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El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya no les es posible encorvarse un milímetro más, pierden la vida. Martín tenía conocimiento de esto, pero no sabía con certeza qué es lo que hay detrás de la muerte, por ello planeaba averiguarlo. ¿Cómo? La única manera era suicidándose, sin embargo, alguna vez escuchó que no alcanzan el Reino de Dios los que pierden la vida por su propia mano. 


Claro -dijo- no alcanzan el paraíso aquellos que mueren por su propia mano, pero nadie dice nada de los que se matan con su propia espalda. Tras decir esto, decidió que, a partir de ese instante, caminaría encorvado para engañar a la tumba, a la tierra y a la muerte. Pensaba que al caminar de esa manera, sería viejo antes de tiempo. En efecto, poco después de andar agachado, su cuerpo creyó que la tumba estaba llamándolo y empezó a formar dunas en su rostro, a enviar terremotos a sus manos y a ponerle relámpagos en las sienes. La vista se le deterioró tanto, que debía usar lentes al dormir para ver los sueños con claridad. 


Tenía veinticinco años y el cuerpo de una momia; eso no le importaba. Su deseo era descubrir qué hay detrás de la muerte, y estaba a punto de hacerlo... Dos meses habían pasado desde tomada la decisión, cuando se encavernó su mirada para siempre. ¡Por fin estaba frente a frente con el misterio más grande del mundo!..., pero no tuvo palabras para decir nada, porque de inmediato se vio convertido en un cometa que, de forma inminente, se estrellaría contra la luna.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018.


Persecución

César apareció cuando el sol derramaba sangre sobre el cielo, y con un pedazo de nube entre los brazos que destilaba hilos crepusculares. No entendía cómo alguien había podido hacerle eso a su pequeña. Dio un grito que se hundió en las profundidades del celaje y juró venganza...


Días atrás, a la salida de la escuela, su hija había desaparecido. Nadie entendía quién ni cómo la había tomado entre tantas personas. La buscaron durante horas que se alargaban como nubes apuñaladas por el viento, pero todo fue inútil. Después de seis noches, encontraron el cuerpo embalsamado de rosas líquidas en el fondo de un barranco de garganta boscosa. César no quiso llamar a las autoridades; tomó el cadáver entre las manos y apareció, junto al sol, en la puerta de su casa… Ahí le dio cristiana sepultura.


Inició por su cuenta las averiguaciones para dar con el abusador y asesino de su hija, luego contrató un detective, que dos años después, dio con el culpable. Arrancó su sombra del suelo y la echó tras los pasos del violador para no perderle el rastro. Una noche que lo seguía oculto desde la sombra, salió de ella con el puñal en la mano y le esbozó niágaras rojos en las mejillas y en el pecho. Cuando cayó al suelo, de sus nubes empuñadas bajaron relámpagos asesinos directo al rostro de quien había robado la vida a su hija.


El día que asesinó al asesino, fue visto por los cómplices del hombre infame desde la ventana más alta de un edificio aledaño. Descendieron de prisa para vengar la muerte de su compañero, pero al llegar a la calle, César ya no estaba. Únicamente vieron el cadáver. Como él, frente al cuerpo inhabitado de su hija, estos juraron matarlo. Si bien desde lo alto no habían logrado divisarle el rostro, lo vieron grabado en las pupilas abiertas del muerto, e iniciaron con la persecución…


Se hacían sombra para perseguirlo en la calle, agua para acecharlo en la ducha, ilusión para atacarlo en los sueños. Siempre encontraban la manera de andar tras él. Como los cuarenta y siete Ronín no pensaban desistir en la tentativa de matarlo. Cesar se percató de esto y no tuvo otra opción que huir…


Iban veinte pueblos recorridos por César en busca de paz, pero cuando había logrado establecerse, hacer amistades, encontrar una forma de sobrevivir, cuando iba a encontrar tranquilidad… empezaban los rumores de que en las tabernas preguntaban por un hombre con sus características, y nuevamente debía huir. Un día, al sentirse perdido, recordó que existía la fe y en ese momento se creyó capaz de mover cordilleras, continentes, planetas… En el siguiente pueblo al que llegó, buscó el templo, pasó adelante, se hincó frente al altar mayor y le dijo a Dios que lo ayudara a salvar su vida, que si bien él había despojado de la suya a un hombre, fue por lo sucedido con su pequeña, pero que él no era malo, que no merecía morir por hacer justicia…


Después de las plegarias, creyó que podría vivir en paz, porque pasó dos meses sin saber de los persecutores, sin embargo, no fue así. Volvieron a localizarlo y tuvo que escapar. Esta vez, la suerte fue poca, porque empezaron a seguirlo de cerca. En la desesperación, se olvidó nuevamente de la fe y de buscar otro pueblo. Se adentró en el bosque casi escuchando en la espalda los pasos enemigos; corrió intentando no ser atrapado por los brazos verdes que salían a la brecha, pero las esperanzas de sobrevivir se ahogaron al ver frente a él un río tan ancho como el mismo cielo. De frente tenía el río y a la espalda el ruido cada vez más fuerte de los pasos que se aproximaban. Se dio por muerto, y como aquellos que agonizan, empezó a ver toda la vida pasando frente a sus ojos: desde el día que nació hasta el actual. Vio sus primeros pasos, el primer día de escuela, el primer beso, y de repente, esa secuencia tropezó con una tarde de Viernes Santo en que su padre le dijo: “Cuidadito te bañás hoy, porque los que se bañan en Viernes Santo se convierten en peces”. Tropezó ahí su mente y volvió a la realidad, porque justo ese día estaban conmemorando la muerte de Jesús. No lo dudó; los pasos cada vez se escuchaban más cercanos y no tenía otra opción: se quitó la ropa y se adentró en el río para bañarse… Cuando llegaron los asesinos, ya iba corriente abajo convertido en un pez de agua dulce. 


Fecha: 03/12/2018

Premio: Segundo Lugar en los Juegos Florales de Totonicapán, 2022.

Pablo Bejarano en 2022.
Gala de premiación, Juegos Florales de Totonicapán.
Teatro Municipal de Totonicapán. 


Peter King y Franz Quiacú

   —Efectivamente. Esta es la oportunidad de llevar a cabo nuestros planes.

   —Pero si descubren que pretendemos huir, nos matarán, ¡nos matarán!

   —De todas formas moriremos si nos quedamos. La guerra está por estallar, y sabes bien que basta una bomba para que el planeta desaparezca...


