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Ensayo sobre la vida eterna

Parado frente a la muerte y furibundo, estaba el célebre científico Peter King, que durante toda la vida había temido la llegada de este momento: el de estar frente a frente con la inexistencia. Siempre aseguró que más allá de la muerte no hay continuidad, sin embargo, estaba seguro de que podía detener el tiempo y que ésa era la única manera de vivir por los siglos de los siglos. El tiempo es un error del universo —decía— y si logro frenarlo, tal vez no consiga alejarme de la vejez, pero sí evitar la muerte.


Tenía poca vida para detener el tiempo. Pasó noches desesperantes en busca de un método eficaz. Antes había hecho grandes descubrimientos en favor de la humanidad, imposibles de conseguir para otros científicos, y había escrito múltiples ensayos de divulgación científica, porque en ese entonces, creía con firmeza que leer e investigar eran la única forma de vencer a la muerte; no obstante, ahora renovaba sus esperanzas con los recientes descubrimientos sobre los agujeros negros y cuanto se decía sobre la inmensa gravedad que provocan y hace que el tiempo corra de una forma más lenta alrededor de ellos. Saber que el tiempo no era algo inalterable, le daba la esperanza de modificarlo o de ponerle freno.


Sacó los ahorros que en vano había juntado a lo largo de la vida, porque no tenía descendientes y había vivido siempre evitando el imperio del amor. Con ese dinero viajó a los Estados Unidos, con destino al Área 51, llamó a algunos de sus conocidos para que lo dejaran ingresar y pudo establecer contacto con los principales científicos del sitio, para decirles que había ideado una manera de poder alargar la vida de las personas, y que estaba seguro que con la ayuda de ellos, podrían inclusive alcanzar la tan anhelada vida eterna.


La idea de Peter King era crear un dispositivo que, generando una fuerza gravitacional parecida a la de los agujeros negros, alrededor de las personas, deformaran el espacio-tiempo e hicieran que el tiempo transcurriera por ellos de una manera muchísimo más lenta que lo permitido por la gravedad ejercida en la Tierra. Crear este dispositivo no era tan complicado, como resolver la manera en que el cuerpo humano lograra soportarlo sin morir. Para eso había viajado al Área 51, para que, basados en la tecnología extraterrestre que ahí se analizaba, complementaran su idea… y así lo hicieron. Dos cosas había por resaltar: una, mientras la defensa ideada por los científicos estadounidenses fuera más efectiva, se podía ejercer más gravedad y por lo tanto desacelerar más el tiempo, acariciando casi la eternidad: otra, cuando las personas se cansaran de vivir, bastaba con apagar el dispositivo para volver a los años terrestres y fenecer.


Lograron una verdadera hazaña, que gustó tanto a los principales gobiernos del mundo, que acordaron no crear millones de dispositivos para los millones de habitantes de la tierra, sino que crear uno gigantesco que desacelerara el tiempo para todo el planeta. Como sabían que, prolongar o eternizar la vida de las personas, provocaría una rápida sobrepoblación, promovieron la esterilización masiva por todo el mundo, y así, como un nuevo orden mundial, cambiaron la velocidad del tiempo para todo el mundo y todos celebraron la cuasi eternidad que el hombre por fin había alcanzado…


Casi de inmediato empezó a notar que el envejecimiento se detuvo, y no cambiaba el paisaje a su alrededor, que seguía contando con los mismos ríos atrapando al sol y a la luna en su espalda y los mismos árboles que ahora, como ya no había otoño, no derramaban lágrimas amarillas. Lo que no había en derredor eran amigos, pero no le extrañaba porque jamás los hubo; sus conocidos, sin embargo, seguían exactamente igual. Las personas sintieron un poco de nostalgia al saber que todo cuanto veían, a partir de aquel instante, no cambiaría nunca más, que tener descendencia era imposible y debían enfrentar otras desventajas; todo lo aceptaron sin mucho pesar, conscientes de que no existe nada peor que la muerte...


Peter y todos los habitantes de la Tierra, ya habían vivido lo que, de manera normal, hubiera durado mil años, cuando los amantes de la lectura ya habían leído todos los libros; los poetas escrito todos los poemas que faltaban en el florilegio universal; los viajeros conocido cada rincón del mundo; los tenorios amado a todas las mujeres que alguna vez desearon, y así, sucesivamente. Toda la humanidad había satisfecho por completo sus deseos, y cuando habían vivido lo que de otra manera serían dos mil años, todos habían hecho todas las cosas, aunque no formaran parte de sus deseos; de cuenta que los poetas habían amado a todas las mujeres y los mujeriegos leído todos los libros, por citar un solo ejemplo... 


La vida, entonces, se volvió insoportable. No tenían ganas de platicar porque estaban agotados todos los temas, y tampoco de guardar silencio porque las meditaciones también estaban agotadas; hasta dormir les parecía odioso porque ya habían soñado todos los sueños…. Peter empezaba a creer que la vida, aunque no fuera eterna, sino simplemente duradera, era tediosa, insoportable y que no valía la pena como él aseguró tantas veces; aun así, creía con firmeza que morir era peor; porque la muerte, al ser una eternidad privada hasta del tedio, sería menos grata.


Los que soñaron, en el umbral de su vida, tener hijos y verlos triunfar, vivían frustrados. Muchos sabiendo que eran casi inmortales, porque el tiempo no causaba deterioro en su cuerpo, sabían que sí podían morir por otras causas, por lo que decidieron suicidarse. Uno por uno, como lágrimas de árbol otoñal, fueron cayendo los habitantes. Los cobardes que no se enfrentaban al suicidio, intentaron asesinar a Peter King, pero por una u otra razón, nunca lo consiguieron. Suicidios y asesinatos acababan poco a poco con la humanidad, y también con la flora y fauna, porque hasta los árboles arrancaba sus raíces y corrían al cráter de los volcanes para morir incinerados…


Cuando habían vivido lo que durarían dos mil quinientos años, la tierra era acariciada únicamente por los pies cansados de Peter, que se resistía a morir, y así vivió lo que durarían cien años más. La tierra quedó sin mares, por lo que él pudo darle la vuelta al mundo varias veces. No podía diferenciar la realidad, el sueño y el recuerdo. Perdió la cordura casi por completo, y luego de tanto y tanto sufrir, de tanta soledad, decidió apagar el dispositivo para dejar que la Tierra y el tiempo continuaran con su paso normal… Pero en vano lo hizo, porque el sueño de inmortalidad de un hombre, había acabado con la vida de un planeta. Murió un año después, cuando tres cientos sesenta y cinco días, duraban otra vez tres cientos setenta y cinco días.


Fecha: 2017

Premio: Segundo lugar (compartido con otros dos cuentos) en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2022.

Pablo Bejarano junto a Aristides Bejarano 
en el Teatro de Huehuetenango, 2018.




El Cristo

Este es el rey de los valles. Así le llamaron porque tenía una corona de cerros verdes, hoy todos parchados de siembras. Aunque desde fundada la ciudad, la sierra o sierpe (¿quién sabe con certeza qué es?) parece haber mutado de piel, el paisaje continúa siendo fascinante. A través de los manantiales, los cerros admiraban el horizonte, pero ahora prefieren ver los acontecimientos de la ciudad aletargada en su garganta. Uno de esos cerros, me relató la historia que estoy por compartir:


La misma noche en que las estrellas se estiraban para caer sobre la tierra y besarla, Antonio Olmedo se vio totalmente perdido. Con la lluvia parecía haber iniciado su desdicha. ¿A qué hora la fortuna había desaparecido? ¿Cómo pasó de ser alcalde municipal a hombre sin nada en las cuentas bancarias? Cierto es que fue prepotente y muchas veces en la alcaldía tomó decisiones tiránicas, pero aun con esas agravantes, no creía merecer el funesto castigo que estaba padeciendo...


Dos años consiguió sostener a la familia con la venta de pertenencias, pero llegó el momento de trabajar. Nadie en el pueblo quiso emplearlo, porque todos fueron humillados por él en algún momento. Al volver por las tardes a casa caminaba desconsolado, cabizbajo; parecía ir observando la guerra entre sus pies y la distancia. Nadie lo empleaba en un puesto de los que él catalogaba "dignos" y se resistía a perder el orgullo y caer en el extremo de aceptar el trabajo que iba quedando como única opción… Sin embargo a eso estaba obligándolo el destino...

