, segundos después de que una luciérnaga asesina saliera del revólver de Pedro de Mata, alias Pedro te mata, y se dirigiera a su rostro. Nunca se supo con certeza el motivo del asesinato, sin embargo, meses después, el homicida fue condenado a muchos años de prisión.


Luego de haber asesinado de forma impía a Juan el peleonero, Pedro te mata trató de fugarse, pero se lo impidieron tres mil perros callejeros con su ladrido estrepitoso y haciendo valla a su paso para que no escapara. Por cualquier lugar que pretendiera huir, había perros, perros, perros. Un rayo cayó dos cuadras adelante del victimario y de la víctima, y el trueno, que en otra ocasión hubiese parecido ensordecedor, no se escuchó, porque los canes con sus ladridos provocaban un estruendo aún más fuerte. Alarmados por el coro espantoso, pobladores y autoridades se congregaron en el teatro criminal para ponerse al corriente de lo sucedido. Al llegar, vieron a Pedro te mata con pistola en mano y el cañón del arma exhalando un hálito de muerte, mientras que Juan el peleonero, yacía creando venas rojas en el suelo. Al homicida lo capturaron al instante y fue llevado al presidio por la fuerza, y el cuerpo marchito de la víctima fue levantado más tarde, cuando llegó el Ministerio Púbico, mucho después que los gusanos.


En el juicio, luego de presentar una lista de contundentes pruebas, Pedro fue condenado a veinte años de prisión inconmutables. Cuando la policía lo trasladó a la celda donde afrontaría su desgracia, salió gritando una condena que poco tenía en común con la del juez: me vengaré de los culpables de mi captura, fue lo que dijo. La vida en la Ciudad de la Paz, como había sido nombrada desde su fundación en los tiempos del armisticio, continuó su ritmo habitual con cinco mil habitantes y tres mil perros callejeros durante algunos años. Tres gatos había nada más en la ciudad, y eran los encargados de controlar la plaga de ratas. Estos tres felinos habían sobrevivido al ataque de los perros, gracias a que mutaron su cola gatuna a una canina, con la cual confundían a los perros si se acercaban a olfatearlos por la última parte del cuerpo. Los tres mil seres callejeros nunca hacían perjuicio, no ladraban más que para alertar a la ciudadanía sobre un crimen, como en el caso de Pedro te mata, y no se comían los animales de corral ni asaltaban las cocinas, porque todos los ciudadanos les regalaban concentrado. El perro no es mañoso sino hambriento, decía José Godoy cuando le daba un puñado de croquetas al cachorro que pasaba frente a su morada de anciano solitario.


Con el tiempo, los habitantes de la Ciudad de la Paz se duplicaron, igual que los canes, pero la armonía entre ambas especies continuaba estoica, porque la humanidad y la fauna son buenas por naturaleza. Las parejas de enamorados se entretenían lanzándoles croquetas a los perros bajo los árboles del parque, como en otros pueblos les tiran alpiste a las palomas. Varios policías tuvieron que marcharse, porque eran un estorbo en la ciudad, los perros patrullaban mejor las calles. La gente siempre comentaba que, si bien los canes no les servían en algo bueno, a no ser infringirles miedo a los forasteros que tal vez se acercaban con intenciones malévolas, tampoco hacían mal a nadie. Sirven de adorno, comentaba doña Teco mientras le acariciaba el lomo a uno…
 

Al cumplir la condena de tan largos y tediosos años, Pedro te mata salió libre y se reincorporó a la sociedad que lo recibió amablemente, porque ya había olvidado su repudiable crimen. Pero la cárcel, lejos de sanar la maldad de los que pasan por ella, les envilece el corazón y agranda el encono, Pedro salió podrido de rabia y soledad, porque durante el tiempo que estuvo encerrado no tuvo con quién hablar, ya que había sido el único recluso durante los cuatro lustros en aquel sitio de espanto, teniendo como compañero únicamente su afán inacabable de venganza. Largos y dolorosos fueron aquellos veinte años para su condición de hombre libertino, pero fueron cortos y propicios para su condición de vengador y para planear su desquite contra los perros delatores.


