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La ciudad y el castigo

Quijadas metálicas con dientes giratorios iban comiéndose lo cetrino en los pies del volcán. Los taladores avanzaban a pasos veloces, manchándose las manos con sangre verde; su propósito era limpiar la tierra de algo que para ellos y los terratenientes era estorbo. Cuando no eran las mandíbulas de acero, eran las de oro ardiente. Mil prados para mil futuras casas era la meta. Debían derribar todos los árboles, aplanar el terreno, hacer trazos, echar cimientos, construir casas, y luego, enriquecerse con la muerte de natura y con la necesidad de las personas. Pasaron cuatro meses asesinando árboles, robustos como columnas de palacio, y por cada uno que talaban, una persona se encontraba con la muerte en algún lugar del mundo.


Llamaron con burla «Ciudad Ecológica» al proyecto que dejó un paisaje apocalíptico, gris y devastador en el lugar en el que un día todo fue verde y hubo animales de todas las especies. Había sido tan paradisíaco el paisaje en otras épocas, que se contaba que las nubes, al pasar sobre ese territorio, suspendían su periplo y se quedaban estáticas admirando el espectáculo hasta la muerte.


Grotescas figuras de concreto asomaron para que anidaran humanos y no pájaros, como si aún fuera poco haber cometido un exterminio contra todos los demás animales. Cuando el proyecto iba cerca de la mitad, una parvada de palomas sobrevoló el terreno y dejó caer semillas de ceiba, que más adelante habrían de costar la paz de la ciudad.


El día fue normal y satisfactorio para los trabajadores, porque terminaron de zanjar y podían echar los cimientos en la jornada siguiente: es una carga menos en nuestra espalda, se les oyó decir cuando, ya cumplidas las cinco de la tarde, se encaminaban a casa. Idos los albañiles, el ambiente quedó solitario, apenas había un guardián que cabeceaba en el soponcio de la tarde, cuando el sol se derrite entre los cerros. Atrapado en su mundo onírico, el guardián no se percató de la inmensa parvada de palomas que llevaba arrastrando una noche efímera debajo de sí, y que al pasar provocó una lluvia copiosa, pero fugaz, de semillas que buscaron refugio en las zanjas recién hendidas. Cuando los constructores llegaron al día siguiente con la claridad recién nacida de la aurora, las simientes en las zanjas habían sido cubiertas por pequeñas porciones de tierra que se desmoronaron gracias al viento nocturno. La tragedia estaba asegurada.


Después de exhaustivos días de labor, fueron terminadas las casas. Familias y más familias se mudaron al lugar, no solo acarreando con sus pertenencias, sino que con sus sueños y su futuro. La ciudad tenía en el centro, no un templo como todos los pueblos de Guatemala, sino una enorme mansión bañada en oro, perteneciente al director del proyecto. Todo señalaba que el futuro era promisorio, pero las secuelas de la tala descomunal, llegaron antes de lo que cualquiera pudiera presagiar. Vino el mes de mayo, y ansiosa la gente esperó las lluvias que suenan a nostalgia en los techos, antes de dejar de ser gotas para volverse charcos, pero en vano fue la espera... Sequía.


Los seis meses que debió durar el invierno, fueron en extremo calurosos. Al principio, cuando la gente transpiraba con profusión, al menos el suelo recibía la lluvia salobre del sudor, pero después, ni eso, porque a falta de árboles y de ríos, el calor alcanzó niveles inusitados, y el sol, evaporaba el sudor cuando apenas amanecía en los poros. Con el tiempo tendremos que bebernos nuestras lágrimas, porque el agua en los pozos está agotándose, y para colmo, no llueve, decía doña Eduviges a su esposo, cada que él pensaba darse el «lujo» de bañarse, malgastando el agua que luego sería preponderante para aliviar la sed.


A los primeros seis meses de sequía, siguieron seis más intensos, y a esos seis, años. Cada que llegaba mayo, la gente ansiosa salía a las calles para ver si la lluvia anunciaba su venida, pero regresaban a casa sin esperanzas. El tercer mayo después de iniciada la sequía, una nube gris apareció en el cielo que hacía mucho solo conocía el azul y el blanco. La algazara hizo nido en las calles, donde las personas ansiaban ver el momento en que cayeran las primeras gotas. Para su desventura, aquella nube era de ceniza, y había sido expulsada por un lejano volcán y traída por el viento. Ceniza, solo ceniza se precipitó sobre ellos, como si bosques enteros estuvieran incendiándose sobre las nubes.


El calor era cada vez más intenso, la sangre le hervía a todos entre las venas. La piel era igual al oleaje de los lagos. Quedaron sin esperanza. Con ese calor la lluvia no caía sino subía, porque cuando lloraban desconsolados, el sol se llevaba sus lágrimas íntegras al cielo. Se les hizo costumbre salir por las noches a ver si llovía, a rezar para que lloviera, para que el cielo se quebrara y cayera a pedazos sobre ellos… No eran escuchados. Los niños de seis años, nunca habían visto llover, porque su edad era la misma de la sequía, y los de ocho o diez años ya no recordaban las veces que miraron la lluvia, por lo que tenían la idea de que las tormentas eran algo mitológico, como los unicornios, los centauros o las hadas. ¿Cómo es la lluvia, papá?, preguntaban los niños, y éstos, nostálgicos, daban siempre la misma respuesta inexacta, porque hasta ellos empezaban a olvidar cómo se veía el llanto del cielo: Es como si las luciérnagas se desmayaran en pleno vuelo y cayeran ligeras al piso; respuesta que en los infantes dejaba intacta la duda porque tampoco habían visto nunca una luciérnaga, ni un animal, ni un árbol.