  

En los pasillos siempre sucios del mercado, donde el grito de los vendedores se desgrana ininterrumpidamente, y todos los colores del país se amotinan en pirámides que de libra en libra se extinguen, apareció, despojado de su orgullo, Antonio Olmedo para enfrentarse a su primer día de trabajo como cargador. Los verduleros, quienes lo empleaban para transportar la mercancía del camión repartidor a los puestos, parecía que como una venganza, compraban más verdura para que él, llevándolas en un solo viaje, sintiera que cargaba el peso de sus pecados, del pecado de haberles cobrado un arbitrario municipal altísimo y de ignorar sus peticiones; no obstante, soportaba la injuria por amor a su familia.


Las vejaciones eran cada vez mayores. Pasado un año, el hombre que alguna vez tuvo cuerpo estético como escultura griega, estaba arruinado: el tórax le sonreía a través de la piel, y la humillación ya era parte de la rutina. Muchas veces, hombres con rencores añejos, lo fusilaban con dicterios, le recordaban las veces que como alcalde los humillaba poniéndoles obstáculos para vender las verduras, y si Olmedo intentaba defenderse, ya no a improperios, sino a dentelladas era la humillación. Del mandatario del pueblo, pasó a ser el hazmerreír. Las personas de alcurnia iban al mercado a comprar el gusto de verlo hundido, con el pretexto de algunas verduras…


En un alto templo con cuatro espadañas blancas que como tornados parecían descender de las nubes, los peregrinos dibujando rosas de sangre con las rodillas, entraban para rezar ante el Cristo Negro. Llevaban alrededor de cuatro siglos venerando la efigie y hasta ahora veían que el rostro del Cristo crucificado, un día descansaba sobre el hombro izquierdo, y al otro, sobre el derecho. Incontables fueron las veces que cambió la postura de su desfallecida cabeza. Un anciano, que llevaba poemas escritos en las arrugas de la piel, fue quien advirtió que el Cristo Negro movía la cabeza en señal de negación, porque seguramente el pueblo actuaba de manera ofensiva a sus ojos, pero fueron pocos los que tomaron en serio al anciano. Solo Antonio Olmedo creyó en él, y cada vez que iba al templo a pedirle perdón al Cristo por todos los abusos que cometió como alcalde, también pedía que perdonara a aquellos que estaban ofendiéndolo con sus actitudes.


Antonio Olmedo, quien alguna vez estuvo fornido, vagaba como zancudo por el mercado. Las mismas personas que trataban de humillarlo, quedaban estupefactas al observar que, a pesar de la escualidez, resistía sin problema los pesos que por unos cuantos quetzales cargaba. Se repetía asiduamente que todo valía la condena porque su familia no pasaba hambre... De los recuerdos de su riqueza no quedaba nada, era como si durante toda la vida hubiera sido pobre y nunca hubiera pisado la municipalidad, por lo que la tentativa de pisotear su orgullo no tenía efecto. Toda la población se había ensañado con él, y cuando se percataron que los vituperios no lo afectaban, intentaron maximizar la punición física. En el mercado era claro el odio en contra de Olmedo. Nadie recordaba por qué, pero lo odiaban. Lo dicterios no tenían ningún efecto en él, por cada "carga esto, infeliz" recordaba la frase que noche a noche pronunciaban sus hijos "gracias por todo, papá". Eso le brindaba fuerzas para continuar, pero como la maldad no tiene límites, los verduleros competían para saber quién lo humillaba más. 


Un día funesto, se aliaron dos de ellos y decidieron obligarlo a llevar la carga de ambos a un tiempo, amenazándolo con hablar con sus compañeros para que ya no le dieran trabajo si desobedecía. En silencio siguió las directrices, y trastumbando, como si llevara a Cabracán en la planta de los pies, que ya no eran plantas sino placas tectónicas, cargó por cincuenta metros la mercancía. ¡Cuánto menos sufrió Atlas al ser obligado por Júpiter a cargar el cielo! Desde aquel día, tuvo que transportar la verdura de ambos en un viaje. Después otro hombre se unió a la causa, y fueron tres los bultos que llevó sobre la espalda. Trató de soportarlo, mas si lograba adelantar un pie, pegaba una rodilla al suelo. Parecía que atrás de él venía la parca, y por eso iba regando con las rodillas pétalos para amenizar el tétrico desfile. La situación duró un tiempo más...

   

Los tres verduleros ¿o verdugos?, cada día, tras cerrar sus locales, se dirigían al templo y entraban de hinojos hasta cerca del altar mayor para pedirle al Cristo Negro que los guardara, que no permitiera en el mercado las extorsiones y que su familia no padeciera enfermedades, accidentes o cualquier tipo de desdicha que pusiera en riesgo la vida. Pedían infinitas cosas, pero a diferencia de Olmedo, no pedían perdón por sus faltas. Las vejaciones que le hacían a Antonio, no llegaban a su mente en ese instante, porque para ellos era cosa sin importancia...


   —¿Por qué moverá su divino rostro?

   —No lo sé, pero tal vez el anciano tenga razón .

   —¿Tú crees? ¿Será que la población está haciendo algo que el Cristo Negro reprueba?

   —¿Qué puede ser? Al menos yo no he notado alguna actitud que sea capaz de indignar al Señor.

   —Bueno, tal vez sean el adulterio o el latrocinio lo que lo tiene así.

   —Ya lo sabremos, amigo, ya lo sabremos.

Cuando terminó la charla fueron al mercado y en seguida, con sonrisas siniestras, obligaron a Olmedo a que cargara con lo suyo. Por el agotamiento rezagado, Antonio no resistió esta vez y cayó. Dio un grito tan ensordecedor, que las personas a dos cuadras de distancia, creyeron que del sonido de la tempestad.

  

En casa la esposa le insistía en que dejara de trabajar, que ya era mucho, que si bien tenía necesidad no debía pasar ese calvario. Iba atrasado con el alquiler de la casa, entonces le dijo a su esposa que dejaría el trabajo en unas semanas más. El cuarto día de la penúltima semana que planeaba laborar, bajo el cielo oscuro, casi del color del Cristo que estaba en el pecho de la iglesia, Antonio fue a trabajar. Ni Hefestos trabajó tanto en la armadura de Aquiles y Eneas, como trabajó él ese día cargando un peso parecido al que arrastraban los egipcios con el afán de construir las montañas que hoy son milenarias... Helios y sus dorados caballos iban por el meridiano cuando Olmedo colapsó. Tirado en el suelo, con la carga en la espalda, sin poder levantarse y con el rostro pegado al piso como los avaros de la Divina comedia, estaba Antonio, mientras las personas a su alrededor se pasaban la risa de boca en boca, tan rápidamente, que parecían todos reir al unísono.


El estoicismo presentado durante tanto tiempo se fue, y el llanto robó la virginidad de sus ojos. Con sus lágrimas la risa de todos aumentó, hasta que un resplandor atrajo la mirada de mundo y medio. El brillo parecía salir de un hombre moreno, muy moreno, fornido, de cabellera larga y oscura como su piel, mirada apacible, conmovedora, y a la vez, penetrante. Rompió la muralla de risas al pasar, y se puso frente al humillado. Con los fuertes miembros alzó la carga que tenía vencido a Olmedo y la colocó en sus hombros.

   —¿A dónde llevas esto, hijo mío?

   —A unos cuantos metros de acá.

   —Entonces vamos.

   —Te lo agradezco, pero al menos dividamos la carga. Es mucho peso para una sola persona. Si lo sabré yo.

   —No tengas cuidado. Me acostumbré a llevar en los hombros pesos que no me corresponden.

   —No sabes cuánto te lo agradezco.

   —Si lo sé. Ya una vez, en un tiempo que no me creerías, hubo un hombre que me ayudó cuando caí cargando lo que no era mi obligación... ya llegamos. Puedes cobrarle a esos impíos lo que te corresponde.

   —Gracias, hermano. ¿Cómo te llamas?

   —Pronto lo sabrás.


Los verduleros comentaron minutos después que, al parecer, todos en el mercado habían escuchado una voz diciendo "Ojalá no se arrodillen de nuevo frente a mí con su orgullo vestido de humildad", pero la gente quiso creer que solo había sido una coincidencia... A la mañana siguiente, los cerros conmocionados por esa historia, derramaron lágrimas disfrazadas de ríos crecidos e inundaron la ciudad. A pesar de la debacle, así como los cuervos dan vueltas en el cielo cuando localizan un cadáver, daban vueltas los malos pensamientos dentro de su mente para seguir dañando a Olmedo, pero ese día no llegó; de hecho, de él llegó únicamente el rumor de que en la madrugada había partido con su familia rumbo a un lugar ignoto, gracias a un resplandor de oro, regalo del hombre que lo ayudó con la carga, para que empezara un nuevo derrotero lejos de la avaricia y la humillación. 