Peter King y Franz Quiacú eran dos científicos que la potencia mundial había secuestrado para que ayudaran con el desarrollo de tecnología nuclear; por lo mismo, estaban conscientes que de darse la conflagración, estallaría el planeta con ella. Las armas que habían inventado eran incomparables, capaces de acabar con cualquier nación de un solo golpe, pero aunque eran los mejores en tecnología bélica, nunca se apasionaron por ella. Aquello era la prioridad de los poderosos; la suya en cambio, era irse a un planeta que se localizaba a 2100 años luz del suyo y armados del telescopio más potente que nunca había existido, capaz de enfocar, a distancias inimaginables, la faz de los astros.


Antes de que los secuestraran, habían pasado años estudiando el universo, para encontrar un planeta justamente a 2100 años luz de distancia, en una posición en que la Tierra se apreciara sin que ningún astro la obstruyera, y además, con las condiciones para sobrevivir. A simple vista, parecía algo imposible, pero después de mucho lo encontraron. El hallazgo trajo para ellos gran alegría. Con el planeta localizado, enfrentaron el problema más grave: buscar la manera de llegar a él. Pensaron en desarrollar velocidad supersónica o viajar a través de un agujero de gusano; al final, se decidieron por la tele-transportación. Se creían capaces de crear una nave que se tele-transportara hasta aquel planeta. Después de tres años la tenían. Ahora solo les faltaba la pieza fundamental para el descubrimiento que planeaban hacer: un telescopio que pudiera enfocar, a distancias inimaginables, la faz de los astros. En fabricarlo se gastaron otros tres años. Cuando lo tuvieron todo listo, planearon el día para marcharse y hacer el descubrimiento más grande de la historia, la prueba que por siglos el mundo le había exigido a la ciencia; pero por esos días la potencia mundial se enteró de su inteligencia y mandó por ellos. Lograron saber que iban a raptarlos con el tiempo suficiente para esconder la nave y el telescopio, pero no para huir, y fue así como cayeron durante cuatro años en la fabricación de armas nucleares...


Las relaciones entre las potencias mundiales no andaban nada bien, mejor dicho, la guerra entre ambas era inminente, y Peter King y Franz Quiacú temían por su vida. Ellos no estaban incluidos en el grupo de hombres que el gobierno pensaba enviar al espacio para ser salvados, en el caso de que la guerra fuera desventajosa. Sabían que, peligrando su vida, peligraba el descubrimiento más grande de los últimos tiempos...


   —Efectivamente. Esta es la oportunidad de llevar a cabo nuestros planes.

   —Pero si descubren que pretendemos huir, nos matarán, ¡nos matarán!

   —De todas formas moriremos si nos quedamos. La guerra está por estallar, y sabes bien que basta una bomba para que el planeta desaparezca.

Así platicaban calladamente en el laboratorio cuando, de súbito, tijereteó el silencio la voz de alguien que abrió la puerta al grito de "la guerra ha empezado". El que les dijo esto, se fue haciendo pequeño mientras lo repetía como quien anuncia el fin del mundo. Peter King y Franz Quiacú al ver la puerta abierta y sin custodios, salieron desbocados, y tras robar un automóvil, fueron a su antiguo laboratorio. Antes de entrar, vieron el cielo ya poblado de aviones bélicos. Era una visión apocalíptica. Entraron a desempolvar la nave, a alistar el telescopio y la expedición. Tras el despegue cruzaron el cielo junto los aviones de guerra, para luego salir de la atmósfera vertiginosamente. Estando fuera, programaron la nave para llevar a cabo la tele-transportación y antes de marcharse, vieron cómo la tierra empezaba a vestirse de sol. Con lágrimas en el rostro se hicieron invisibles...


Al llegar al planeta bajaron de la nave y vieron todo a su alrededor: era un paisaje hostil, nada comparado con el verdor inextinguible del planeta Tierra, con la geometría de los volcanes y el baile de lentejuelas en el mar y los lagos al atardecer. Desde el primer momento extrañaron su planeta, pues presentían que para ese instante era polvo cósmico. Rondaron el lugar y tras algunos días, sabiendo que ya era el momento, localizaron el punto y el momento exactos para captar las imágenes que precisaban de la Tierra. Instalaron todo y empezaron a trabajar en el descubrimiento...


Cuando ellos partieron de la Tierra, transcurría el año 2133, y el planeta al que habían llegado, estaba a 2100 años luz de distancia, lo que quería decir que si su telescopio era capaz de captar lo que había sucedido en la Tierra hace 2100 años, tomarían imágenes del año 33; y que si el telescopio era realmente tan potente como presumían, podría revelar cómo era la vida en aquel entonces por medio de imágenes claras de construcciones y personas...


Enfocaron el telescopio en dirección del planeta tierra, acercaron la imagen y -oh maravilla- en la pantalla empezaron a reproducirse imágenes antiguas del planeta. Entre otras cosas, pudieron observar el imperio maya en pleno esplendor y varios volcanes, que a su partida eran extintos, en actividad, pero aunque aquellas visiones eran alucinantes, no era eso lo que les interesaba, porque era obvio que los mayas habían existido y que aquellos volcanes alguna vez habían hecho erupción; su interés era probar lo que, hasta ese entonces, había sido imposible.


Sin esperar más dirigieron el telescopio a un lugar específico, a uno que había sido nombrado en muchas escrituras antiguas, porque ellos sabían que en ese paraje se había partido la historia, lo dirigieron al Monte Calvario: no esperaron mucho, en la pantalla, empezó a verse una aglomeración de personas que observaba un desfile tétrico encabezado por romanos, escoltas de tres hombres condenados a muerte. Uno de ellos, el de aspecto divino, cayó tres veces. Subieron al monte y los crucificaron. Al que estaba en medio no les bastó con atarlo, sino que lo clavaron y lo vejaron. Luego, al levantar las cruces, pasaron tres horas para que muriera el crucificado central. Fue cerrando sus ojos y abriéndose las venas luminosas del cielo para parpadear mientras la tierra danzaba. Los romanos y las demás personas huyeron y entre aquella debacle que se reflejaba en la pantalla del telescopio y que dejaba ver la furia de Dios por la muerte de su hijo, aún podía leerse en la parte superior de la cruz una leyenda que decía "Jesús Nazareno, rey de los judíos". 


Peter king y Franz Quiacú, se vieron con los ojos asombrados mientras sonreían. Habían conseguido, después de tantos años y de tanto esfuerzo, pruebas irrefutables de la existencia de Jesús, de su divinidad, de la furia de su padre, pero pronto la sonrisa se desvaneció porque recordaron que ya no existía el planeta Tierra y que no había a quién presentarle las pruebas, y porque la imagen de Jesús a cada segundo daba 300,000 pasos por las veredas del universo.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2017.
Programa radial Versos Bohemios. 
En la fotografía Luis Ajuchán y Juan Garzaro.


