Los árboles sin hojas parecen relámpagos, por eso los bosques simulan una tormenta eléctrica cuando llega el otoño... Sobre charcos secos y amarillos caminaba Alberto, cabizbajo, cogitabundo y deshecho. Creyó que adentrándose en el bosque la pena menguaría, ya fuera por el contacto con los animales, por el color sepia que reina en el lugar, o por el concierto de relámpagos ramificados sobre su cabeza.
Tierra adentro, bajo la calva copa de los árboles, se encontró con un anciano que daba gritos lastimeros. Al verlo se sintió consolado, no porque el suplicio de alguien más lo aliviara, sino porque lo aliviaba el hecho de tener a quién contarle sus penas. Se aproximó al viejo y le preguntó su nombre. Me llamó Isaac, fue la respuesta. Después de cuestionar y responder las cosas que creyeron protocolarias, Alberto le solicitó licencia para contarle su historia y el anciano accedió.
Yo conozco una mujer; tan hermosa que la envidiaría la misma Helena; tan bella, que se adueñó de mis suspiros desde el instante primero. Empecé a pretenderla, y como es de esperarse cuando alguien de belleza esquiva como yo, pretende a alguien de hermosura reluciente como ella, fui despreciado. No fue tanto mi dolor tras su desdén, como lo fue al enterarme de que había aceptado en sus brazos a alguien más... En cuanto lo supe, quise conocer al hombre que cumpliría todos mis sueños, y al conocerlo, ¡ay desventura la mía!, la sospecha fue confirmada: no valieron mis cartas, mis poemas, mis llamas de fuego frío en racimos, ni el tiempo dedicado para conquistarla, porque ella se había deslumbrado por un físico perfecto... Al ver aquello caí en una noche negra y húmeda. Fue tiempo de maldecir mi fealdad, de reprocharle a la creación mi rostro sin gracia y de la tentativa de cambiar mi espíritu de caballero por un físico capaz de enamorar a Eva... ¡Eso! ¡Eso!, me dije al caminar por aquellos pensamientos: debo olvidar la virtud y conquistarla de cualquier forma. Entonces empezó a formularse en mi cabeza el plan que solo podría concebir un desquiciado...
Alberto llorando. Los animales a su alrededor deseando que Isaac fuera otro Noé para salvarse del diluvio salobre… Al escampar sus lágrimas se quedó silente, luego rasgó el mutismo con sollozos embarrancados y se dejó llevar por los versos de un poeta desconocido:
Una mujer
está de huésped
en mi cabeza,
quiero sacarla
sin que ella sepa
que estuvo aquí.
Fijó la mirada en el anciano, esperando que le solicitara el desenlace de la historia, pero Isaac estaba siendo apuñalado por el dolor y, en lugar de hacer la solicitud, recitó los versos de otro poeta anónimo:
Creo que al fin me estoy poniendo viejo,
a la mujer no miro con lujuria
ni se llena mi espíritu de furia
si me insultan frunciendo el entrecejo.
Nunca Isaac solicitó la continuación de la historia, Alberto tampoco escuchó los versos recitados por él. Minutos después retomó el relato de esta manera:
En mi cabeza se gestó el plan de cambiar mi rasgos, de ponerme el mismo rostro de Rubén, el novio de Eva, y a eso sumarle mi forma de ser. Creí que con esa combinación bastaría para enamorarla... Después me enfrenté al verdadero problema: ¿Cómo metamorfosear mi rostro? Luego de analizar varias opciones, llegué a la conclusión de que lo mejor era marcharme al extranjero para someterme a una cirugía plástica... Así lo decidí, y para llevar a cabo el plan, hice la primera idiotez de mi vida: asalté un banco y me marché… Permanecí lejos hasta estar en condiciones de regresar. Cuando lo hice, fue con la certeza de que todo saldría a la perfección, porque no me importaba hacer de todo para lograr mi cometido.