Aquello sorprendió poco a los verduleros, lo que les causó un poco más de asombro fue cuando entró un anciano caminando sobre el fango, y les contó que el día anterior, al ir al templo, para rezar e intentar entender por qué el Cristo movía la cabeza, se sorprendió al ver que en el altar mayor no estaba la efigie. Contó el anciano que al principio supuso que se trataba de un robo, y lo denunció, pero al regresar con las autoridades, el Cristo ya estaba en su lugar con una marca sobre el hombro y sin el resplandor...

  

Las personas dijeron que el anciano estaba loco, sin embargo, cuando el cielo guardó al sol en su bolsillo, comentaron que aquellas debían ser dos historias distintas, a penas con un resplandor, una marca y una hora en común...


Fecha: 11/10/2017

Premio: Premio único de cuento en los juegos florales de Mazatenango, 2018

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación de los juegos florales de Mazatenango 
En la foto, también con diploma, el poeta Isaac Morales Sut



Homero, nuestro señor

"Fue hace tres mil años. Sí, hace tres mil años fue cuando vino a nuestro mundo el mesías: Homero, poeta jónico autor de la Ilíada y la Odisea; aquel que imaginó hombres batallando junto a dioses y sirenas de canto embelesador, y que hizo encajar todo en hexámetros perfectos. No vivió más de cien años, pero su obra ha trascendido por tres milenios. Se cuenta que regresará con su lira y su pericia para el verso el día que ya no haya más poetas sobre el mundo, y entonces, saldrán de la tumba todos los versificadores para que él decida quienes irán de su lado al Parnaso y quiénes serán condenados al olvido eterno... Parece que el día del juicio ha llegado…” 


"Después de la primera venida del padre Homero, a lo largo del tiempo y lo ancho del mundo, son muchos los que vinieron en su nombre, santos del verso que se encargaron de engrandecer la poesía, entre ellos: Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Garcilaso de la Vega, Quevedo, y recientemente, Miguel Ángel Asturias y Jorge Luis Borges, pero son incontables los poetas de verdad que pasaron por el mundo en distintos países y con diferentes idiomas; no obstante, ahora parece que ya no queda uno, o al menos, uno de verdad que no le tema a los dédalos de la rima, la métrica y la gramática; en cambio hay muchos que navegan en las libretas alzando la bandera del verso libre y la prosa poética y diciendo que lo hecho por Homero, nuestro señor, hasta llegar a Pablo Neruda, pasando por Ovidio, Petrarca, Góngora, Rimbaud, Hugo y Lorca, es algo obsoleto, algo que no sirve para nada que no sea apresar la creatividad; y continúan empeñados en escribir solo el verso arrítmico, principalmente con temas "eróticos" que nada tienen que ver con la sublimidad de Eros, porque están vinculados estrictamente con el sexo, desde un punto de vista pervertido." 


   —Así decía aquel antiguo folio que encontré en lo más profundo de la caverna, y que no parecía escrito en papel, sino sobre las arrugas de un anciano. Pensé que podía ser algo importante, por lo que decidí pasar la noche entera decodificando el mensaje. Si el inicio era sorprendente, lo que a continuación transcribo lo es más: 

"Desde el Parnaso, Homero observa indignado la postura de los nuevos poetas, y ha decidido que el día del juicio final sea en nuestros tiempos, sin embargo, quiso darles una última oportunidad para que pudieran salvarse de ser condenados al olvido eterno. La oportunidad consiste, dijo, en que puedan ganarles una batalla literaria a mis elegidos. El padre Homero estaba seguro del resultado final, pero quería mostrárselo al mundo de los lectores que han sido embrujados por la pluma de estos falsos profetas.” 


    —A cada párrafo el escrito, cuyo folio tenía el color de la luna llena cuando aparece en el horizonte, me parecía más asombroso. Poco a poco iba cobrando la forma de una profecía, el testamento de un ser supremo, o tal vez, un mundo creado por la mente prodigiosa de un antiguo humano. Para saber con exactitud de qué se trataba, tuve que seguir en mi trabajo durante algunas horas más, esto es cuanto descubrí: 

"Decidido a que diera inicio el armagedón poético, Homero eligió a cinco bardos que fueron sacados del sueño de la biblioteca, especialmente para la batalla. Por petición suya, fueron elegidos de épocas recientes, para que la diferencia no fuera tan abismal a la hora de versificar. El primero en ser traído de nuevo a la vida fue Miguel de Cervantes y Saavedra, para que fuera él, a través de las rimas, quien hiciera la anunciación a los poetas modernos sobre la batalla que se llevaría a cabo entre ambas corrientes... Volando sobre una nube con forma de bolígrafo, que parecía escribir ovillejos en el cielo, bajó a la tierra Cervantes, quien tras sacar un pergamino y ponerse frente a sus futuros contendientes, leyó con sonora voz: 

En nombre del altísimo he venido

a invitaros a ustedes, caballeros, 

que reinan este mundo malherido 

con sus versos arrítmicos y austeros, 

que seáis parte del duelo establecido, 

por Homero, señor de los troveros. 

Con él los ganadores pasarán  

al Parnaso, demás se olvidarán.

Los poetas  de la vanguardia motivaron al mejor de los suyos para que aceptara el reto improvisando versos, a su parecer, maravillosos: 

Con ganas infinitas como universos 

aceptamos el reto de poemar 

ante los ojos de Homero, el anticuado".


"Con la aceptación del reto guardada en la memoria, Cervantes volvió al Parnaso para darle la noticia a Homero quien admiraba el atardecer. Las sombras de las aves volaban sobre el ocaso esbozando poemas. Catorce líneas de pájaros iban cruzando el cielo de once en once, siendo más grandes las aves situadas en el sexto y décimo lugar. Qué rítmica visón, qué atardeceres más poéticos los presenciados en el Parnaso. Cervantes, tras darle la noticia al mesías, quedó por un momento extasiado fijando los ojos en aquellos ojos hermosos, que aunque se dice que fueron huérfanos de luz, ahora parecían transparentes y dentro de ellos podía verse al Pélida Aquiles persiguiendo a Héctor, domador de caballos, alrededor de Ilión, y a Odiseo cegando a Polifemo junto a sus compañeros... El duelo estaba por llegar..." 


   —Tras leer la forma en que Cervantes anunció el duelo, y la manera en la cual el representante de los poetas de la vanguardia lo aceptó, me quedó claro que los elegidos por Homero ganarían sin problema alguno la batalla, sin embargo, había cosas que no entendía: ¿cómo sería el castigo de los perdedores? ¿Quiénes eran todas las personas mencionadas en el papiro? ¿Quiénes serían los representantes de ambas corrientes? Es lo cuanto trascribo ahora, lo que aclaró mis dudas: 

"Pactado el duelo, se formaron los equipos. Los cinco representantes elegidos por Homero fueron: Miguel de Cervantes y Saavedra, Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío, Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias. El equipo de los poetas modernos fue integrado por Poeta Romántico, Poeta Erótico, Armador de Versos, Tu Poeta y Poetisa Enamorada, los cinco decidieron ser presentados con pseudónimo, a decir de ellos, para proteger su valioso nombre del desprestigio en acontecimiento tal. Se acordó que el evento se llevara a cabo en la ciudad de Estocolmo...” 


“Estocolmo para la oportunidad aquella, lució impresionante. Las edificaciones parecían estar construidas con libros antiguos; puertas y ventanas eran tomos abiertos de par en par; y en cada piedra de la calle había un madrigal escrito. Tanta literatura se respiraba en la ciudad. Las partículas de aire eran rimas y los árboles, para esa fecha de otoño, botaban, no hojas amarillas, sino páginas de la Ilíada y los Diálogos de Platón.” 


“En lujosas limosinas llegaron los cinco poetas modernos, armados con plumas de oro, porque de oro eran los versos que escribían, a decir propio. Ingresaron al recinto y no hicieron reverencia ante Homero, padre y señor nuestro; unos, porque nunca habían leído su obra, y otros, porque, aunque la leyeron, no lograron entenderla. Segundos después aparecieron a lo lejos, en el cielo manchado de nubes doradas, los elegidos de Homero, sobre cinco libros abiertos que movían las pastas como las aves mueven las alas. Bajaron a la ciudad, y tras saludar a la concurrencia, ingresaron al lugar donde se daría el evento e hicieron reverencia ante Homero, a quien consideraban el mesías. Estando los diez contendientes en el recinto, se dio la autorización de comenzar la ceremonia, y el maestro encargado de dirigir la lid, inició con voz sonora a presentarlos uno por uno." 