Cuando lo vieron caminar, por las rúas desgastadas de la ciudad, fue tomado y recibido como un nuevo ciudadano, y nadie se percató que el inicio de la desaparición de las pollos, los patos y los pavos, y también los robos escandalosos en las cocinas durante las noches, coincidió con el retorno de Pedro te mata, por lo tanto, todo mundo empezó a señalar como culpables a los perros. Fueron esos malditos estorbos, esos pulgosos desventurados son los responsables, eran los múltiples comentarios que se propagaban de boca en boca por las calles en contra de las criaturas caninas. Aprovechando que el olvido había hecho una mala jugada en los recuerdos de la población, Pedro te mata dijo que se llamaba Joaquín Rodríguez, y tomó una figura de caudillo ante la gente que ahora estaba ensañada contra los perros. Debemos matarlos, darles bocado antes de que nos dejen sin comida, decía, sólo de esta manera acabaremos con las travesuras que hacen eco en nuestro bolsillo. Cada mañana, después de que las personas reportaban nuevos destrozos, lo repetía. En realidad, los perros no hacían nada, porque era él quien perpetraba los delitos por las noches, cuando las personas ensayaban la muerte.


Cansados de tanta maldad, de tanta pérdida, los pobladores optaron por ya no darles comida y, sobre todo, por acabar con la vida de los perros. Los animales, al ya no recibir la ración acostumbrada de croquetas, decidieron enflaquecer antes que robarle comida a quienes fueron sus benefactores durante tanto tiempo, pero la ciudadanía, cegada por el odio, como todo engañado, no se dio cuenta de que si estaban escuálidos, no podían ser ellos quienes les robaban noche a noche en los corrales y las cocinas. Cada vez que se topaban un perro en el camino, lo saludaban a puntapiés, al extremo de que luego caminaban los perros con miedo y encogidos como si hasta el viento fuera a patearlos. Dos semanas llevaban sin comer, y ya andaban presumiendo la cárcel torácica. Después de esos catorce días, volvieron a ver que las personas salían de su casa con alimentos en las manos para lanzárselos como antes. Se pusieron tan contentos, que movieron la cola como nunca lo habían hecho, la movieron todos juntos con velocidad tal, que provocaron un viento fuerte como hélice de helicóptero. Cada perro recibió su ración de aquel pedazo de muerte disfrazada de carne. Era tan poderoso el veneno, que en el instante de tragar el primer bocado, los perros callejeros quedaron patas arriba, con la lengua fuera y los ojos trabados, sacando las primeras y últimas lágrimas de su vida, y lanzando todos al unísono un llanto terrible, tan grande y estrepitoso, que podía equipararse únicamente con el ladrido de cuando delataron a Pedro te mata. Una hora después del envenenamiento masivo, del perricidio, la ciudad estaba cubierta por seis mil cadáveres. Los recogieron todos, con asco, inclusive el cadáver de los tres gatos con cola canina, porque hasta el pueblo había olvidado que no eran perros, y fueron a tirarlos en un paraje desértico y remoto.


No había transcurrido un año del exterminio, cuando llegaron a la ciudad cerca de diez gatos, comunes y, aparentemente, inofensivos. Al cabo de un año, aquellos diez gatos a los que la gente no había prestado importancia, eran mil, y a los dos años, tres mil, porque se reproducían cada vez más rápido. A diferencia de los perros, estos animales eran perjuiciosos y traviesos. Los pollos, los patos, los pavos y los víveres empezaron a desaparecer de nuevo, pero ahora sí era por culpa de los animales, pues Pedro te mata, ya cumplida su venganza, no tenía razón para seguir haciendo aquello. Los sustitutos de los novios que un día lanzaban croquetas a los canes en el parque, ahora salían huyendo, con el rostro arañado y las ropas andrajosas. Por las noches, en las que no se escuchaba más que el sonido de las nubes acariciando la luna, ahora se llenaba el ambiente de maullidos, asiduas peleas en los tejados, y llantos parecidos a lamento de neonato. Ya no era con el tic tac si no con el miau miau como se medía el tiempo en la Ciudad de la Paz, donde empezaban a extrañar la presencia de los seis mil perros callejeros.


