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Las mil y una leyendas de Guatemala

Se cuenta (pero Alá es más juicioso, más sabio y bienhechor) que en la raíz de los tiempos había un hombre con imaginación prodigiosa y gran habilidad para el verso. Vivió en la antigua Persia entre palacios y derviches. Era un hombre que andaba por las calles buscando la manera de cambiar la vida, porque le parecía en extremo tediosa y, en cierto punto, horrible. Entregó sus noches a la creación literaria, tenía ideas inacabables y trataba de plasmarlas siempre. Su calidad era insuperable, no había en todo el planeta alguien con una imaginación más alta; sus historias se adornaban con fantasía en cada letra: contó la vida de Aladino y la lámpara maravillosa; contó la historia del joven flojo y el primate que hacía germinar árboles dadores de piedras preciosas; la historia del ciego que se hacía abofetear en el puente, por el bálsamo mágico que lo hizo ver todos los tesoros del mundo; la del espejo inverosímil que permitía confirmar la virginidad de las mujeres; la de Alí Babá y el muro que se abría con solo decir «ábrete, sésamo»; la historia de los animales que acompañaron al león en busca del hombre; las aventuras de Simbad el Marino enfrentando, con sus compañeros, a hombres gigantes y atracando en una isla que, en realidad, era una ballena; la de los jeques que salvaron con historias de humanos convertidos en animales al comerciante asesino del hijo de un efrit; la de la heroica franca que venció por amor al ejército de su padre; y un collar de maravillas que muchos años después se atarían con la voz de Sherezade, para trascender por mucho tiempo. Pero como aquella magia no existía más que en su mente, llegó el día de su deceso. A él lo olvidaron al extremo de que su nombre se desvaneció para siempre, pero sus cuentos viajan por los siglos de manera anónima con la garantía de no olvidarse nunca…


El autor de Las mil y una noches, descendió al Hades. Como todos los hombres que fueron buenos, pero no bautizados en el cristianismo, lo enviaron al Limbo; ahí se reunió con Homero, con Sócrates, con Virgilio, con Ovidio, con Séneca, con Horacio, con Plutarco y con un sinfín de intelectuales más. La vez que Dante pasó por ahí, no lo vio o no lo reconoció, por eso su nombre no aparece en la Divina comedia.


En el Limbo se ponían a platicar de forma incansable. Homero recitaba con gran sentimiento la guerra de Troya plasmada en la Ilíada y la pasión de Ulises y Penélope narrada en la Odisea; al terminar, era Virgilio quien cantaba las aventuras de Eneas, su amor por Dido, su batallas contra Turno; inmediatamente Ovidio empezaba a cantar, a manera de respuesta, las cartas de sus Heroidas, la de Penélope a Ulises y la de Dido a Eneas, por ejemplo; luego, en tono serio, intervenía Sócrates diciendo que como literatura estaba bien, pero que se equivocaban filosóficamente, porque no eran dioses tangibles de los que había hablado Orfeo. Después de todos, pasaba él a contar las historias de Las mil y una noches. Era la del «Espejo de las mujeres vírgenes» la predilecta de todos y la que él más decía. Cuando se cansaban de escuchar lo mismo, invitaban a Esopo para que les contara sus fábulas o a Sófocles para que hablara de Edipo Rey, pero al final, siempre caían en lo repetitivo; por lo mismo, hubo fiesta la vez que pasaron por ahí Dante (en un viaje ajeno al que hizo con Virgilio) y Luis Vaz de Camões, porque pudieron conocer las historias del Capitán Gama relatadas en Los lusíadas y la desgarradora historia del Conde Ugolino incluida en la Divina comedia, pero aquellos dos hombres solo llegaron de visita ya que, por ser sus poemas épicos alusivos a Cristo, iban camino al cielo...