   —Ya próximo el punto máximo del testamento, empecé a sentir por mi cuerpo la ansiedad que dan los nervios cuando se alteran. Cuántos siglos me separaban de aquella historia, y sin embargo, estaba emocionado como si presenciara el evento. Cuando leí lo que estoy por revelar, mi éxtasis aumentó, como seguramente aumentará en quién lea lo que ahora transcribo: 

   "—Buenas noches, concurrencia. Estamos aquí para llevar a cabo el duelo que decidirá el destino de todos los poetas de la historia. Presentaré, inicialmente, a los elegidos de Homero. El primero de ellos es Miguel de Cervantes Saavedra, novelista, dramaturgo y poeta considerado la máxima figura de la literatura en español. Conocido mundialmente por la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Macha, de donde extrajimos este maravilloso ovillejo que les presentamos: 

¿Quién menoscaba mis bienes? 

Desdenes. 

Y ¿quién aumenta mis duelos? 

Los celos. 

Y ¿y quién prueba mi paciencia? 

Ausencia. 

De este modo en mi dolencia 

ningún remedio me alcanza, 

pues me matan la esperanza 

desdenes, celos y ausencia. 

El segundo poeta clásico a presentar es Gustavo Adolfo Bécquer, bardo español, perteneciente al movimiento del romanticismo. Autor de Rimas, poemario mundialmente conocido en donde podemos leer uno de los textos más bellos jamás escritos:  

Por una mirada, un mundo; 

por una sonrisa, un cielo; 

por un beso... ¡yo no sé  

qué te diera por un beso! 

El tercero de los audaces de la rima es el poeta nicaragüense, el príncipe de las letras castellanas, Rubén Darío, representante máximo del modernismo en habla hispana, y el vate más influyente en la obra poética del siglo XX. Lo presentamos con estos versos de su glorioso poema Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?  

Los suspiros escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color. 

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado en su clave sonoro, 

y en un vaso olvidada se desmaya una flor. 

El penúltimo representante del verso medido, es el Premio Nobel, Pablo Neruda. Nacido en Chile. Llamado por sus colegas el mejor poeta de su siglo. Ahora con honor leo un fragmento del Poema 20, publicado a sus diecinueve años: 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, 

mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

Por último, el quinto representante de los discípulos de Homero. El poeta guatemalteco y Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias. Surrealista, precursor del Realismo Mágico y del Boom Latinoamericano. Poeta con un manejo inigualable de la palabra, como podemos confirmar en estos increíbles versos extraídos de su insigne novela El Señor Presidente

Acertijos de aurora en las estrellas, 

recodos de ilusión en la derrota, 

y qué lejos del mundo y qué temprano... 

Por alcanzar las playas de los párpados

pugnan en alta mar olas de lágrimas.” 


   —En aquel momento, después de leer esas maravillosas palabras, como nunca las había escuchado en otro lugar, creí que los poetas modernos no podrían superarlas, pero me parecía injusto juzgar antes de leerlos. Así que decidí continuar con la decodificación. Total, de aquel pedazo de historia que tenía en mis manos, poco quedaba por leer, y esto es lo que descubrí: 

   "—Ahora que -continuó el maestro de ceremonias- hemos presentado a los elegidos de Homero, rey de los poetas, es turno de presentar a los poetas contemporáneos, quienes asisten al reto buscando ser redimidos del pecado más abominable a los ojos del señor: la arritmia. El primero de ellos es Poeta Romántico, quien según nos ha comentado, tiene la dicha de saber unir la poesía y la filosofía. En su más reciente trabajo, el famoso libro Poemas a la inexistencia, inicia fuertemente con estos versos: 

Me gusta 

la manera poética 

de avisarme 

en espiral. 

Seguido de él, tenemos a Poeta Erótico, muy popular en plataformas virtuales. Dice ser originario del universo y escribir versos del corazón, capaces de enamorar a cualquier dama, podemos apreciarlo acá: 

La vida es un poema, 

sin rimas

p

e

r

con mujeres desnudas. 

Al centro del grupo, presentamos a Armador de Versos, quien además de ser poeta, es crítico de literatura. Él ha alabado el reciente poemario Universos en tus ojos de uno de sus amigos, porque asegura que con este trabajo se demuestra que no es necesario leer para ser poeta. Entre sus mejores escritos podemos encontrar: 

Ella es todo lo bonito que uno puede sentir antes de irse al carajo.  

Tu Poeta es el cuarto integrante. Él afirma hacer poemas en prosa, y asegura que lo más importante en estos trabajos, no es una estructura, sino el sentimiento emitido. Aquí un ejemplo: 

Sabes bien que te quiero, amor mío, que

eres mi cielo, mi vida, que, 

si tú te vas, se van las estrellas, el 

universo y la esperanza. Después de

ti, lo oscuro, el llanto y 

mi muerte. 

Por último, tenemos a la Poetisa Enamorada. Tiene millones de lectores, gracias a que su poesía es sencilla y ella la saca del pozo lírico del alma. Lleva publicados cuarenta poemarios, y trae en camino otros veinte. Veamos estos versos que la lanzaron a la fama: 

Tener tu mirada debe ser ilegal, 

y más 

si al verme me incitas a pecar.” 


   —Cuando terminé de leer esta parte, confirmé lo anteriormente dicho. Yo que soy un lector de tiempo neutral, desconocedor de los diez participantes, estaba completamente seguro de que el primer bando tenía el juego ganado desde que Homero eligió a sus integrantes, pero quería encontrar la confirmación en el texto, y de paso, leer por fin el desenlace que me traía intrigado. Decidí terminar, y así como el águila toca el cielo con sus alas, mi asombro lo tocó al leer lo que ahora comparto: 

"Presentados los diez participantes, sedemos la palabra a Homero, señor nuestro para que nos reitere el motivo de estas justas: 

    —Quiero informaros que el duelo se lleva a cabo por la desmeritación que los poetas modernos le han hecho a la poesía. Ellos aseguran que lo hecho por mis elegidos es obsoleto, y seguramente lo dicen porque saben hacerlo, aunque no lo usen por cuestiones de gusto; es por ello que he decidido invertir los papeles y darle un lugar en el Parnaso al grupo que domine ambos estilos. A los poetas clásicos, les doy como tarea escribir un poema en prosa, y a los poetas modernos, un soneto.  Que comiencen las gestas.” 


“Una hora les fue otorgada a los poetas para hacer su trabajo. Durante ese lapso a Cervantes, Bécquer, Darío, Neruda y Asturias se les vio relajados, y su pluma parecía viajar a la velocidad de la luz sobre el folio que, de un momento a otro, pasó de ser un mundo en blanco a parecer un polo atiborrado de pingüinos. Tres minutos usaron para acabar la tarea. A Romántico, Erótico, Tu Poeta, Armador y Enamorada, en cambio, se les vio angustiados durante toda la hora con sus plumas de oro petrificadas. Mientras a los otros se les veía sonreír, a ellos solo pensar. Parecía que en las gotas de sudor se les escapaban las ideas.” 


"Cuando la hora terminó fueron llamados uno por uno a entregar su folio. El semblante de los modernos había cambiado, y en el ambiente se respiraba un aire color de muerte. El Padre Homero revisó las diez hojas y en su boca atrincherada entre los relámpagos que formaban su barba, esbozó una sonrisa. Demás está decir las maravillas que leyó en las hojas de sus elegidos, y demás recordar que los folios de los vanguardistas iban en blanco. Para que el público presente saboreara las maravillas que sus discípulos escribieron, y predicaran el verso culto por todos los rincones del mundo, decidió leer en voz alta lo escrito en el folio de Miguel Ángel Asturias: 

   —El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos. -El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha... -El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja. 

   —La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm donde el guarda canta con lloro de barranco. 

Luego, para no dejar dudas, mostró a la concurrencia las páginas en blanco de los poetas modernos”. 


“En aquel momento al padre Homero lo rodeó un resplandor divino y empezó a levitar, poco a poco se perdió entre las pestañas blancas del cielo. Tras él, y luego de abrirse todas las tumbas de los poetas clásicos de la historia, una caravana lírica de bardos se fue siguiendo su rastro, encabezados por Virgilio. Las siluetas hacían poemas en el cielo. Después de ese acto sublime, otro terrorífico se presentó. Todos los poetas que se habían quedado en la tierra, condenados al olvido, empezaron a ser comidos por la polilla a velocidad tal, que en dos minutos no dejaron rastro de ellos, seguramente en el Infierno serían condenados a leer eternamente sus poemas arrítmicos. El fin del mundo intelectual, acababa de suceder...” 


   —Tras terminar de leer el folio e impactado aún por el fin que les dieron a los poetas contemporáneos, asumí que todo era una historia fantástica, pero en ese instante vi entre mis manos que el folio era invadido por miles de polillas para desaparecerlo en menos de un segundo, como desaparecieron a aquellos bardos del apocalipsis literario. Nunca dije nada de esto, hasta hoy que lo transcribo, porque ¡vamos!, quién va a creer en estas cosas en pleno siglo XXX. 


