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La otra muerte de Jesús

Después de las bienaventuranzas y de multiplicar los peces y los panes para saciar el hambre de sus escuchas, Jesús caminó algún tiempo predicando con sabiduría, hasta que fue gloriosamente recibido en Jerusalén entre vivas, palmas y lisonjas. Al cabo de algún tiempo, cuando se encontraba rezando en el Monte de los Olivos, fue aprehendido y llevado ante Poncio Pilatos. Estuvo de poder en poder hasta que lo condenaron a morir en la cruz. A los tres días de estar muerto, resucitó y salió del sepulcro.


Se cuenta que anduvo cuarenta días en la Tierra, aguardando el momento de la ascensión. Subió a la diestra del Padre y ahí estuvo, a la espera de que muriera el último de sus apóstoles. Cuando éste conoció la muerte, Dios acordó mandarlos a predicar su palabra y propagar el bien en el otro lado del mundo, lo que hoy llamamos América.


Nuevamente una estrella señaló el lugar donde nacería el salvador del mundo. La historia parecía repetirse. Jesús creció como niño prodigioso, y cuando se hizo hombre, se reunió con sus doce amigos y predicó la palabra de Dios en Abya Yala. Invitaba a todos los hombres a amar al Padre por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.


Un día, en el valle sublime respaldado por tres volcanes, Jesús se reunió con varias personas para dar el mensaje de las bienaventuranzas. Al terminar, apareció una anciana con un poco de alimento hecho de maíz, y luego un joven con dos animales que cazó en el volcán más cercano. Los escuchas empezaron a quejarse de hambre, y Jesús, como en el pasaje que quedó registrado en la Biblia, decidió multiplicar los alimentos, pero aquí, las personas no tomaron aquel acto de bondad como milagro, sino como nigromancia. Todos se alborotaron. Los insultaron con los peores improperios que su idioma permitía y no esperaron, no, oración en ningún huerto ni llevarlo ante ningún Poncio. Ahí mismo fue capturado junto a los apóstoles…


Los nativos les dijeron que por creerse hechiceros, serían castigados con la muerte. Mandaron a llamar a dos ancianos sabios a quienes informaron sobre la multiplicación de los alimentos, y ellos decidieron que debían ser enterrados en vida. Al ver Jesús que estaba perdido, alzando los ojos al cielo, mientras suspiraba, dijo «Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya». Los viejos mandaron a cavar trece tumbas, quedando una al centro y doce alrededor; pronunciaron la sentencia, y al instante, el mesías y los apóstoles fueron cubiertos por la tierra. Tres días después, frente a los volcanes, el cuerpo de Jesús empezó a emerger, gota a gota, sobre el valle hasta formar un lago inmenso, en señal de resurrección; cuando el cuerpo terminó de acuificarse, aparecieron los apóstoles, convertidos en piedra, para rodearlo a manera corona. Sobre aquellas piedras, los pobladores erigieron templos, convencidos de su error y de la divinidad de los enterrados. Los trece hombres, tras la metamorfosis, lucen hoy como el lago de Atitlán y doce pueblecitos con nombres apostólicos.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018
Lago de Atitlán. 



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