Cuando los sabios quisieron escuchar cosas nuevas, todos presentaron poemas épicos maravillosos y el autor de Las mil y una noches siguió haciendo uso de su inigualable imaginación; contó la historia de las mujeres que huían de casa porque les dieron tiste con andar de araña; la de la ceguera blanca remediada al quitar el hilo que usa el ojo como carrizo; la del hombre que se volvió luminaria para siempre; la del venado de las siete rozas que en realidad era un brujo; la de la mujer que pintaba un barco en la pared, se metía en él, cerraba los ojos y huía; la de la trenza de mujer que se arrastraba como culebra y fue llevada por un perro al infierno; la de la campana que fue fundida con las pupilas de una novicia y al ser tocada en lugar de tañer, emitía lamentos; la del hombre que fue asesinado por sus propias esculturas cuando éstas cobraron vida; la de los hombres que se dejaban picar por tarántulas para sudar ojos y ver millones de veces más; la de los muertos que platicaban dentro de la tumba; la de los que buscaban el punto bajo la tierra donde se unían los océanos; la del hombre con respiración de imán que quedó convertido en árbol; y la del Azacuán que se robó la sombra de una mujer y se casó con un barrilete, entre otro sinfín de fantasías maravillosas. Todos los literatos que se encontraban en el Limbo lo ovacionaban y decían que en el mundo de los vivos merecían conocer esas historias encantadoras. No se sabe cómo, pero consiguieron que el alma de aquel genio se enfilara entre las almas que vuelven a la vida y que Anquises le describió a Eneas. Aquella alma ingeniosa que otrora escribió Las mil y una noches, volvió a la tierra y, cuando creció, escribió todas las historias inventadas cuando muerto. El lugar en que nació en esta segunda vida, está cubierta de volcanes y pirámides, en ella recibió el nombre de Miguel Ángel Asturias con el cual firmó Mil y una leyendas de Guatemala.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018.
Club de lectura "Letras entre Ruinas".


Conversación en el bosque

Los árboles sin hojas parecen relámpagos, por eso los bosques simulan una tormenta eléctrica cuando llega el otoño... Sobre charcos secos y amarillos caminaba Alberto, cabizbajo, cogitabundo y deshecho. Creyó que adentrándose en el bosque la pena menguaría, ya fuera por el contacto con los animales, por el color sepia que reina en el lugar, o por el concierto de relámpagos ramificados sobre su cabeza.


Tierra adentro, bajo la calva copa de los árboles, se encontró con un anciano que daba gritos lastimeros. Al verlo se sintió consolado, no porque el suplicio de alguien más lo aliviara, sino porque lo aliviaba el hecho de tener a quién contarle sus penas. Se aproximó al viejo y le preguntó su nombre. Me llamó Isaac, fue la respuesta. Después de cuestionar y responder las cosas que creyeron protocolarias, Alberto le solicitó licencia para contarle su historia y el anciano accedió.


Yo conozco una mujer; tan hermosa que la envidiaría la misma Helena; tan bella, que se adueñó de mis suspiros desde el instante primero. Empecé a pretenderla, y como es de esperarse cuando alguien de belleza esquiva como yo, pretende a alguien de hermosura reluciente como ella, fui despreciado. No fue tanto mi dolor tras su desdén, como lo fue al enterarme de que había aceptado en sus brazos a alguien más... En cuanto lo supe, quise conocer al hombre que cumpliría todos mis sueños, y al conocerlo, ¡ay desventura la mía!, la sospecha fue confirmada: no valieron mis cartas, mis poemas, mis llamas de fuego frío en racimos, ni el tiempo dedicado para conquistarla, porque ella se había deslumbrado por un físico perfecto... Al ver aquello caí en una noche negra y húmeda. Fue tiempo de maldecir mi fealdad, de reprocharle a la creación mi rostro sin gracia y de la tentativa de cambiar mi espíritu de caballero por un físico capaz de enamorar a Eva... ¡Eso! ¡Eso!, me dije al caminar por aquellos pensamientos: debo olvidar la virtud y conquistarla de cualquier forma. Entonces empezó a formularse en mi cabeza el plan que solo podría concebir un desquiciado...


Alberto llorando. Los animales a su alrededor deseando que Isaac fuera otro Noé para salvarse del diluvio salobre… Al escampar sus lágrimas se quedó silente, luego rasgó el mutismo con sollozos embarrancados y se dejó llevar por los versos de un poeta desconocido:

Una mujer

está de huésped

en mi cabeza,

quiero sacarla

sin que ella sepa

que estuvo aquí.

Fijó la mirada en el anciano, esperando que le solicitara el desenlace de la historia, pero Isaac estaba siendo apuñalado por el dolor y, en lugar de hacer la solicitud, recitó los versos de otro poeta anónimo:

Creo que al fin me estoy poniendo viejo,

a la mujer no miro con lujuria

ni se llena mi espíritu de furia

si me insultan frunciendo el entrecejo.