Fecha: 06/2017

Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2018

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación Juegos Florales de Huehuetenango 




Los clavos del cielo

Un relámpago cruzó la oquedad quebrando el cielo en dos pedazos: uno cayó en la noche y otro cayó en el día. Tras el sable que pronto se desvanece, vino un estruendo terrible que empezó en el oriente y se fue caminando hacia el occidente. Si alguien hubiera tenido la paciencia de esperar, habría escuchado cómo, después de darle la vuelta al mundo, el trueno aparecía de nuevo por donde inició.


El relámpago y su voz presagiaron una abrumadora tormenta que duraría semanas. Los niños que retozaban en las calles, entraron rápidamente a casa para abrazar a sus padres. Uno de ellos le preguntó al suyo sobre el motivo que provocaba los rayos y los truenos, y él no supo responderle...


En el tiempo aquel, en que la tecnología aún no llegaba al humano, las personas se entretenían leyendo. En un antiquísimo libro, Juan Pablo leyó que los rayos tenían un origen divino, que eran los clavos de... ¡polilla!... la polilla se había comido la parte del folio donde decía de quién eran los clavos del cielo.


No sabiendo a quién pertenecían, Juan Pablo decidió averiguarlo por su cuenta: solo es necesario, se dijo, subir a un volcán que tenga el cráter arriba de las nubes, para ver desde allí de dónde salen esos clavos luminosos. Desde el día aquel, pasó esperando una tormenta eléctrica que fuese duradera, y cuando llegó, ¡cuando al fin llegó!, tomó su equipo de montañismo y se dirigió hacia un volcán que hace mucho tiempo tuvo el nombre de un dios. Bajo los cabellos de la tempestad empezó a ascender. Cuán penoso se le hizo subir. Si los árboles contaran el tormento que vivió bajo la tormenta, la tristeza vendría a los ojos. Tres veces estuvo a punto de ser fusilado por un rayo, y tres veces un árbol lo salvó empujándolo con las ramas.


No se sabe cómo, ni él mismo supo cómo subió más allá de las nubes que se abrazaban al volcán para que no se las llevara el viento, pero cuando estuvo en la cúpula volcánica, fue tal el asombro ante lo que presenció, que se le detuvo el tiempo en el corazón; no obstante, la curiosidad por atestiguar el acontecimiento que se repetía una y otra vez, hizo que el cuerpo se levantara para que, aunque fuese muerto, viera el origen de los relámpagos.


Dos hombres de broncíneas armaduras y tamaño inenarrable, llevaban a otro, lacerado, y directo a la muerte. Después de burlarse de él y humillarlo, lo despojaron de su túnica y, cuasi desnudo , lo acostaron sobre una cruz de nubes grises; sus brazos los pusieron en los brazos de la cruz y sus pies en el pie del nubero. Cuando el hombre estuvo en esa posición, lo ataron para que no se moviera; luego alzaron las manos al techo ecuménico para extraer ingentes clavos (que en la tierra llamamos estrellas) y los martillaron de manera sesgada en las nubes para agrandar el suplicio del prisionero aplazando su punición (son esos los rayos que se pasean en el cielo); después, colocaron otros sobre las manos y pies del condenado, y de un golpe hicieron que le atravesaran la piel y los huesos. Con tal ímpetu fue el impacto, que los clavos de oro traspasaron con facilidad las manos de Cristo y luego las nubes grisáceas, para caer con vehemencia sobre la tierra; y fue tan insoportable el dolor del crucificado, que disparó un grito terrible... Bajo las nubes, parecía que el lamento empezaba en el oriente y se iba caminando hacia el occidente...


La crucifixión se repite tantas veces sobre las nubes, como tantas tormentas hay sobre la tierra.


Fecha: 07/07/2017

Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Escuintla, 2017

Pablo Bejarano en 2017
Gala de premiación de los juegos florales de Escuintla 


Tirano

   —Y ahora que en el país no existen más pobladores que nosotros, ¿qué haremos, señor presidente?

   —No lo sé, Pedro, no lo sé.

   —Quién diría que esto de enriquecernos nos saldría tan caro.

   —Cállate. Déjame pensar. Algo sabré hacer para que no muramos solos en este país tan triste…

El presidente de la república fue a sentarse en su silla de oro, para recordar cómo era aquel país cuando aún millones de pies le hacían cosquillas al suelo.


Habían transcurrido cincuenta años desde que llegó al poder disfrazado de héroe. En la primera década de su administración trabajó a favor del pueblo. Construyó hospitales, escuelas; arregló carreteras, parques; reforestó montañas, volcanes; rescató lagos y ríos, pero algo en el camino hizo que todo cambiara en él. Dejó de preocuparse por el bienestar del pueblo, de lo que hasta entonces solía llamar "su gente" y empezó a interesarse solo por aumentar su fortuna. Contaban que aquella obsesión había iniciado cuando su esposa le pidió que construyera una casa con paredes de oro, y al no verse complacida, lo abandonó. Desde entonces, murmuraban, se empeñó en volverse el hombre más adinerado del mundo, y por eso había empezado a cometer atrocidades. Inició subiendo ilógicamente los impuestos, desviando a su bolsillo la mitad de los ingresos del gobierno, y poniendo a su nombre todas las propiedades del Estado, pero luego… ni eso no lo satisfizo.


No descansó hasta alcanzar el poder absoluto y, cuando lo tuvo, se olvidó de la ley y de la conducta moral. Se le hizo fácil apropiarse de las grandes fábricas que explotaban a los trabajadores, para explotarlos él. En poco tiempo consiguió que todos los hombres del país le sirvieran; les imponía jornadas laborales de doce horas y, a fin de mes, en lugar de pagarles un salario justo, les daba una escasa ración de comida. Las ganancias, que eran inimaginables, iban directo a su bolsillo. Su palabra era la ley, y mandaba fusilar a todo el que osara contradecirla. Esclavos, eso eran los ciudadanos para él, menos Pedro, a quien consideraba su hermano. La vida fue pésima, nauseabunda, deplorable mientras el tirano mantuvo al país bajo sus negras alas. Al cabo de seis años, desde su cambio por amor, había logrado construir diez casas con paredes de oro que parecían soles recién nacidos, tal como había soñado su mujer, la que ahora dormía en los brazos de la tierra. La mujer por quien había comenzado la debacle, murió y, sin embargo, la avaricia del presidente siguió creciendo sin medida, sin motivo, sin propósito fijo.


Todo en su mansión era de oro: platos, cubiertos, muebles, paredes, techo ¡todo!, mientras en el pueblo, donde se sufre, donde se llora, las casas eran de caña y los platos de aire, porque de aire era la comida. En cincuenta años de gobierno, sin contar los primeros diez que habían sido excelentes, el único lado bueno de la situación, era que no había delincuencia, pero no había porque los bandidos no tenían dinero para comprar armas, y aunque lo tuvieran, no había a quién robarle, porque todos vivían en la misma miseria. Personas-marimba andaban en las calles, porque con el paso del tiempo, la avaricia incontenible del presidente hizo que dejara de dar la ración acostumbrada de comida a las personas aunque siguieran trabajando para él. La gente para no morir de hambre, salía al monte a cazar cuanto animal comestible encontrara y, para no morir a manos del ejército, seguía en su trabajo preceptivo, pero llegado el momento de que la montaña se quedó sin animales, las primeras personas empezaron a morir de hambre; uno tras otro, como piezas de dominó, fueron cayendo por culpa de la hambruna que los atacaba con filosos colmillos…


Edgardo Ajuchán fue la primera persona en tener la sensata idea de marcharse del país para buscar una vida digna, y así lo hizo; empezó a convencer a la mayoría de vecinos para que, cargando con familia y pertenencias, se fueran rumbo a la frontera para salir del infierno que estaba reduciéndolos a cenizas desde adentro, pero aun así, su inmenso amor por la patria, por el vientre plano en el cual se gestaron, los hizo caminar con la esperanza de encontrar un pueblo con mejores condiciones para quedarse y respirar en paz… pero no, no consiguieron ese anhelado lugar. Iban caminando entre montañas que se agrandan cuando uno se aleja y se empequeñecen si uno se aproxima, y en cada pueblo que aparecía frente a sus ojos, encontraban en proporciones espantosas niños desnutridos; trabajadores explotados; madres con más hijos sin padre y pordioseros que pedían limosna a personas tan desamparadas como ellos mismos. Espantados por aquellas visiones de terror, Edgardo y su caravana de familias fugitivas, aumentaron la velocidad de su marcha para llegar pronto a la frontera y al fin sentirse humanos, al fin vivir y no solo andar en una tumba redonda, pero al llegar, se encontraron una tropa de soldados que tenía órdenes de disparar a todo el que intentara salir del territorio nacional. Los amigos de Ajuchán desenvainaron los machetes, fúlgidos como relámpagos disecados, e intentaron enfrentarse al ejército, pero fue inútil; les dejaron el cuerpo como cernidores sangrantes; los niños y las mujeres inermes que habían presenciado la masacre, corrieron después la misma suerte.