Las mil y una leyendas de Guatemala

Se cuenta (pero Alá es más juicioso, más sabio y bienhechor) que en la raíz de los tiempos había un hombre con imaginación prodigiosa y gran habilidad para el verso. Vivió en la antigua Persia entre palacios y derviches. Era un hombre que andaba por las calles buscando la manera de cambiar la vida, porque le parecía en extremo tediosa y, en cierto punto, horrible. Entregó sus noches a la creación literaria, tenía ideas inacabables y trataba de plasmarlas siempre. Su calidad era insuperable, no había en todo el planeta alguien con una imaginación más alta; sus historias se adornaban con fantasía en cada letra: contó la vida de Aladino y la lámpara maravillosa; contó la historia del joven flojo y el primate que hacía germinar árboles dadores de piedras preciosas; la historia del ciego que se hacía abofetear en el puente, por el bálsamo mágico que lo hizo ver todos los tesoros del mundo; la del espejo inverosímil que permitía confirmar la virginidad de las mujeres; la de Alí Babá y el muro que se abría con solo decir «ábrete, sésamo»; la historia de los animales que acompañaron al león en busca del hombre; las aventuras de Simbad el Marino enfrentando, con sus compañeros, a hombres gigantes y atracando en una isla que, en realidad, era una ballena; la de los jeques que salvaron con historias de humanos convertidos en animales al comerciante asesino del hijo de un efrit; la de la heroica franca que venció por amor al ejército de su padre; y un collar de maravillas que muchos años después se atarían con la voz de Sherezade, para trascender por mucho tiempo. Pero como aquella magia no existía más que en su mente, llegó el día de su deceso. A él lo olvidaron al extremo de que su nombre se desvaneció para siempre, pero sus cuentos viajan por los siglos de manera anónima con la garantía de no olvidarse nunca…


El autor de Las mil y una noches, descendió al Hades. Como todos los hombres que fueron buenos, pero no bautizados en el cristianismo, lo enviaron al Limbo; ahí se reunió con Homero, con Sócrates, con Virgilio, con Ovidio, con Séneca, con Horacio, con Plutarco y con un sinfín de intelectuales más. La vez que Dante pasó por ahí, no lo vio o no lo reconoció, por eso su nombre no aparece en la Divina comedia.


En el Limbo se ponían a platicar de forma incansable. Homero recitaba con gran sentimiento la guerra de Troya plasmada en la Ilíada y la pasión de Ulises y Penélope narrada en la Odisea; al terminar, era Virgilio quien cantaba las aventuras de Eneas, su amor por Dido, su batallas contra Turno; inmediatamente Ovidio empezaba a cantar, a manera de respuesta, las cartas de sus Heroidas, la de Penélope a Ulises y la de Dido a Eneas, por ejemplo; luego, en tono serio, intervenía Sócrates diciendo que como literatura estaba bien, pero que se equivocaban filosóficamente, porque no eran dioses tangibles de los que había hablado Orfeo. Después de todos, pasaba él a contar las historias de Las mil y una noches. Era la del «Espejo de las mujeres vírgenes» la predilecta de todos y la que él más decía. Cuando se cansaban de escuchar lo mismo, invitaban a Esopo para que les contara sus fábulas o a Sófocles para que hablara de Edipo Rey, pero al final, siempre caían en lo repetitivo; por lo mismo, hubo fiesta la vez que pasaron por ahí Dante (en un viaje ajeno al que hizo con Virgilio) y Luis Vaz de Camões, porque pudieron conocer las historias del Capitán Gama relatadas en Los lusíadas y la desgarradora historia del Conde Ugolino incluida en la Divina comedia, pero aquellos dos hombres solo llegaron de visita ya que, por ser sus poemas épicos alusivos a Cristo, iban camino al cielo...


Cuando los sabios quisieron escuchar cosas nuevas, todos presentaron poemas épicos maravillosos y el autor de Las mil y una noches siguió haciendo uso de su inigualable imaginación; contó la historia de las mujeres que huían de casa porque les dieron tiste con andar de araña; la de la ceguera blanca remediada al quitar el hilo que usa el ojo como carrizo; la del hombre que se volvió luminaria para siempre; la del venado de las siete rozas que en realidad era un brujo; la de la mujer que pintaba un barco en la pared, se metía en él, cerraba los ojos y huía; la de la trenza de mujer que se arrastraba como culebra y fue llevada por un perro al infierno; la de la campana que fue fundida con las pupilas de una novicia y al ser tocada en lugar de tañer, emitía lamentos; la del hombre que fue asesinado por sus propias esculturas cuando éstas cobraron vida; la de los hombres que se dejaban picar por tarántulas para sudar ojos y ver millones de veces más; la de los muertos que platicaban dentro de la tumba; la de los que buscaban el punto bajo la tierra donde se unían los océanos; la del hombre con respiración de imán que quedó convertido en árbol; y la del Azacuán que se robó la sombra de una mujer y se casó con un barrilete, entre otro sinfín de fantasías maravillosas. Todos los literatos que se encontraban en el Limbo lo ovacionaban y decían que en el mundo de los vivos merecían conocer esas historias encantadoras. No se sabe cómo, pero consiguieron que el alma de aquel genio se enfilara entre las almas que vuelven a la vida y que Anquises le describió a Eneas. Aquella alma ingeniosa que otrora escribió Las mil y una noches, volvió a la tierra y, cuando creció, escribió todas las historias inventadas cuando muerto. El lugar en que nació en esta segunda vida, está cubierta de volcanes y pirámides, en ella recibió el nombre de Miguel Ángel Asturias con el cual firmó Mil y una leyendas de Guatemala.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018.
Club de lectura "Letras entre Ruinas".


Conversación en el bosque

Los árboles sin hojas parecen relámpagos, por eso los bosques simulan una tormenta eléctrica cuando llega el otoño... Sobre charcos secos y amarillos caminaba Alberto, cabizbajo, cogitabundo y deshecho. Creyó que adentrándose en el bosque la pena menguaría, ya fuera por el contacto con los animales, por el color sepia que reina en el lugar, o por el concierto de relámpagos ramificados sobre su cabeza.


Tierra adentro, bajo la calva copa de los árboles, se encontró con un anciano que daba gritos lastimeros. Al verlo se sintió consolado, no porque el suplicio de alguien más lo aliviara, sino porque lo aliviaba el hecho de tener a quién contarle sus penas. Se aproximó al viejo y le preguntó su nombre. Me llamó Isaac, fue la respuesta. Después de cuestionar y responder las cosas que creyeron protocolarias, Alberto le solicitó licencia para contarle su historia y el anciano accedió.