Nunca Isaac solicitó la continuación de la historia, Alberto tampoco escuchó los versos recitados por él. Minutos después retomó el relato de esta manera:

En mi cabeza se gestó el plan de cambiar mi rasgos, de ponerme el mismo rostro de Rubén, el novio de Eva, y a eso sumarle mi forma de ser. Creí que con esa combinación bastaría para enamorarla... Después me enfrenté al verdadero problema: ¿Cómo metamorfosear mi rostro? Luego de analizar varias opciones, llegué a la conclusión de que lo mejor era marcharme al extranjero para someterme a una cirugía plástica... Así lo decidí, y para llevar a cabo el plan, hice la primera idiotez de mi vida: asalté un banco y me marché… Permanecí lejos hasta estar en condiciones de regresar. Cuando lo hice, fue con la certeza de que todo saldría a la perfección, porque no me importaba hacer de todo para lograr mi cometido.


Volví con esa seguridad y con el rostro de Rubén sobre el mío, ¿qué podía faltarme? Tenía los rasgos del hombre de su vida, y mis palabras (muchas veces calificadas por ella como poemas). En efecto, no me faltaba nada, pero sí me sobraba algo, y ese algo era Rubén. No podía salir a las calles mientras él anduviera en el pueblo; o la gente se volvería loca pensando que vio a una persona en dos lugares distintos al mismo tiempo, o descubrirían mi plan. Fue entonces cuando hice uno de los actos más abominables de mi vida... El sol había caído, y tras seguirle los pasos a Rubén, me paré frente a él en un callejón oscuro, sin decirle nada; el corazón parecía el brazo mutilado de la noche. Al verme quedó estupefacto. No sabía qué pensar, si estaba apareciendo frente a sus ojos un hermano gemelo, del cual no tenía noticia; si lo estaban visitando del futuro; o si se encontraba frente a un espejo donde las reverberaciones tenían juicio propio… Después de estar callado unos segundos, me preguntó quién era. No quise contestarle. No tenía caso decirle nada. Recuerdo a penas esbozar una sonrisa antes de sacar el puñal y me abalanzarme contra su cuerpo. El hierro viajó sin inconvenientes a través de su abdomen. Me vio con ojos de búho. Yo no sé qué pensaría; tal vez que, de alguna manera inusitada, estaba suicidándose. Cayó frente a mí y oculté su cadáver. En ese momento no alcancé a sondear lo abominable de mi crimen; creía que el amor lo dignificaba. Tras el homicidio vi la brecha libre para llegar a Eva y disfrutar de su amor.


Pasaron algunos días hasta que el valor se acomodó en mi pecho. Pensé en las mejores palabras, en los mejores ademanes y los gestos más adecuados para estar frente a ella, y por fin, llevar mis rosados bajeles a su rojo puerto. Cuando la penumbra de la noche se rajó en el cielo y empezó a salir por sus hendijas la luz del día, me arreglé y fui a su casa. Llamé a la puerta. Bajo el umbral salía la luz de la habitación, y al ser interrumpida por sus pasos, parecía parpadear. Al verla sonreí. Quise fundir mis brazos en su cintura, como muchas veces había soñado. Después de tanto tiempo y de tantos delitos, al fin cumpliría mi quimera más cara: darle un beso… Cuando intenté abrazarla, descargó un empellón en mi pecho y me preguntó enfadada: ¿Qué haces aquí? Yo dije que iba a verla, a rebosar mis ojos con su hermosura. Estás loco, me contestó, fui clara contigo al decirte que me habías aburrido y que ya no quería nada a tu lado, porque me tiene harta tu forma de ser; deberías comportarte un poco más como Alberto y dejar de ser un patán...


En mí tuvo lugar el dicho de tanto navegar para morir en la playa. Sentí desfallecer, y desesperado, le confesé yo soy Alberto, ese a quien acababa de poner como ejemplo de caballerosidad, yo soy quien puede hacerte feliz para siempre… pero riéndose de mí, solo expresó el asco que le producían esas mentiras pronunciadas con el único fin regresar con ella... Tras decirme eso, tiró la puerta en mi cara. No sabía cómo actuar; había dejado todo por ese plan; había aceptado en mi rostro la cara del enemigo con tal de poseerla, y todo fue inútil. La mujer amada, había despreciado mi forma de ser, y ahora, desdeñaba mi físico, dejándome en claro que algunas personas nacen para no juntarse nunca. Cuando recordé las atrocidades hechas por mí en nombre del amor, supe que en verdad merecía el infierno. En ese momento parafraseé al poeta y pensé: hay males que solo se curan viendo el bosque… entonces me adentré aquí para llorar a Eva, como don Quijote a Dulcinea del Toboso.