Luego del cruento ataque fueron innumerables los grupos de familias que intentaron fugarse en busca de mejor suerte, pero innumerables fueron también los asesinados, y los que por miedo se quedaron y murieron de hambre. Después de un año de asesinatos impíos, y de crecida la cicatería del presidente, también se les retiró a los soldados la ración de alimentos, pero ellos, aprovechando que estaban en la frontera, se fugaron automáticamente. No estando los soldados custodiando los bordes de la nación, se regó la noticia por doquier, y pronto todos los pobladores que no habían claudicado ante la hambruna, se marcharon. Solo estando lejos y desperdigados por el mundo se preguntaron por qué no se unieron para sacar del trono al tirano de las casas de oro…


Cuando Pedro terminó de recorrer el territorio nacional, fue directo con el presidente para informarle que habían quedado solos; entonces éste, cuyo orgullo era implacable, tembló de miedo, pero no quiso admitir que sin la gente moriría de hambre, como muchos murieron por culpa suya. Perdido, decidió salir con Pedro al campo para trabajar la tierra, pero no había contemplado que las nubes del invierno se marcharon de la nación junto a todos los ciudadanos, y la tierra había muerto de hambre y de sed. Cuando el presidente se percató de esa trágica situación ya estaba convirtiéndose en una persona-marimba. Desesperado por el hambre, por la bestia creciendo en su vientre, informó a Pedro que ellos también se marcharían de aquel lugar infernal. Emprendieron el viaje para refugiarse en los brazos de otro país como dos ciudadanos más, pero al llegar al sitio donde inequívocamente debía estar la frontera, se encontraron con precipicios rebosantes de penumbra que no llevaban a ningún lugar. Comprendiendo que para los dictadores el único destino es la soledad y el naufragio. Iniciaron la travesía de vuelta.


Camino hacia la ciudad capital iban. Adelante el presidente de la nada, y atrás Pedro, que ya no lo seguía por fidelidad, sino porque era mejor eso a estar solo. Llegaron a aquel lugar sin oxígeno, sin viento, sin vida, sin nada: una ciudad cubierta por nubes grises que dejaban caer sobre ellos goterones salobres, formados por el llanto de los ausentes que, cruzando el cielo, llegaba a derramarse sobre la tierra de su añoranza. Entre las intensas gotas y empujando con su respiración la neblina estática que los rodeaba, hicieron camino para llegar al palacio nacional. Subieron directo al balcón para observar el paisaje, un día había lleno de movimiento. Ahí con voz sonora, que debió escucharse por todos los confines del país vacío Pedro dijo:

   —Y ahora que en el país no existen más pobladores que nosotros, ¿qué haremos, señor presidente?

   —No lo sé, Pedro, no lo sé.

   —Quién diría que esto de enriquecernos nos saldría tan caro.

   —Cállate. Déjame pensar. Algo sabré hacer para que no muramos solos en este país tan triste.


Sentado en su trono de oro, recordó todo y reconoció su culpa; comprendió que la avaricia es el peor de los fanatismos, al menos en su caso, porque había acabado con la vida de una nación. Dos lágrimas salieron de sus ojos, y luego convertido en un castillo de oscuridad, sobre un solio de oro, desapareció cuando el sol empezaba a hervir en el horizonte.


Fecha: 18/06/2017

Pablo Bejarano en 2017, Esquipulas 





La ciudad y el castigo

Quijadas metálicas con dientes giratorios iban comiéndose lo cetrino en los pies del volcán. Los taladores avanzaban a pasos veloces, manchándose las manos con sangre verde; su propósito era limpiar la tierra de algo que para ellos y los terratenientes era estorbo. Cuando no eran las mandíbulas de acero, eran las de oro ardiente. Mil prados para mil futuras casas era la meta. Debían derribar todos los árboles, aplanar el terreno, hacer trazos, echar cimientos, construir casas, y luego, enriquecerse con la muerte de natura y con la necesidad de las personas. Pasaron cuatro meses asesinando árboles, robustos como columnas de palacio, y por cada uno que talaban, una persona se encontraba con la muerte en algún lugar del mundo.


Llamaron con burla «Ciudad Ecológica» al proyecto que dejó un paisaje apocalíptico, gris y devastador en el lugar en el que un día todo fue verde y hubo animales de todas las especies. Había sido tan paradisíaco el paisaje en otras épocas, que se contaba que las nubes, al pasar sobre ese territorio, suspendían su periplo y se quedaban estáticas admirando el espectáculo hasta la muerte.


Grotescas figuras de concreto asomaron para que anidaran humanos y no pájaros, como si aún fuera poco haber cometido un exterminio contra todos los demás animales. Cuando el proyecto iba cerca de la mitad, una parvada de palomas sobrevoló el terreno y dejó caer semillas de ceiba, que más adelante habrían de costar la paz de la ciudad.


El día fue normal y satisfactorio para los trabajadores, porque terminaron de zanjar y podían echar los cimientos en la jornada siguiente: es una carga menos en nuestra espalda, se les oyó decir cuando, ya cumplidas las cinco de la tarde, se encaminaban a casa. Idos los albañiles, el ambiente quedó solitario, apenas había un guardián que cabeceaba en el soponcio de la tarde, cuando el sol se derrite entre los cerros. Atrapado en su mundo onírico, el guardián no se percató de la inmensa parvada de palomas que llevaba arrastrando una noche efímera debajo de sí, y que al pasar provocó una lluvia copiosa, pero fugaz, de semillas que buscaron refugio en las zanjas recién hendidas. Cuando los constructores llegaron al día siguiente con la claridad recién nacida de la aurora, las simientes en las zanjas habían sido cubiertas por pequeñas porciones de tierra que se desmoronaron gracias al viento nocturno. La tragedia estaba asegurada.


Después de exhaustivos días de labor, fueron terminadas las casas. Familias y más familias se mudaron al lugar, no solo acarreando con sus pertenencias, sino que con sus sueños y su futuro. La ciudad tenía en el centro, no un templo como todos los pueblos de Guatemala, sino una enorme mansión bañada en oro, perteneciente al director del proyecto. Todo señalaba que el futuro era promisorio, pero las secuelas de la tala descomunal, llegaron antes de lo que cualquiera pudiera presagiar. Vino el mes de mayo, y ansiosa la gente esperó las lluvias que suenan a nostalgia en los techos, antes de dejar de ser gotas para volverse charcos, pero en vano fue la espera... Sequía.


Los seis meses que debió durar el invierno, fueron en extremo calurosos. Al principio, cuando la gente transpiraba con profusión, al menos el suelo recibía la lluvia salobre del sudor, pero después, ni eso, porque a falta de árboles y de ríos, el calor alcanzó niveles inusitados, y el sol, evaporaba el sudor cuando apenas amanecía en los poros. Con el tiempo tendremos que bebernos nuestras lágrimas, porque el agua en los pozos está agotándose, y para colmo, no llueve, decía doña Eduviges a su esposo, cada que él pensaba darse el «lujo» de bañarse, malgastando el agua que luego sería preponderante para aliviar la sed.


A los primeros seis meses de sequía, siguieron seis más intensos, y a esos seis, años. Cada que llegaba mayo, la gente ansiosa salía a las calles para ver si la lluvia anunciaba su venida, pero regresaban a casa sin esperanzas. El tercer mayo después de iniciada la sequía, una nube gris apareció en el cielo que hacía mucho solo conocía el azul y el blanco. La algazara hizo nido en las calles, donde las personas ansiaban ver el momento en que cayeran las primeras gotas. Para su desventura, aquella nube era de ceniza, y había sido expulsada por un lejano volcán y traída por el viento. Ceniza, solo ceniza se precipitó sobre ellos, como si bosques enteros estuvieran incendiándose sobre las nubes.