Yo conozco una mujer; tan hermosa que la envidiaría la misma Helena; tan bella, que se adueñó de mis suspiros desde el instante primero. Empecé a pretenderla, y como es de esperarse cuando alguien de belleza esquiva como yo, pretende a alguien de hermosura reluciente como ella, fui despreciado. No fue tanto mi dolor tras su desdén, como lo fue al enterarme de que había aceptado en sus brazos a alguien más... En cuanto lo supe, quise conocer al hombre que cumpliría todos mis sueños, y al conocerlo, ¡ay desventura la mía!, la sospecha fue confirmada: no valieron mis cartas, mis poemas, mis llamas de fuego frío en racimos, ni el tiempo dedicado para conquistarla, porque ella se había deslumbrado por un físico perfecto... Al ver aquello caí en una noche negra y húmeda. Fue tiempo de maldecir mi fealdad, de reprocharle a la creación mi rostro sin gracia y de la tentativa de cambiar mi espíritu de caballero por un físico capaz de enamorar a Eva... ¡Eso! ¡Eso!, me dije al caminar por aquellos pensamientos: debo olvidar la virtud y conquistarla de cualquier forma. Entonces empezó a formularse en mi cabeza el plan que solo podría concebir un desquiciado...


Alberto llorando. Los animales a su alrededor deseando que Isaac fuera otro Noé para salvarse del diluvio salobre… Al escampar sus lágrimas se quedó silente, luego rasgó el mutismo con sollozos embarrancados y se dejó llevar por los versos de un poeta desconocido:

Una mujer

está de huésped

en mi cabeza,

quiero sacarla

sin que ella sepa

que estuvo aquí.

Fijó la mirada en el anciano, esperando que le solicitara el desenlace de la historia, pero Isaac estaba siendo apuñalado por el dolor y, en lugar de hacer la solicitud, recitó los versos de otro poeta anónimo:

Creo que al fin me estoy poniendo viejo,

a la mujer no miro con lujuria

ni se llena mi espíritu de furia

si me insultan frunciendo el entrecejo.


Nunca Isaac solicitó la continuación de la historia, Alberto tampoco escuchó los versos recitados por él. Minutos después retomó el relato de esta manera:

En mi cabeza se gestó el plan de cambiar mi rasgos, de ponerme el mismo rostro de Rubén, el novio de Eva, y a eso sumarle mi forma de ser. Creí que con esa combinación bastaría para enamorarla... Después me enfrenté al verdadero problema: ¿Cómo metamorfosear mi rostro? Luego de analizar varias opciones, llegué a la conclusión de que lo mejor era marcharme al extranjero para someterme a una cirugía plástica... Así lo decidí, y para llevar a cabo el plan, hice la primera idiotez de mi vida: asalté un banco y me marché… Permanecí lejos hasta estar en condiciones de regresar. Cuando lo hice, fue con la certeza de que todo saldría a la perfección, porque no me importaba hacer de todo para lograr mi cometido.


Volví con esa seguridad y con el rostro de Rubén sobre el mío, ¿qué podía faltarme? Tenía los rasgos del hombre de su vida, y mis palabras (muchas veces calificadas por ella como poemas). En efecto, no me faltaba nada, pero sí me sobraba algo, y ese algo era Rubén. No podía salir a las calles mientras él anduviera en el pueblo; o la gente se volvería loca pensando que vio a una persona en dos lugares distintos al mismo tiempo, o descubrirían mi plan. Fue entonces cuando hice uno de los actos más abominables de mi vida... El sol había caído, y tras seguirle los pasos a Rubén, me paré frente a él en un callejón oscuro, sin decirle nada; el corazón parecía el brazo mutilado de la noche. Al verme quedó estupefacto. No sabía qué pensar, si estaba apareciendo frente a sus ojos un hermano gemelo, del cual no tenía noticia; si lo estaban visitando del futuro; o si se encontraba frente a un espejo donde las reverberaciones tenían juicio propio… Después de estar callado unos segundos, me preguntó quién era. No quise contestarle. No tenía caso decirle nada. Recuerdo a penas esbozar una sonrisa antes de sacar el puñal y me abalanzarme contra su cuerpo. El hierro viajó sin inconvenientes a través de su abdomen. Me vio con ojos de búho. Yo no sé qué pensaría; tal vez que, de alguna manera inusitada, estaba suicidándose. Cayó frente a mí y oculté su cadáver. En ese momento no alcancé a sondear lo abominable de mi crimen; creía que el amor lo dignificaba. Tras el homicidio vi la brecha libre para llegar a Eva y disfrutar de su amor.


Pasaron algunos días hasta que el valor se acomodó en mi pecho. Pensé en las mejores palabras, en los mejores ademanes y los gestos más adecuados para estar frente a ella, y por fin, llevar mis rosados bajeles a su rojo puerto. Cuando la penumbra de la noche se rajó en el cielo y empezó a salir por sus hendijas la luz del día, me arreglé y fui a su casa. Llamé a la puerta. Bajo el umbral salía la luz de la habitación, y al ser interrumpida por sus pasos, parecía parpadear. Al verla sonreí. Quise fundir mis brazos en su cintura, como muchas veces había soñado. Después de tanto tiempo y de tantos delitos, al fin cumpliría mi quimera más cara: darle un beso… Cuando intenté abrazarla, descargó un empellón en mi pecho y me preguntó enfadada: ¿Qué haces aquí? Yo dije que iba a verla, a rebosar mis ojos con su hermosura. Estás loco, me contestó, fui clara contigo al decirte que me habías aburrido y que ya no quería nada a tu lado, porque me tiene harta tu forma de ser; deberías comportarte un poco más como Alberto y dejar de ser un patán...


En mí tuvo lugar el dicho de tanto navegar para morir en la playa. Sentí desfallecer, y desesperado, le confesé yo soy Alberto, ese a quien acababa de poner como ejemplo de caballerosidad, yo soy quien puede hacerte feliz para siempre… pero riéndose de mí, solo expresó el asco que le producían esas mentiras pronunciadas con el único fin regresar con ella... Tras decirme eso, tiró la puerta en mi cara. No sabía cómo actuar; había dejado todo por ese plan; había aceptado en mi rostro la cara del enemigo con tal de poseerla, y todo fue inútil. La mujer amada, había despreciado mi forma de ser, y ahora, desdeñaba mi físico, dejándome en claro que algunas personas nacen para no juntarse nunca. Cuando recordé las atrocidades hechas por mí en nombre del amor, supe que en verdad merecía el infierno. En ese momento parafraseé al poeta y pensé: hay males que solo se curan viendo el bosque… entonces me adentré aquí para llorar a Eva, como don Quijote a Dulcinea del Toboso.


