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Leyenda del ajedrez

En la raíz de los tiempos, los hombres eran gigantes, no como Polifemo o como Goliat, no. Eran en verdad colosales. Los planetas que para nosotros son inmensos, eran para ellos algo pequeño, a penas un poco más grande que su tórax.


Por nuestro sistema solar, vivían dos parejas de gigantes. Tan amigos eran los hombres, como amigas las mujeres. Mientras ellas platicaban sobre las nuevas que había a lo largo de la galaxia, ellos pasaban las horas jugando ajedrez. Su tablero predilecto, era lo que hoy llamamos Planeta Tierra; ahí el continente asiático formaba un lado del tablero y el americano otro cuando aún formaban parte de Pangea. Las piezas eran montañas de aspecto triangular que se erguían sobre toda su extensión. Las movían con astucia, ambos tenían estrategias buenas, por lo que pasaban mucho tiempo en la partida, demasiado tiempo, al extremo de desatender sus obligaciones como maridos...


Las mujeres, cansadas de ver que sus esposos no se desprendían del tablero, empezaron a reprenderlos con asiduidad, pero lo único que conseguían eran vituperios por interrumpir el silencio que caía sobre el juego. Fue mucho tiempo el que pasaron en aquella situación, tanto que las mujeres, cuyo nombre se perdió con el paso del tiempo, ya no hablaban de las cosas que acontecían en la Vía Láctea, sino de planear algo para que abandonaran el vicio de jugar.


Una de ellas tuvo la idea de que podían extraer del sol fragmentos ardientes, y luego introducirlos dentro de las piezas de ajedrez. Si esos fragmentos son─- decían─- cuasieternos como el sol, las piezas se calentarán tanto que no podrán agarrarlas jamás.


Así lo hicieron, extrajeron fragmentos de sol y los metieron dentro de aquellas piezas. Cuando los dos gigantes, con nombre también borrado por el tiempo, intentaron jugar, no soportaron el contacto con las piezas. Varias veces volvieron para ver si se habían enfriado, pero nunca dejaron de ser ardientes. Lo único que les quedó, fue abandonar el tablero para siempre, pero como su gusto por el ajedrez era tanto, obligaron a sus mujeres a marcharse a otra parte del Universo para encontrar otro planeta con condiciones semejantes...

   

Cuenta la leyenda que, desde aquel entonces, nunca más pusieron pie por estos lugares, y que por eso la vida de hombres diminutos germinó en el antiguo tablero de ajedrez; estos hombres llamaron volcanes a las piezas que, algunas veces, auún muestran por la cabeza las partes de sol que llevan dentro.


Fecha: 01/2018

Pablo Bejarano en 2018
Reunión del club de lectura 
"Letras entre Ruinas"


Ensayo sobre la vida eterna

Parado frente a la muerte y furibundo, estaba el célebre científico Peter King, que durante toda la vida había temido la llegada de este momento: el de estar frente a frente con la inexistencia. Siempre aseguró que más allá de la muerte no hay continuidad, sin embargo, estaba seguro de que podía detener el tiempo y que ésa era la única manera de vivir por los siglos de los siglos. El tiempo es un error del universo —decía— y si logro frenarlo, tal vez no consiga alejarme de la vejez, pero sí evitar la muerte.


Tenía poca vida para detener el tiempo. Pasó noches desesperantes en busca de un método eficaz. Antes había hecho grandes descubrimientos en favor de la humanidad, imposibles de conseguir para otros científicos, y había escrito múltiples ensayos de divulgación científica, porque en ese entonces, creía con firmeza que leer e investigar eran la única forma de vencer a la muerte; no obstante, ahora renovaba sus esperanzas con los recientes descubrimientos sobre los agujeros negros y cuanto se decía sobre la inmensa gravedad que provocan y hace que el tiempo corra de una forma más lenta alrededor de ellos. Saber que el tiempo no era algo inalterable, le daba la esperanza de modificarlo o de ponerle freno.


Sacó los ahorros que en vano había juntado a lo largo de la vida, porque no tenía descendientes y había vivido siempre evitando el imperio del amor. Con ese dinero viajó a los Estados Unidos, con destino al Área 51, llamó a algunos de sus conocidos para que lo dejaran ingresar y pudo establecer contacto con los principales científicos del sitio, para decirles que había ideado una manera de poder alargar la vida de las personas, y que estaba seguro que con la ayuda de ellos, podrían inclusive alcanzar la tan anhelada vida eterna.