Volví con esa seguridad y con el rostro de Rubén sobre el mío, ¿qué podía faltarme? Tenía los rasgos del hombre de su vida, y mis palabras (muchas veces calificadas por ella como poemas). En efecto, no me faltaba nada, pero sí me sobraba algo, y ese algo era Rubén. No podía salir a las calles mientras él anduviera en el pueblo; o la gente se volvería loca pensando que vio a una persona en dos lugares distintos al mismo tiempo, o descubrirían mi plan. Fue entonces cuando hice uno de los actos más abominables de mi vida... El sol había caído, y tras seguirle los pasos a Rubén, me paré frente a él en un callejón oscuro, sin decirle nada; el corazón parecía el brazo mutilado de la noche. Al verme quedó estupefacto. No sabía qué pensar, si estaba apareciendo frente a sus ojos un hermano gemelo, del cual no tenía noticia; si lo estaban visitando del futuro; o si se encontraba frente a un espejo donde las reverberaciones tenían juicio propio… Después de estar callado unos segundos, me preguntó quién era. No quise contestarle. No tenía caso decirle nada. Recuerdo a penas esbozar una sonrisa antes de sacar el puñal y me abalanzarme contra su cuerpo. El hierro viajó sin inconvenientes a través de su abdomen. Me vio con ojos de búho. Yo no sé qué pensaría; tal vez que, de alguna manera inusitada, estaba suicidándose. Cayó frente a mí y oculté su cadáver. En ese momento no alcancé a sondear lo abominable de mi crimen; creía que el amor lo dignificaba. Tras el homicidio vi la brecha libre para llegar a Eva y disfrutar de su amor.
Pasaron algunos días hasta que el valor se acomodó en mi pecho. Pensé en las mejores palabras, en los mejores ademanes y los gestos más adecuados para estar frente a ella, y por fin, llevar mis rosados bajeles a su rojo puerto. Cuando la penumbra de la noche se rajó en el cielo y empezó a salir por sus hendijas la luz del día, me arreglé y fui a su casa. Llamé a la puerta. Bajo el umbral salía la luz de la habitación, y al ser interrumpida por sus pasos, parecía parpadear. Al verla sonreí. Quise fundir mis brazos en su cintura, como muchas veces había soñado. Después de tanto tiempo y de tantos delitos, al fin cumpliría mi quimera más cara: darle un beso… Cuando intenté abrazarla, descargó un empellón en mi pecho y me preguntó enfadada: ¿Qué haces aquí? Yo dije que iba a verla, a rebosar mis ojos con su hermosura. Estás loco, me contestó, fui clara contigo al decirte que me habías aburrido y que ya no quería nada a tu lado, porque me tiene harta tu forma de ser; deberías comportarte un poco más como Alberto y dejar de ser un patán...
En mí tuvo lugar el dicho de tanto navegar para morir en la playa. Sentí desfallecer, y desesperado, le confesé yo soy Alberto, ese a quien acababa de poner como ejemplo de caballerosidad, yo soy quien puede hacerte feliz para siempre… pero riéndose de mí, solo expresó el asco que le producían esas mentiras pronunciadas con el único fin regresar con ella... Tras decirme eso, tiró la puerta en mi cara. No sabía cómo actuar; había dejado todo por ese plan; había aceptado en mi rostro la cara del enemigo con tal de poseerla, y todo fue inútil. La mujer amada, había despreciado mi forma de ser, y ahora, desdeñaba mi físico, dejándome en claro que algunas personas nacen para no juntarse nunca. Cuando recordé las atrocidades hechas por mí en nombre del amor, supe que en verdad merecía el infierno. En ese momento parafraseé al poeta y pensé: hay males que solo se curan viendo el bosque… entonces me adentré aquí para llorar a Eva, como don Quijote a Dulcinea del Toboso.
Isaac no escuchó la historia. Pensando en la vejez fumaba el último de sus cigarrillos… Dejó de respirar, cayó con una luciérnaga hirviente en la mano, que al instante se reprodujo sembrando millones de luminarias a su alrededor. Entre la coreografía de estrellas ígneas, Alberto e Isaac se volvieron soles, y luego, lágrimas de la noche.
Nota: El primer poema citado pertenece a Aquí Figueroa; y el segundo, a Aristides Bejarano.
Fecha: 2018
Premio: Segundo lugar (compartido con otros dos cuentos) en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2022.
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| Pablo Bejarano en 2022, junto a otros escritores, Gala de premiación de los Juegos Florales de Huehuetenango |