El calor era cada vez más intenso, la sangre le hervía a todos entre las venas. La piel era igual al oleaje de los lagos. Quedaron sin esperanza. Con ese calor la lluvia no caía sino subía, porque cuando lloraban desconsolados, el sol se llevaba sus lágrimas íntegras al cielo. Se les hizo costumbre salir por las noches a ver si llovía, a rezar para que lloviera, para que el cielo se quebrara y cayera a pedazos sobre ellos… No eran escuchados. Los niños de seis años, nunca habían visto llover, porque su edad era la misma de la sequía, y los de ocho o diez años ya no recordaban las veces que miraron la lluvia, por lo que tenían la idea de que las tormentas eran algo mitológico, como los unicornios, los centauros o las hadas. ¿Cómo es la lluvia, papá?, preguntaban los niños, y éstos, nostálgicos, daban siempre la misma respuesta inexacta, porque hasta ellos empezaban a olvidar cómo se veía el llanto del cielo: Es como si las luciérnagas se desmayaran en pleno vuelo y cayeran ligeras al piso; respuesta que en los infantes dejaba intacta la duda porque tampoco habían visto nunca una luciérnaga, ni un animal, ni un árbol.


Diez años pasaron en aquel ambiente seco, y fueron muchas las veces que intentaron emigrar, pero había tanta resequedad, que el polvo, pasajero del viento, se encargó de ocultar bajo su manto la cicatriz de los caminos. No había a dónde ir, parecía como si el lugar aquel hubiera sido expulsado de la sociedad. Muy tarde comprendieron que conseguir vivienda a costa de matar los árboles, tenía mucho de suicidio. Las veces que fueron a reclamarle a don Miguel, que habitaba en la casa del centro del pueblo, porque había talado todos los árboles para trazar la ciudad, hundiéndolos así en la muerte, él contestaba que, a cambio de eso, habían sembrado el doble de árboles, varias millas adelante, como si eso no fuera lo mismo que asesinar a mil personas y decir: no hay problema, ya tenemos dos mil mujeres embarazadas.


Como todo acaba, después de la década de sequía, una buena tarde, al cielo llegaron nubes grises; la gente se sintió alegre, pero trató de disimularlo, no fuera a ser que de nuevo resultaran siendo nubes de origen volcánico… La sorpresa fue grande cuando perlas efímeras besaron el suelo dando inicio al aguacero que duraría cuatro semanas. Los niños acudían a las ventanas cada noche para ser testigos de la función crepitante que ofrecían las gotas al rebotar en el vidrio. Papá, ¿por qué cuando llueve no se ven las estrellas?, preguntaban estupefactos al contemplar un cielo gris, distinto al estrellado que habían visto desde su alumbramiento, y la respuesta que escuchaban era: Cuando llueve no se ven las estrellas en el cielo, porque se están cayendo.


Fue tanta el agua que cayó en la periferia de la Ciudad Ecológica, que se formaron dos lagos inmensos con peces que parecían haber caído también del cielo. Cuando escampó, los niños fueron a conocerlos y a bañarse en ellos. Grande era su felicidad, y más grande la de los adultos al ver que gracias a la lluvia habían reaparecido los caminos, conectándolos con el mundo. Pensaron que podrían ir a las ciudades más próximas para comprar semillas y aprovechar el momento, ya que la barba que empezaba a salirle a la tierra tras el aguacero, les daba esperanza. Ellos calculaban que las lluvias seguirían abundantes y buenas para la siembra.


La intensa humedad que dejó la lluvia, fue abriéndose paso entre la tierra, hasta que con sus amorfos dedos tocó las semillas de ceiba que tiempo atrás las palomas pasaron botando. Las semillas que eran imperecederas, habían creído que pasarían siglos esperando un beso de agua para florecer, pero se vieron con la suerte de esperar tan solo dos lustros. Las simientes, al sentir el agua, al solo sentirla, empezaron a crecer a una velocidad vertiginosa, que llevaría las futuras ceibas a una altura odiada por las nubes, porque invadiría su espacio. La segunda noche después de la escampada, las recién nacidas ceibas empezaron a reventar los pisos, pero las personas, aunque percibieron el fenómeno, lo ignoraron, porque estaban más preocupadas en presuponer las ganancias que seguro les dejaría la abundante cosecha.


   ─Mira, papá─ dijo Eduardo─ parece que al piso le salió un chichón.

Y don Roberto con una sonrisa le respondió a su hijo:

   ─Lo que pasa es que tu mamá se cayó sobre él, y lo golpeó─ y luego la risa. Doña Lidia, a quien no le agradó la broma, imitó con su gesto de enojo, la piel de un elefante, y nadie le prestó atención a las advertencias que la naturaleza les daba. Tuvieron conciencia de la gravedad del problema, días después cuando amanecieron a la altura de las nubes.


La última noche que pasaron en tierra firme, apagaron las luces, como de costumbre, y fueron a dormirse. Estando en el sueño, no se dieron cuenta cuando las ceibas crecieron y cargaron a la Ciudad Ecológica en su copa, hasta llevarla con las nubes. Al despertar todos vieron entrando por sus ventanas la neblina, que sacaron a soplidos, pero fuera de ellas, había abundantes ramazones, que salieron a ver alarmados por la puerta. Aunque iban corriendo, todos los ciudadanos lograron detenerse en el vano, para no precipitarse al salir, menos don Miguel, quien pagó con su vida ese terrorífico proyecto que los llevó a las nubes. En el umbral de las puertas, admirando aquel paisaje de neblina y de ramas que ocultaban las casas contiguas, comprendieron que estaban perdidos a muchos metros de altura sobre gigantes árboles que retomaban su lugar, y que no volverían a tener contacto ni con sus vecinos ni con el mundo.


Fecha: 08/06/2017

Pablo Bejarano en 2017, Esquipulas. 


Semillas de sangre

Cayó muerto Juan el peleonero en el callejón más obscuro de la ciudad, segundos después de que una luciérnaga asesina saliera del revólver de Pedro de Mata, alias Pedro te mata, y se dirigiera a su rostro. Nunca se supo con certeza el motivo del asesinato, sin embargo, meses después, el homicida fue condenado a muchos años de prisión.


Luego de haber asesinado de forma impía a Juan el peleonero, Pedro te mata trató de fugarse, pero se lo impidieron tres mil perros callejeros con su ladrido estrepitoso y haciendo valla a su paso para que no escapara. Por cualquier lugar que pretendiera huir, había perros, perros, perros. Un rayo cayó dos cuadras adelante del victimario y de la víctima, y el trueno, que en otra ocasión hubiese parecido ensordecedor, no se escuchó, porque los canes con sus ladridos provocaban un estruendo aún más fuerte. Alarmados por el coro espantoso, pobladores y autoridades se congregaron en el teatro criminal para ponerse al corriente de lo sucedido. Al llegar, vieron a Pedro te mata con pistola en mano y el cañón del arma exhalando un hálito de muerte, mientras que Juan el peleonero, yacía creando venas rojas en el suelo. Al homicida lo capturaron al instante y fue llevado al presidio por la fuerza, y el cuerpo marchito de la víctima fue levantado más tarde, cuando llegó el Ministerio Púbico, mucho después que los gusanos.


En el juicio, luego de presentar una lista de contundentes pruebas, Pedro fue condenado a veinte años de prisión inconmutables. Cuando la policía lo trasladó a la celda donde afrontaría su desgracia, salió gritando una condena que poco tenía en común con la del juez: me vengaré de los culpables de mi captura, fue lo que dijo. La vida en la Ciudad de la Paz, como había sido nombrada desde su fundación en los tiempos del armisticio, continuó su ritmo habitual con cinco mil habitantes y tres mil perros callejeros durante algunos años. Tres gatos había nada más en la ciudad, y eran los encargados de controlar la plaga de ratas. Estos tres felinos habían sobrevivido al ataque de los perros, gracias a que mutaron su cola gatuna a una canina, con la cual confundían a los perros si se acercaban a olfatearlos por la última parte del cuerpo. Los tres mil seres callejeros nunca hacían perjuicio, no ladraban más que para alertar a la ciudadanía sobre un crimen, como en el caso de Pedro te mata, y no se comían los animales de corral ni asaltaban las cocinas, porque todos los ciudadanos les regalaban concentrado. El perro no es mañoso sino hambriento, decía José Godoy cuando le daba un puñado de croquetas al cachorro que pasaba frente a su morada de anciano solitario.