Isaac no escuchó la historia. Pensando en la vejez fumaba el último de sus cigarrillos… Dejó de respirar, cayó con una luciérnaga hirviente en la mano, que al instante se reprodujo sembrando millones de luminarias a su alrededor. Entre la coreografía de estrellas ígneas, Alberto e Isaac se volvieron soles, y luego, lágrimas de la noche.


Nota: El primer poema citado pertenece a Aquí Figueroa; y el segundo, a Aristides Bejarano.


Fecha: 2018

Premio: Segundo lugar (compartido con otros dos cuentos) en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2022.

Pablo Bejarano en 2022, junto a otros escritores,
Gala de premiación de los Juegos Florales de Huehuetenango 


La otra muerte de Jesús

Después de las bienaventuranzas y de multiplicar los peces y los panes para saciar el hambre de sus escuchas, Jesús caminó algún tiempo predicando con sabiduría, hasta que fue gloriosamente recibido en Jerusalén entre vivas, palmas y lisonjas. Al cabo de algún tiempo, cuando se encontraba rezando en el Monte de los Olivos, fue aprehendido y llevado ante Poncio Pilatos. Estuvo de poder en poder hasta que lo condenaron a morir en la cruz. A los tres días de estar muerto, resucitó y salió del sepulcro.


Se cuenta que anduvo cuarenta días en la Tierra, aguardando el momento de la ascensión. Subió a la diestra del Padre y ahí estuvo, a la espera de que muriera el último de sus apóstoles. Cuando éste conoció la muerte, Dios acordó mandarlos a predicar su palabra y propagar el bien en el otro lado del mundo, lo que hoy llamamos América.


Nuevamente una estrella señaló el lugar donde nacería el salvador del mundo. La historia parecía repetirse. Jesús creció como niño prodigioso, y cuando se hizo hombre, se reunió con sus doce amigos y predicó la palabra de Dios en Abya Yala. Invitaba a todos los hombres a amar al Padre por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.


Un día, en el valle sublime respaldado por tres volcanes, Jesús se reunió con varias personas para dar el mensaje de las bienaventuranzas. Al terminar, apareció una anciana con un poco de alimento hecho de maíz, y luego un joven con dos animales que cazó en el volcán más cercano. Los escuchas empezaron a quejarse de hambre, y Jesús, como en el pasaje que quedó registrado en la Biblia, decidió multiplicar los alimentos, pero aquí, las personas no tomaron aquel acto de bondad como milagro, sino como nigromancia. Todos se alborotaron. Los insultaron con los peores improperios que su idioma permitía y no esperaron, no, oración en ningún huerto ni llevarlo ante ningún Poncio. Ahí mismo fue capturado junto a los apóstoles…


Los nativos les dijeron que por creerse hechiceros, serían castigados con la muerte. Mandaron a llamar a dos ancianos sabios a quienes informaron sobre la multiplicación de los alimentos, y ellos decidieron que debían ser enterrados en vida. Al ver Jesús que estaba perdido, alzando los ojos al cielo, mientras suspiraba, dijo «Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya». Los viejos mandaron a cavar trece tumbas, quedando una al centro y doce alrededor; pronunciaron la sentencia, y al instante, el mesías y los apóstoles fueron cubiertos por la tierra. Tres días después, frente a los volcanes, el cuerpo de Jesús empezó a emerger, gota a gota, sobre el valle hasta formar un lago inmenso, en señal de resurrección; cuando el cuerpo terminó de acuificarse, aparecieron los apóstoles, convertidos en piedra, para rodearlo a manera corona. Sobre aquellas piedras, los pobladores erigieron templos, convencidos de su error y de la divinidad de los enterrados. Los trece hombres, tras la metamorfosis, lucen hoy como el lago de Atitlán y doce pueblecitos con nombres apostólicos.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018
Lago de Atitlán. 



Tráfico de recuerdos

La luz del sol entraba rectangular a través de la puerta, pero fue tijereteada por mi sombra. Me paré frente a todos los que estaban en la sala, imposté la voz para oírme más varonil, y en el momento en que voltearon a verme, grité: ¿Quién ha robado mis recuerdos?... La mayoría guardó silencio, solo Juan Palencia se levantó y me dijo: Yo sé quién fue… Le exigí que me lo revelara en el acto, sin embargo, la impaciencia fue tanta, que me pareció mucho el tiempo transcurrido antes de que abriera la boca para decírmelo; entonces perdí el sentido y arremetí contra él a dentelladas, dejándolo tirado en el suelo con la respuesta ahogada en las cuerdas bucales.


Salí con desesperación a la calle y lamentando la muerte de la única persona en el mundo que sabía quién robó los recuerdos de mi mente. Con pesadumbre caminé algunas cuadras, tratando de inventar un pasado para no sentirme como recién nacido... A varias personas les pregunté sobre la identidad del ladrón de recuerdos; y quienes no me ignoraron, se rieron en mi cara… De esta suerte continué algunas calles más, creyendo que la esperanza había muerto para siempre… pero en una esquina, cuando estaba a punto de quitarme la vida, encontré a una mujer que me veía con ternura. 


Al principio no creí que hubiera ternura en sus ojos, sino compasión hacia mi desgracia; y cómo no, si mi aspecto era el de un indigente. A pesar de ello, la chica seguía viéndome con mirada enternecida. Decidí aproximarme a ella y preguntarle sobre mis memorias. Al verla a los ojos, sentí en su mirada algo familiar. No era una sensación que viniera de la mente, sino del corazón. Después de algunos minutos, me confesó no saber nada sobre quienes me despojaron del ayer, pero me comunicó sus sospechas respecto a unos tipos que vio camino de la capital, arrastrando remembranzas… También me dijo que tiempo atrás fuimos  novios y nos amamos. Tal vez por eso, aunque no la recordaban mis neuronas, la evocaban mi cuerpo y mi alma. 


Más adelante, me confirmaron que los traficantes de recuerdos iban rumbo a la capital, para vendérselos a las personas con Alzheimer a un precio muy elevado. La descripción coincidía con los detalles otorgados por la chica que alguna vez me dio su amor. Entonces salí corriendo rumbo a la ciudad para alcanzarlos, y mientras galopaba, hacía espirales en mi cabeza la idea de que era inaceptable ver cómo otra persona se quedaba con mi vida… porque al final de los tiempos, la vida es únicamente  las cosas que nuestra mente consigue guardar.