Isaac no escuchó la historia. Pensando en la vejez fumaba el último de sus cigarrillos… Dejó de respirar, cayó con una luciérnaga hirviente en la mano, que al instante se reprodujo sembrando millones de luminarias a su alrededor. Entre la coreografía de estrellas ígneas, Alberto e Isaac se volvieron soles, y luego, lágrimas de la noche.


Nota: El primer poema citado pertenece a Aquí Figueroa; y el segundo, a Aristides Bejarano.


Fecha: 2018

Premio: Segundo lugar (compartido con otros dos cuentos) en los Juegos Florales de Huehuetenango, 2022.

Pablo Bejarano en 2022, junto a otros escritores,
Gala de premiación de los Juegos Florales de Huehuetenango 


La otra muerte de Jesús

Después de las bienaventuranzas y de multiplicar los peces y los panes para saciar el hambre de sus escuchas, Jesús caminó algún tiempo predicando con sabiduría, hasta que fue gloriosamente recibido en Jerusalén entre vivas, palmas y lisonjas. Al cabo de algún tiempo, cuando se encontraba rezando en el Monte de los Olivos, fue aprehendido y llevado ante Poncio Pilatos. Estuvo de poder en poder hasta que lo condenaron a morir en la cruz. A los tres días de estar muerto, resucitó y salió del sepulcro.


Se cuenta que anduvo cuarenta días en la Tierra, aguardando el momento de la ascensión. Subió a la diestra del Padre y ahí estuvo, a la espera de que muriera el último de sus apóstoles. Cuando éste conoció la muerte, Dios acordó mandarlos a predicar su palabra y propagar el bien en el otro lado del mundo, lo que hoy llamamos América.


Nuevamente una estrella señaló el lugar donde nacería el salvador del mundo. La historia parecía repetirse. Jesús creció como niño prodigioso, y cuando se hizo hombre, se reunió con sus doce amigos y predicó la palabra de Dios en Abya Yala. Invitaba a todos los hombres a amar al Padre por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.


Un día, en el valle sublime respaldado por tres volcanes, Jesús se reunió con varias personas para dar el mensaje de las bienaventuranzas. Al terminar, apareció una anciana con un poco de alimento hecho de maíz, y luego un joven con dos animales que cazó en el volcán más cercano. Los escuchas empezaron a quejarse de hambre, y Jesús, como en el pasaje que quedó registrado en la Biblia, decidió multiplicar los alimentos, pero aquí, las personas no tomaron aquel acto de bondad como milagro, sino como nigromancia. Todos se alborotaron. Los insultaron con los peores improperios que su idioma permitía y no esperaron, no, oración en ningún huerto ni llevarlo ante ningún Poncio. Ahí mismo fue capturado junto a los apóstoles…


Los nativos les dijeron que por creerse hechiceros, serían castigados con la muerte. Mandaron a llamar a dos ancianos sabios a quienes informaron sobre la multiplicación de los alimentos, y ellos decidieron que debían ser enterrados en vida. Al ver Jesús que estaba perdido, alzando los ojos al cielo, mientras suspiraba, dijo «Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya». Los viejos mandaron a cavar trece tumbas, quedando una al centro y doce alrededor; pronunciaron la sentencia, y al instante, el mesías y los apóstoles fueron cubiertos por la tierra. Tres días después, frente a los volcanes, el cuerpo de Jesús empezó a emerger, gota a gota, sobre el valle hasta formar un lago inmenso, en señal de resurrección; cuando el cuerpo terminó de acuificarse, aparecieron los apóstoles, convertidos en piedra, para rodearlo a manera corona. Sobre aquellas piedras, los pobladores erigieron templos, convencidos de su error y de la divinidad de los enterrados. Los trece hombres, tras la metamorfosis, lucen hoy como el lago de Atitlán y doce pueblecitos con nombres apostólicos.


Fecha: 2018

Pablo Bejarano en 2018
Lago de Atitlán. 



Tráfico de recuerdos

La luz del sol entraba rectangular a través de la puerta, pero fue tijereteada por mi sombra. Me paré frente a todos los que estaban en la sala, imposté la voz para oírme más varonil, y en el momento en que voltearon a verme, grité: ¿Quién ha robado mis recuerdos?... La mayoría guardó silencio, solo Juan Palencia se levantó y me dijo: Yo sé quién fue… Le exigí que me lo revelara en el acto, sin embargo, la impaciencia fue tanta, que me pareció mucho el tiempo transcurrido antes de que abriera la boca para decírmelo; entonces perdí el sentido y arremetí contra él a dentelladas, dejándolo tirado en el suelo con la respuesta ahogada en las cuerdas bucales.