Con el tiempo, los habitantes de la Ciudad de la Paz se duplicaron, igual que los canes, pero la armonía entre ambas especies continuaba estoica, porque la humanidad y la fauna son buenas por naturaleza. Las parejas de enamorados se entretenían lanzándoles croquetas a los perros bajo los árboles del parque, como en otros pueblos les tiran alpiste a las palomas. Varios policías tuvieron que marcharse, porque eran un estorbo en la ciudad, los perros patrullaban mejor las calles. La gente siempre comentaba que, si bien los canes no les servían en algo bueno, a no ser infringirles miedo a los forasteros que tal vez se acercaban con intenciones malévolas, tampoco hacían mal a nadie. Sirven de adorno, comentaba doña Teco mientras le acariciaba el lomo a uno…
 

Al cumplir la condena de tan largos y tediosos años, Pedro te mata salió libre y se reincorporó a la sociedad que lo recibió amablemente, porque ya había olvidado su repudiable crimen. Pero la cárcel, lejos de sanar la maldad de los que pasan por ella, les envilece el corazón y agranda el encono, Pedro salió podrido de rabia y soledad, porque durante el tiempo que estuvo encerrado no tuvo con quién hablar, ya que había sido el único recluso durante los cuatro lustros en aquel sitio de espanto, teniendo como compañero únicamente su afán inacabable de venganza. Largos y dolorosos fueron aquellos veinte años para su condición de hombre libertino, pero fueron cortos y propicios para su condición de vengador y para planear su desquite contra los perros delatores.


Cuando lo vieron caminar, por las rúas desgastadas de la ciudad, fue tomado y recibido como un nuevo ciudadano, y nadie se percató que el inicio de la desaparición de las pollos, los patos y los pavos, y también los robos escandalosos en las cocinas durante las noches, coincidió con el retorno de Pedro te mata, por lo tanto, todo mundo empezó a señalar como culpables a los perros. Fueron esos malditos estorbos, esos pulgosos desventurados son los responsables, eran los múltiples comentarios que se propagaban de boca en boca por las calles en contra de las criaturas caninas. Aprovechando que el olvido había hecho una mala jugada en los recuerdos de la población, Pedro te mata dijo que se llamaba Joaquín Rodríguez, y tomó una figura de caudillo ante la gente que ahora estaba ensañada contra los perros. Debemos matarlos, darles bocado antes de que nos dejen sin comida, decía, sólo de esta manera acabaremos con las travesuras que hacen eco en nuestro bolsillo. Cada mañana, después de que las personas reportaban nuevos destrozos, lo repetía. En realidad, los perros no hacían nada, porque era él quien perpetraba los delitos por las noches, cuando las personas ensayaban la muerte.


Cansados de tanta maldad, de tanta pérdida, los pobladores optaron por ya no darles comida y, sobre todo, por acabar con la vida de los perros. Los animales, al ya no recibir la ración acostumbrada de croquetas, decidieron enflaquecer antes que robarle comida a quienes fueron sus benefactores durante tanto tiempo, pero la ciudadanía, cegada por el odio, como todo engañado, no se dio cuenta de que si estaban escuálidos, no podían ser ellos quienes les robaban noche a noche en los corrales y las cocinas. Cada vez que se topaban un perro en el camino, lo saludaban a puntapiés, al extremo de que luego caminaban los perros con miedo y encogidos como si hasta el viento fuera a patearlos. Dos semanas llevaban sin comer, y ya andaban presumiendo la cárcel torácica. Después de esos catorce días, volvieron a ver que las personas salían de su casa con alimentos en las manos para lanzárselos como antes. Se pusieron tan contentos, que movieron la cola como nunca lo habían hecho, la movieron todos juntos con velocidad tal, que provocaron un viento fuerte como hélice de helicóptero. Cada perro recibió su ración de aquel pedazo de muerte disfrazada de carne. Era tan poderoso el veneno, que en el instante de tragar el primer bocado, los perros callejeros quedaron patas arriba, con la lengua fuera y los ojos trabados, sacando las primeras y últimas lágrimas de su vida, y lanzando todos al unísono un llanto terrible, tan grande y estrepitoso, que podía equipararse únicamente con el ladrido de cuando delataron a Pedro te mata. Una hora después del envenenamiento masivo, del perricidio, la ciudad estaba cubierta por seis mil cadáveres. Los recogieron todos, con asco, inclusive el cadáver de los tres gatos con cola canina, porque hasta el pueblo había olvidado que no eran perros, y fueron a tirarlos en un paraje desértico y remoto.


No había transcurrido un año del exterminio, cuando llegaron a la ciudad cerca de diez gatos, comunes y, aparentemente, inofensivos. Al cabo de un año, aquellos diez gatos a los que la gente no había prestado importancia, eran mil, y a los dos años, tres mil, porque se reproducían cada vez más rápido. A diferencia de los perros, estos animales eran perjuiciosos y traviesos. Los pollos, los patos, los pavos y los víveres empezaron a desaparecer de nuevo, pero ahora sí era por culpa de los animales, pues Pedro te mata, ya cumplida su venganza, no tenía razón para seguir haciendo aquello. Los sustitutos de los novios que un día lanzaban croquetas a los canes en el parque, ahora salían huyendo, con el rostro arañado y las ropas andrajosas. Por las noches, en las que no se escuchaba más que el sonido de las nubes acariciando la luna, ahora se llenaba el ambiente de maullidos, asiduas peleas en los tejados, y llantos parecidos a lamento de neonato. Ya no era con el tic tac si no con el miau miau como se medía el tiempo en la Ciudad de la Paz, donde empezaban a extrañar la presencia de los seis mil perros callejeros.


Las personas dejaron de salir, porque con el tiempo y los pollos que comían los gatos, se habían vuelto tan grandes como leones y eran capaces de matar a alguien de una mordida. Telemáticamente, para no salir de su morada y encontrar la muerte, todos los vecinos se pusieron de acuerdo para envenenarlos, como cuatro años antes envenenaron a los canes. Salieron con los filetes asesinos en las manos, y se los lanzaron esperanzados en darles muerte, pero estos, más astutos que los perros, no comieron y continuaron gobernando las calles del pueblo por un año más. Muchos noviazgos vieron su fin por aquella época a causa del toque de queda omnipresente declarado por los gatos del tamaño de leones. El alcalde municipal hizo un llamado al presidente de la república solicitando su auxilio, y el presidente respondió enviando soldados que llegaron a la ciudad dos meses después. La dictadura felina se hacía cada vez más fuerte, pero el día en que las personas enclaustradas durante mucho tiempo en su casa, escucharon el sonido de vehículos en las calles, terminó para siempre. Durante cuatro horas los soldados dispararon a los invasores para acabar con todos. Cinco mil disparos y tres mil quinientos rugidos de gatos roncos como leones contó Homero de la Vega desde su casa, asumiendo que el ejército había errado mil quinientos tiros, pero acabado con todos los gatos. La ciudad entera salió a limpiar las lagunas de sangre que quedaron en las calles y a recoger los cadáveres enormes de los felinos, que fueron a tirar en el mismo lugar en el que un día dejaron a los perros. La paz regresó a la Paz…


Ratas, tan pequeñas como ojos de hormiga, empezaron a rondar las casas, meses después del gaticidio. Se multiplicaron a la velocidad de la luz, y cada nueva generación era más grande que la anterior en tamaño y cantidad. Al cabo de dos años, la plaga de ratas pigmeas que llegó, se había vuelto una plaga de ratas ciclópeas. Con la aparición de los roedores, llegaron pulgas, y con las pulgas, enfermedades letales. Por vez primera desde fundada la Ciudad de la paz, la población de animales (cincuenta mil ratas e infinitas pulgas) superaba la población humana que apenas rondaba por veinte mil personas. Todos los ciudadanos enfermaron de gravedad. Las ratas portadoras del tifus, eran picadas por las pulgas que luego inyectaban en los humanos el virus. Uno por uno fueron enfermando todos en la Ciudad de la Paz, por entonces conocida como la ciudad valetudinaria.


Murieron dolorosamente después de larga agonía. Uno de los últimos en fenecer, fue Pedro te mata, que antes de marcharse vio como Juan el peleonero se burlaba de él y le decía: ves cómo es mejor estar muerto, así no te enfermás. Te mata respondió aquello gritando: maldita la hora que mataron a los perros por mi culpa, y luego… cerró los ojos. Todos, antes de morir, lamentaron haber matado a aquellos seis mil seres buenos que mantenían la ciudad limpia de gatos y ratas. Cuando los habitantes del lugar asesino necesitaron la ayuda de los perros para cruzar el río que separa el infierno del paraíso, ninguno acudió al llamado… En el país se regó la noticia que una peste de fiebre tifoidea había acabado con la vida en la Ciudad de la Paz que, desde entonces, fue declarada ciudad proscrita…


Cien años después de la muerte endémica de todas las personas, los cadáveres se habían desintegrado, las casas abandonadas empezaban a caerse, y en las calles de tierra, intransitadas por pies humanos desde hacía un siglo, las ratas domesticadas por las pulgas, araban el suelo para poder sembrar semillas de sangre.


Fecha: 05/2017
Premio tercer lugar en los juegos florales de Teculután, Zacapa, 2018.
Pablo Bejarano en 2018
Gala de juegos florales de Teculután, Zacapa 

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