Con la mente vacía, no logré evocar el camino hacia la capital. Me detuve en una tienda para preguntarle al dueño si podía darme indicaciones sobre la ruta correcta, o si acaso conocía el paradero de los ladrones de recuerdos… El anciano me amplió los detalles sobre los traficantes. Me dijo que no viajaban por el camino nuevo, sino por el viejo, ya carcomido por el bosque. Le di las gracias y partí tras ellos... Recuerdo haber escuchado a lo lejos sus gritos, advirtiéndome que debía tener mucho cuidado porque el bosque estaba lleno de peligros. También recuerdo haberle preguntado su nombre, para llenar mi mente de nuevos recuerdos… Me respondió que no sabía con certeza cómo se llamaba, porque hace muchos años también lo despojaron de sus memorias, y para no quedar con la mente en blanco, contactó a los traficantes con el fin de comprarles su pasado; pero, al parecer, los sujetos le entregaron un cargamento de recuerdos de otra persona, y por eso no estaba seguro si en verdad era el del cuerpo o el de la mente…


Salí tras los traficantes a través del bosque. Al estar ahí, pude notar un paisaje estremecedor. Los árboles no parecían árboles, sino hombres; no por su aspecto, por la sensación que daban  de estar observando todo el tiempo. Sobre la hojarasca había huellas tatuadas, creí que eran de los traficantes y caminé hacia ellas. En el camino no pude hacer otra cosa que meditar sobre la importancia de los recuerdos. Pensar en lo obscuro de una noche mental, me quitaba toda esperanza de recuperar la luz del pasado... De repente, oí una voz que interrumpió mis pensamientos y me llamó por un nombre que, supuse, era mi nombre: Pablo, Pablo -me dijo- no pienses que no hay esperanza en la oscuridad. Sorprendido, busqué el cuerpo del cual procedía la voz, pero no encontré nada… Pronto me percaté que emergía del fondo de un árbol de laurel. 


Me paré frente al tronco y le pregunté quién era, luego le exigí que me dijera cómo se atrevía a asegurar eso. El árbol de laurel me dijo: Soy Dafne, una ninfa que existió hace muchos años. Apolo vivió siempre enamorado de mí, pero nunca pude corresponderle… sin embargo, no es de eso de lo que quiero hablarte, sino de su nacimiento. Su madre es Leto, la noche, y su padre es Zeus, dios de la voluntad y del relámpago. Ella representa la oscuridad total, y en medio de esa penumbra, aparece Zeus, que es el rayo, y la deja en cinta. Ella da a luz a dos gemelos, Artemisa y Apolo, quienes representan a la luna y al sol. Fue Artemisa la primera en salir del vientre de su madre; Apolo, el último. Todo esto te lo digo porque debes saber que, si estás hundido en las tinieblas, necesitas poner de tu voluntad para salir poco a poco de ella; ser primero como la luna, para luego llegar a ser como el sol. En pocas palabras, de la oscuridad podemos pasar a la luz, si luchamos por ello. Así que no desmayes, tú puedes luchar para recuperar tus recuerdos… Cuando Dafne terminó su discurso, salí corriendo asustado, y solo me detuve cuatrocientos metros adelante. 


Vi un árbol frondoso que con su copa ofrendaba sombra al suelo, y me recosté en su tronco a meditar sobre lo dicho por Dafne. Llegué a la conclusión de que la verdad estaba de su lado: yo debía luchar con voluntad si quería salir de ese sitio obscuro; entonces por mi mente se cruzaron dos ideas para llegar, según yo, a la luz. Una, era darles alcance a los traficantes y recuperar mis recuerdos, algo que por entonces veía imposible, porque de seguro ya estarían arribando a la capital para venderlos; la otra, el suicidio. Mientras cruzaban esas cavilaciones por mi mente, oí cómo, del fondo del árbol en que estaba recostado salía una voz, ahora masculina. 


Me levanté de inmediato para escucharlo: Me llamo Pier della Vigna y soy de quienes han perdido la vida por mano propia. Debido a eso, cuando estuve frente a Minos me dio siete vueltas mandándome al Bosque de los Suicidas. Ahí fue puesta mi alma dentro de este árbol. Con mucho esfuerzo conseguí escapar del Infierno y refugiarme acá, donde no me martirizo escuchando lamentos… Aún así, para el día del Juicio Final, mi alma está condenada a no regresar al cuerpo que en vida desprecié; mi único consuelo será ver colgados mis restos humanos en estas ramas. No quiero verte sufrir el mismo destino ni que te condenen a separarte irremediablemente de tu cuerpo. Por eso te digo, el suicidio no es solución para nada: si tu amenaza es de muerte, no es con la muerte que vas a solucionarla. En tu caso, que es por la pérdida de tus recuerdos, morir y desaparecer, no solo de tu mente, sino también en la de tus amigos, sería peor. Debes luchar tus anhelos, no importa cuánto, pero debes luchar. 


Cuando Pier della Vigna terminó su discurso, mi reacción fue la misma: salí corriendo hasta encontrar un árbol de amplia sombra. Bajo el cobijo de un aguacatal, cavilé durante largo tiempo sobre lo dicho por el árbol, y en verdad convine con él en que el suicidio no es solución para nada. Eso me alentó para recuperar mis sueños, llevando todo hasta las últimas instancias... Estaba por levantarme, cuando de nuevo escuché una voz: Pablo, yo soy el Hombre que lo tenía todo, todo, y terminé como me ves, por empeñarme demasiado en algo, como tú piensas empeñarte ahora... Mi hijo, Espejito con Ojos, tenía la ilusión de hacer unos lentes con pepitas de aguacate, y como el aguacatal a quién se lo pidió, se los negara, me sentí con el derecho de obligarlo. El árbol se negó de nuevo, y yo, en un impulso de insensatez, empeñado en satisfacer a mi hijo, lo reduje a un puño de leña... Ya me disponía a volver a casa, cuando fui llevado a juicio en un bosque, donde me condenaron, no a beber cicuta como Sócrates, sino a convertirme en esto… Mis vecinos tienen razón, aún estando en la obscuridad de la noche, debes tener la voluntad para llegar al día; y aún en esa misma oscuridad, puedes seguir varios caminos excepto el del suicidio; pero también yo la tengo: si bien debemos luchar por nuestros anhelos, no debemos obsesionarnos con ellos… Ahora estás en este bosque, el bosque de los árboles-humanos, persiguiendo a los traficantes de recuerdos que, según tú, llevan los tuyos para venderlos a las personas con Alzheimer, pero  no fueron ellos quienes te despojaron de tus memorias… Fue Morfeo. Por ello debes actuar con la razón, no con la obsesión, para no equivocarte. 