Las personas dejaron de salir, porque con el tiempo y los pollos que comían los gatos, se habían vuelto tan grandes como leones y eran capaces de matar a alguien de una mordida. Telemáticamente, para no salir de su morada y encontrar la muerte, todos los vecinos se pusieron de acuerdo para envenenarlos, como cuatro años antes envenenaron a los canes. Salieron con los filetes asesinos en las manos, y se los lanzaron esperanzados en darles muerte, pero estos, más astutos que los perros, no comieron y continuaron gobernando las calles del pueblo por un año más. Muchos noviazgos vieron su fin por aquella época a causa del toque de queda omnipresente declarado por los gatos del tamaño de leones. El alcalde municipal hizo un llamado al presidente de la república solicitando su auxilio, y el presidente respondió enviando soldados que llegaron a la ciudad dos meses después. La dictadura felina se hacía cada vez más fuerte, pero el día en que las personas enclaustradas durante mucho tiempo en su casa, escucharon el sonido de vehículos en las calles, terminó para siempre. Durante cuatro horas los soldados dispararon a los invasores para acabar con todos. Cinco mil disparos y tres mil quinientos rugidos de gatos roncos como leones contó Homero de la Vega desde su casa, asumiendo que el ejército había errado mil quinientos tiros, pero acabado con todos los gatos. La ciudad entera salió a limpiar las lagunas de sangre que quedaron en las calles y a recoger los cadáveres enormes de los felinos, que fueron a tirar en el mismo lugar en el que un día dejaron a los perros. La paz regresó a la Paz…


Ratas, tan pequeñas como ojos de hormiga, empezaron a rondar las casas, meses después del gaticidio. Se multiplicaron a la velocidad de la luz, y cada nueva generación era más grande que la anterior en tamaño y cantidad. Al cabo de dos años, la plaga de ratas pigmeas que llegó, se había vuelto una plaga de ratas ciclópeas. Con la aparición de los roedores, llegaron pulgas, y con las pulgas, enfermedades letales. Por vez primera desde fundada la Ciudad de la paz, la población de animales (cincuenta mil ratas e infinitas pulgas) superaba la población humana que apenas rondaba por veinte mil personas. Todos los ciudadanos enfermaron de gravedad. Las ratas portadoras del tifus, eran picadas por las pulgas que luego inyectaban en los humanos el virus. Uno por uno fueron enfermando todos en la Ciudad de la Paz, por entonces conocida como la ciudad valetudinaria.


Murieron dolorosamente después de larga agonía. Uno de los últimos en fenecer, fue Pedro te mata, que antes de marcharse vio como Juan el peleonero se burlaba de él y le decía: ves cómo es mejor estar muerto, así no te enfermás. Te mata respondió aquello gritando: maldita la hora que mataron a los perros por mi culpa, y luego… cerró los ojos. Todos, antes de morir, lamentaron haber matado a aquellos seis mil seres buenos que mantenían la ciudad limpia de gatos y ratas. Cuando los habitantes del lugar asesino necesitaron la ayuda de los perros para cruzar el río que separa el infierno del paraíso, ninguno acudió al llamado… En el país se regó la noticia que una peste de fiebre tifoidea había acabado con la vida en la Ciudad de la Paz que, desde entonces, fue declarada ciudad proscrita…


Cien años después de la muerte endémica de todas las personas, los cadáveres se habían desintegrado, las casas abandonadas empezaban a caerse, y en las calles de tierra, intransitadas por pies humanos desde hacía un siglo, las ratas domesticadas por las pulgas, araban el suelo para poder sembrar semillas de sangre.


Fecha: 05/2017
Premio tercer lugar en los juegos florales de Teculután, Zacapa, 2018.
Pablo Bejarano en 2018
Gala de juegos florales de Teculután, Zacapa 

El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya n...