La idea de Peter King era crear un dispositivo que, generando una fuerza gravitacional parecida a la de los agujeros negros, alrededor de las personas, deformaran el espacio-tiempo e hicieran que el tiempo transcurriera por ellos de una manera muchísimo más lenta que lo permitido por la gravedad ejercida en la Tierra. Crear este dispositivo no era tan complicado, como resolver la manera en que el cuerpo humano lograra soportarlo sin morir. Para eso había viajado al Área 51, para que, basados en la tecnología extraterrestre que ahí se analizaba, complementaran su idea… y así lo hicieron. Dos cosas había por resaltar: una, mientras la defensa ideada por los científicos estadounidenses fuera más efectiva, se podía ejercer más gravedad y por lo tanto desacelerar más el tiempo, acariciando casi la eternidad: otra, cuando las personas se cansaran de vivir, bastaba con apagar el dispositivo para volver a los años terrestres y fenecer.


Lograron una verdadera hazaña, que gustó tanto a los principales gobiernos del mundo, que acordaron no crear millones de dispositivos para los millones de habitantes de la tierra, sino que crear uno gigantesco que desacelerara el tiempo para todo el planeta. Como sabían que, prolongar o eternizar la vida de las personas, provocaría una rápida sobrepoblación, promovieron la esterilización masiva por todo el mundo, y así, como un nuevo orden mundial, cambiaron la velocidad del tiempo para todo el mundo y todos celebraron la cuasi eternidad que el hombre por fin había alcanzado…


Casi de inmediato empezó a notar que el envejecimiento se detuvo, y no cambiaba el paisaje a su alrededor, que seguía contando con los mismos ríos atrapando al sol y a la luna en su espalda y los mismos árboles que ahora, como ya no había otoño, no derramaban lágrimas amarillas. Lo que no había en derredor eran amigos, pero no le extrañaba porque jamás los hubo; sus conocidos, sin embargo, seguían exactamente igual. Las personas sintieron un poco de nostalgia al saber que todo cuanto veían, a partir de aquel instante, no cambiaría nunca más, que tener descendencia era imposible y debían enfrentar otras desventajas; todo lo aceptaron sin mucho pesar, conscientes de que no existe nada peor que la muerte...


Peter y todos los habitantes de la Tierra, ya habían vivido lo que, de manera normal, hubiera durado mil años, cuando los amantes de la lectura ya habían leído todos los libros; los poetas escrito todos los poemas que faltaban en el florilegio universal; los viajeros conocido cada rincón del mundo; los tenorios amado a todas las mujeres que alguna vez desearon, y así, sucesivamente. Toda la humanidad había satisfecho por completo sus deseos, y cuando habían vivido lo que de otra manera serían dos mil años, todos habían hecho todas las cosas, aunque no formaran parte de sus deseos; de cuenta que los poetas habían amado a todas las mujeres y los mujeriegos leído todos los libros, por citar un solo ejemplo... 


La vida, entonces, se volvió insoportable. No tenían ganas de platicar porque estaban agotados todos los temas, y tampoco de guardar silencio porque las meditaciones también estaban agotadas; hasta dormir les parecía odioso porque ya habían soñado todos los sueños…. Peter empezaba a creer que la vida, aunque no fuera eterna, sino simplemente duradera, era tediosa, insoportable y que no valía la pena como él aseguró tantas veces; aun así, creía con firmeza que morir era peor; porque la muerte, al ser una eternidad privada hasta del tedio, sería menos grata.


Los que soñaron, en el umbral de su vida, tener hijos y verlos triunfar, vivían frustrados. Muchos sabiendo que eran casi inmortales, porque el tiempo no causaba deterioro en su cuerpo, sabían que sí podían morir por otras causas, por lo que decidieron suicidarse. Uno por uno, como lágrimas de árbol otoñal, fueron cayendo los habitantes. Los cobardes que no se enfrentaban al suicidio, intentaron asesinar a Peter King, pero por una u otra razón, nunca lo consiguieron. Suicidios y asesinatos acababan poco a poco con la humanidad, y también con la flora y fauna, porque hasta los árboles arrancaba sus raíces y corrían al cráter de los volcanes para morir incinerados…


Cuando habían vivido lo que durarían dos mil quinientos años, la tierra era acariciada únicamente por los pies cansados de Peter, que se resistía a morir, y así vivió lo que durarían cien años más. La tierra quedó sin mares, por lo que él pudo darle la vuelta al mundo varias veces. No podía diferenciar la realidad, el sueño y el recuerdo. Perdió la cordura casi por completo, y luego de tanto y tanto sufrir, de tanta soledad, decidió apagar el dispositivo para dejar que la Tierra y el tiempo continuaran con su paso normal… Pero en vano lo hizo, porque el sueño de inmortalidad de un hombre, había acabado con la vida de un planeta. Murió un año después, cuando tres cientos sesenta y cinco días, duraban otra vez tres cientos setenta y cinco días.


Fecha: 2017

Premio: Segundo lugar (compartido con otros dos cuentos) en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2022.

Pablo Bejarano junto a Aristides Bejarano 
en el Teatro de Huehuetenango, 2018.




El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya n...