Sorprendido por su revelación,  en lugar de salir corriendo tras los traficantes, le pedí los datos sobre la ubicación de Morfeo. Lo tomé de las ramas, y no lo solté hasta que me lo dijo. Antes de irme le pregunté sobre el motivo por el cual Morfeo se roba los recuerdos. Me respondió que no era para venderlos a las personas con Alzheimer, como yo creía, sino para colocarlos en la mente de las personas dormidas y llenarles la noche de imágenes. Me aclaró también que por ese motivo, vemos en los sueños a personas desconocidas, que al despertar, nos cuesta recordarlas con claridad, porque pertenecen a otro mundo, a otra mente. Con esa información, me dispuse a seguirlo más a prisa… Me parecía insoportable la idea de que alguien más viviera todas las alegrías y tristezas vividas antes por mí…


Por correr sin ver el camino, me sucedió lo siguiente: entre los árboles que pretendían atraparme con manos rígidas, corría; de pronto me pareció ver entre el parpadeo de las hojas la figura de un hombre. Debía ser Morfeo, no podía ser otro. Llevaba entre sus manos una esfera donde podían verse todas las cosas al mismo tiempo, como en el Aleph de Borges: supuse que eran mis recuerdos, y apresuré el paso. Morfeo se percató de ello y también salió corriendo. Mis zancadas comían más distancia que las suyas; estuve a punto de alcanzarlo, pero al estirar la mano, dio un giro repentino que  no conseguí imitar, y me embarranqué. Mientras caía pude ver la cara de Morfeo atravesada por una sonrisa sarcástica… Antes de llegar al fondo del barranco, mi cuerpo dio un salto y desperté. Estaba agitado y tembloroso. Pronto lo supe: nadie habían robado mis recuerdos, lo sentí así porque estaba en otro mundo, en el mundo de Morfeo, que manda nuestras memorias a otra mente mientras estamos en sus dominios…


Fecha: 2018

Premio: Premio único de cuento en los Juegos Florales de Cabañas, Zacapa, 2018.

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación de los Juegos Florales de Cabañas, Zacapa 


Ojos estelares

Era de todas las noches encontrarnos en la playa, cuando ella se dirigía a casa. Siempre que pasaba me veía con mi telescopio observando los astros, y como siempre, me preguntaba: «¿Qué buscas en los cielos?». «Averiguo con qué otras antiguas pirámides se alinean las estrellas. Tal vez con unas egipcias, mayas o del Imperio khmer. Ahí están mis mapas y allá las estrellas. Debo averiguarlo», le contestaba... Iban las noches deshojándose en la vida y en todas coincidíamos en el mismo sitio y siempre su pregunta era la misma: «¿Qué buscas en los cielos?». Pero mis respuestas eran siempre distintas.

Una noche le decía que estudiaba la órbita de un cometa y otra que rastreaba descargas de rayos gamma, y así, entre mentiras astrales de que observaba los cráteres lunares o las tormentas de sol, se fugaban las noches abriéndose paso en el inmenso pasado...

La vez que dirigía mi telescopio al cinturón de Orión, ya no la vi pasar. Luego me enteré que ese día por la tarde, en un fatídico altercado entre el ejército y el narcotráfico, una bala perdida perforó su corazón, dejándolo en una perístole eterna... En ese instante, justo como el impacto que acabó con los dinosaurios, un estruendo se abrió paso en mi mente, y luego el eco del pasado vino a mis pensamientos, y me parecía escuchar su voz preguntando una vez más: «¿Qué buscas en los cielos?». Una vez y otra vez, como oleaje de mar venía su pregunta a mi cabeza... «¿Qué buscas en los cielos?». Fue entonces cuando me arrepentí, cuando maldije mi cobardía. ¿Cómo fue posible que nunca le dijera que lo que en realidad hacía con mi telescopio, era tratar de averiguar de qué constelación se habían fugado las estrellas con las que noche a noche me miraba?

Fecha: 2016

Pablo Bejarano en 2017
Programa Radial Versos Bohemios.


Leyenda del ajedrez

En la raíz de los tiempos, los hombres eran gigantes, no como Polifemo o como Goliat, no. Eran en verdad colosales. Los planetas que para nosotros son inmensos, eran para ellos algo pequeño, a penas un poco más grande que su tórax.


Por nuestro sistema solar, vivían dos parejas de gigantes. Tan amigos eran los hombres, como amigas las mujeres. Mientras ellas platicaban sobre las nuevas que había a lo largo de la galaxia, ellos pasaban las horas jugando ajedrez. Su tablero predilecto, era lo que hoy llamamos Planeta Tierra; ahí el continente asiático formaba un lado del tablero y el americano otro cuando aún formaban parte de Pangea. Las piezas eran montañas de aspecto triangular que se erguían sobre toda su extensión. Las movían con astucia, ambos tenían estrategias buenas, por lo que pasaban mucho tiempo en la partida, demasiado tiempo, al extremo de desatender sus obligaciones como maridos...


Las mujeres, cansadas de ver que sus esposos no se desprendían del tablero, empezaron a reprenderlos con asiduidad, pero lo único que conseguían eran vituperios por interrumpir el silencio que caía sobre el juego. Fue mucho tiempo el que pasaron en aquella situación, tanto que las mujeres, cuyo nombre se perdió con el paso del tiempo, ya no hablaban de las cosas que acontecían en la Vía Láctea, sino de planear algo para que abandonaran el vicio de jugar.


Una de ellas tuvo la idea de que podían extraer del sol fragmentos ardientes, y luego introducirlos dentro de las piezas de ajedrez. Si esos fragmentos son─- decían─- cuasieternos como el sol, las piezas se calentarán tanto que no podrán agarrarlas jamás.


Así lo hicieron, extrajeron fragmentos de sol y los metieron dentro de aquellas piezas. Cuando los dos gigantes, con nombre también borrado por el tiempo, intentaron jugar, no soportaron el contacto con las piezas. Varias veces volvieron para ver si se habían enfriado, pero nunca dejaron de ser ardientes. Lo único que les quedó, fue abandonar el tablero para siempre, pero como su gusto por el ajedrez era tanto, obligaron a sus mujeres a marcharse a otra parte del Universo para encontrar otro planeta con condiciones semejantes...

   

Cuenta la leyenda que, desde aquel entonces, nunca más pusieron pie por estos lugares, y que por eso la vida de hombres diminutos germinó en el antiguo tablero de ajedrez; estos hombres llamaron volcanes a las piezas que, algunas veces, auún muestran por la cabeza las partes de sol que llevan dentro.