Diez años pasaron en aquel ambiente seco, y fueron muchas las veces que intentaron emigrar, pero había tanta resequedad, que el polvo, pasajero del viento, se encargó de ocultar bajo su manto la cicatriz de los caminos. No había a dónde ir, parecía como si el lugar aquel hubiera sido expulsado de la sociedad. Muy tarde comprendieron que conseguir vivienda a costa de matar los árboles, tenía mucho de suicidio. Las veces que fueron a reclamarle a don Miguel, que habitaba en la casa del centro del pueblo, porque había talado todos los árboles para trazar la ciudad, hundiéndolos así en la muerte, él contestaba que, a cambio de eso, habían sembrado el doble de árboles, varias millas adelante, como si eso no fuera lo mismo que asesinar a mil personas y decir: no hay problema, ya tenemos dos mil mujeres embarazadas.


Como todo acaba, después de la década de sequía, una buena tarde, al cielo llegaron nubes grises; la gente se sintió alegre, pero trató de disimularlo, no fuera a ser que de nuevo resultaran siendo nubes de origen volcánico… La sorpresa fue grande cuando perlas efímeras besaron el suelo dando inicio al aguacero que duraría cuatro semanas. Los niños acudían a las ventanas cada noche para ser testigos de la función crepitante que ofrecían las gotas al rebotar en el vidrio. Papá, ¿por qué cuando llueve no se ven las estrellas?, preguntaban estupefactos al contemplar un cielo gris, distinto al estrellado que habían visto desde su alumbramiento, y la respuesta que escuchaban era: Cuando llueve no se ven las estrellas en el cielo, porque se están cayendo.


Fue tanta el agua que cayó en la periferia de la Ciudad Ecológica, que se formaron dos lagos inmensos con peces que parecían haber caído también del cielo. Cuando escampó, los niños fueron a conocerlos y a bañarse en ellos. Grande era su felicidad, y más grande la de los adultos al ver que gracias a la lluvia habían reaparecido los caminos, conectándolos con el mundo. Pensaron que podrían ir a las ciudades más próximas para comprar semillas y aprovechar el momento, ya que la barba que empezaba a salirle a la tierra tras el aguacero, les daba esperanza. Ellos calculaban que las lluvias seguirían abundantes y buenas para la siembra.


La intensa humedad que dejó la lluvia, fue abriéndose paso entre la tierra, hasta que con sus amorfos dedos tocó las semillas de ceiba que tiempo atrás las palomas pasaron botando. Las semillas que eran imperecederas, habían creído que pasarían siglos esperando un beso de agua para florecer, pero se vieron con la suerte de esperar tan solo dos lustros. Las simientes, al sentir el agua, al solo sentirla, empezaron a crecer a una velocidad vertiginosa, que llevaría las futuras ceibas a una altura odiada por las nubes, porque invadiría su espacio. La segunda noche después de la escampada, las recién nacidas ceibas empezaron a reventar los pisos, pero las personas, aunque percibieron el fenómeno, lo ignoraron, porque estaban más preocupadas en presuponer las ganancias que seguro les dejaría la abundante cosecha.


   ─Mira, papá─ dijo Eduardo─ parece que al piso le salió un chichón.

Y don Roberto con una sonrisa le respondió a su hijo:

   ─Lo que pasa es que tu mamá se cayó sobre él, y lo golpeó─ y luego la risa. Doña Lidia, a quien no le agradó la broma, imitó con su gesto de enojo, la piel de un elefante, y nadie le prestó atención a las advertencias que la naturaleza les daba. Tuvieron conciencia de la gravedad del problema, días después cuando amanecieron a la altura de las nubes.


La última noche que pasaron en tierra firme, apagaron las luces, como de costumbre, y fueron a dormirse. Estando en el sueño, no se dieron cuenta cuando las ceibas crecieron y cargaron a la Ciudad Ecológica en su copa, hasta llevarla con las nubes. Al despertar todos vieron entrando por sus ventanas la neblina, que sacaron a soplidos, pero fuera de ellas, había abundantes ramazones, que salieron a ver alarmados por la puerta. Aunque iban corriendo, todos los ciudadanos lograron detenerse en el vano, para no precipitarse al salir, menos don Miguel, quien pagó con su vida ese terrorífico proyecto que los llevó a las nubes. En el umbral de las puertas, admirando aquel paisaje de neblina y de ramas que ocultaban las casas contiguas, comprendieron que estaban perdidos a muchos metros de altura sobre gigantes árboles que retomaban su lugar, y que no volverían a tener contacto ni con sus vecinos ni con el mundo.


Fecha: 08/06/2017

Pablo Bejarano en 2017, Esquipulas. 


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