Fecha: 01/2018

Pablo Bejarano en 2018
Reunión del club de lectura 
"Letras entre Ruinas"


Ensayo sobre la vida eterna

Parado frente a la muerte y furibundo, estaba el célebre científico Peter King, que durante toda la vida había temido la llegada de este momento: el de estar frente a frente con la inexistencia. Siempre aseguró que más allá de la muerte no hay continuidad, sin embargo, estaba seguro de que podía detener el tiempo y que ésa era la única manera de vivir por los siglos de los siglos. El tiempo es un error del universo —decía— y si logro frenarlo, tal vez no consiga alejarme de la vejez, pero sí evitar la muerte.


Tenía poca vida para detener el tiempo. Pasó noches desesperantes en busca de un método eficaz. Antes había hecho grandes descubrimientos en favor de la humanidad, imposibles de conseguir para otros científicos, y había escrito múltiples ensayos de divulgación científica, porque en ese entonces, creía con firmeza que leer e investigar eran la única forma de vencer a la muerte; no obstante, ahora renovaba sus esperanzas con los recientes descubrimientos sobre los agujeros negros y cuanto se decía sobre la inmensa gravedad que provocan y hace que el tiempo corra de una forma más lenta alrededor de ellos. Saber que el tiempo no era algo inalterable, le daba la esperanza de modificarlo o de ponerle freno.


Sacó los ahorros que en vano había juntado a lo largo de la vida, porque no tenía descendientes y había vivido siempre evitando el imperio del amor. Con ese dinero viajó a los Estados Unidos, con destino al Área 51, llamó a algunos de sus conocidos para que lo dejaran ingresar y pudo establecer contacto con los principales científicos del sitio, para decirles que había ideado una manera de poder alargar la vida de las personas, y que estaba seguro que con la ayuda de ellos, podrían inclusive alcanzar la tan anhelada vida eterna.


La idea de Peter King era crear un dispositivo que, generando una fuerza gravitacional parecida a la de los agujeros negros, alrededor de las personas, deformaran el espacio-tiempo e hicieran que el tiempo transcurriera por ellos de una manera muchísimo más lenta que lo permitido por la gravedad ejercida en la Tierra. Crear este dispositivo no era tan complicado, como resolver la manera en que el cuerpo humano lograra soportarlo sin morir. Para eso había viajado al Área 51, para que, basados en la tecnología extraterrestre que ahí se analizaba, complementaran su idea… y así lo hicieron. Dos cosas había por resaltar: una, mientras la defensa ideada por los científicos estadounidenses fuera más efectiva, se podía ejercer más gravedad y por lo tanto desacelerar más el tiempo, acariciando casi la eternidad: otra, cuando las personas se cansaran de vivir, bastaba con apagar el dispositivo para volver a los años terrestres y fenecer.


Lograron una verdadera hazaña, que gustó tanto a los principales gobiernos del mundo, que acordaron no crear millones de dispositivos para los millones de habitantes de la tierra, sino que crear uno gigantesco que desacelerara el tiempo para todo el planeta. Como sabían que, prolongar o eternizar la vida de las personas, provocaría una rápida sobrepoblación, promovieron la esterilización masiva por todo el mundo, y así, como un nuevo orden mundial, cambiaron la velocidad del tiempo para todo el mundo y todos celebraron la cuasi eternidad que el hombre por fin había alcanzado…


Casi de inmediato empezó a notar que el envejecimiento se detuvo, y no cambiaba el paisaje a su alrededor, que seguía contando con los mismos ríos atrapando al sol y a la luna en su espalda y los mismos árboles que ahora, como ya no había otoño, no derramaban lágrimas amarillas. Lo que no había en derredor eran amigos, pero no le extrañaba porque jamás los hubo; sus conocidos, sin embargo, seguían exactamente igual. Las personas sintieron un poco de nostalgia al saber que todo cuanto veían, a partir de aquel instante, no cambiaría nunca más, que tener descendencia era imposible y debían enfrentar otras desventajas; todo lo aceptaron sin mucho pesar, conscientes de que no existe nada peor que la muerte...


Peter y todos los habitantes de la Tierra, ya habían vivido lo que, de manera normal, hubiera durado mil años, cuando los amantes de la lectura ya habían leído todos los libros; los poetas escrito todos los poemas que faltaban en el florilegio universal; los viajeros conocido cada rincón del mundo; los tenorios amado a todas las mujeres que alguna vez desearon, y así, sucesivamente. Toda la humanidad había satisfecho por completo sus deseos, y cuando habían vivido lo que de otra manera serían dos mil años, todos habían hecho todas las cosas, aunque no formaran parte de sus deseos; de cuenta que los poetas habían amado a todas las mujeres y los mujeriegos leído todos los libros, por citar un solo ejemplo... 


La vida, entonces, se volvió insoportable. No tenían ganas de platicar porque estaban agotados todos los temas, y tampoco de guardar silencio porque las meditaciones también estaban agotadas; hasta dormir les parecía odioso porque ya habían soñado todos los sueños…. Peter empezaba a creer que la vida, aunque no fuera eterna, sino simplemente duradera, era tediosa, insoportable y que no valía la pena como él aseguró tantas veces; aun así, creía con firmeza que morir era peor; porque la muerte, al ser una eternidad privada hasta del tedio, sería menos grata.


Los que soñaron, en el umbral de su vida, tener hijos y verlos triunfar, vivían frustrados. Muchos sabiendo que eran casi inmortales, porque el tiempo no causaba deterioro en su cuerpo, sabían que sí podían morir por otras causas, por lo que decidieron suicidarse. Uno por uno, como lágrimas de árbol otoñal, fueron cayendo los habitantes. Los cobardes que no se enfrentaban al suicidio, intentaron asesinar a Peter King, pero por una u otra razón, nunca lo consiguieron. Suicidios y asesinatos acababan poco a poco con la humanidad, y también con la flora y fauna, porque hasta los árboles arrancaba sus raíces y corrían al cráter de los volcanes para morir incinerados…


Cuando habían vivido lo que durarían dos mil quinientos años, la tierra era acariciada únicamente por los pies cansados de Peter, que se resistía a morir, y así vivió lo que durarían cien años más. La tierra quedó sin mares, por lo que él pudo darle la vuelta al mundo varias veces. No podía diferenciar la realidad, el sueño y el recuerdo. Perdió la cordura casi por completo, y luego de tanto y tanto sufrir, de tanta soledad, decidió apagar el dispositivo para dejar que la Tierra y el tiempo continuaran con su paso normal… Pero en vano lo hizo, porque el sueño de inmortalidad de un hombre, había acabado con la vida de un planeta. Murió un año después, cuando tres cientos sesenta y cinco días, duraban otra vez tres cientos setenta y cinco días.


Fecha: 2017

Premio: Segundo lugar (compartido con otros dos cuentos) en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2022.

Pablo Bejarano junto a Aristides Bejarano 
en el Teatro de Huehuetenango, 2018.




El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya n...