Salí con desesperación a la calle y lamentando la muerte de la única persona en el mundo que sabía quién robó los recuerdos de mi mente. Con pesadumbre caminé algunas cuadras, tratando de inventar un pasado para no sentirme como recién nacido... A varias personas les pregunté sobre la identidad del ladrón de recuerdos; y quienes no me ignoraron, se rieron en mi cara… De esta suerte continué algunas calles más, creyendo que la esperanza había muerto para siempre… pero en una esquina, cuando estaba a punto de quitarme la vida, encontré a una mujer que me veía con ternura. 


Al principio no creí que hubiera ternura en sus ojos, sino compasión hacia mi desgracia; y cómo no, si mi aspecto era el de un indigente. A pesar de ello, la chica seguía viéndome con mirada enternecida. Decidí aproximarme a ella y preguntarle sobre mis memorias. Al verla a los ojos, sentí en su mirada algo familiar. No era una sensación que viniera de la mente, sino del corazón. Después de algunos minutos, me confesó no saber nada sobre quienes me despojaron del ayer, pero me comunicó sus sospechas respecto a unos tipos que vio camino de la capital, arrastrando remembranzas… También me dijo que tiempo atrás fuimos  novios y nos amamos. Tal vez por eso, aunque no la recordaban mis neuronas, la evocaban mi cuerpo y mi alma. 


Más adelante, me confirmaron que los traficantes de recuerdos iban rumbo a la capital, para vendérselos a las personas con Alzheimer a un precio muy elevado. La descripción coincidía con los detalles otorgados por la chica que alguna vez me dio su amor. Entonces salí corriendo rumbo a la ciudad para alcanzarlos, y mientras galopaba, hacía espirales en mi cabeza la idea de que era inaceptable ver cómo otra persona se quedaba con mi vida… porque al final de los tiempos, la vida es únicamente  las cosas que nuestra mente consigue guardar.


Con la mente vacía, no logré evocar el camino hacia la capital. Me detuve en una tienda para preguntarle al dueño si podía darme indicaciones sobre la ruta correcta, o si acaso conocía el paradero de los ladrones de recuerdos… El anciano me amplió los detalles sobre los traficantes. Me dijo que no viajaban por el camino nuevo, sino por el viejo, ya carcomido por el bosque. Le di las gracias y partí tras ellos... Recuerdo haber escuchado a lo lejos sus gritos, advirtiéndome que debía tener mucho cuidado porque el bosque estaba lleno de peligros. También recuerdo haberle preguntado su nombre, para llenar mi mente de nuevos recuerdos… Me respondió que no sabía con certeza cómo se llamaba, porque hace muchos años también lo despojaron de sus memorias, y para no quedar con la mente en blanco, contactó a los traficantes con el fin de comprarles su pasado; pero, al parecer, los sujetos le entregaron un cargamento de recuerdos de otra persona, y por eso no estaba seguro si en verdad era el del cuerpo o el de la mente…


Salí tras los traficantes a través del bosque. Al estar ahí, pude notar un paisaje estremecedor. Los árboles no parecían árboles, sino hombres; no por su aspecto, por la sensación que daban  de estar observando todo el tiempo. Sobre la hojarasca había huellas tatuadas, creí que eran de los traficantes y caminé hacia ellas. En el camino no pude hacer otra cosa que meditar sobre la importancia de los recuerdos. Pensar en lo obscuro de una noche mental, me quitaba toda esperanza de recuperar la luz del pasado... De repente, oí una voz que interrumpió mis pensamientos y me llamó por un nombre que, supuse, era mi nombre: Pablo, Pablo -me dijo- no pienses que no hay esperanza en la oscuridad. Sorprendido, busqué el cuerpo del cual procedía la voz, pero no encontré nada… Pronto me percaté que emergía del fondo de un árbol de laurel. 


Me paré frente al tronco y le pregunté quién era, luego le exigí que me dijera cómo se atrevía a asegurar eso. El árbol de laurel me dijo: Soy Dafne, una ninfa que existió hace muchos años. Apolo vivió siempre enamorado de mí, pero nunca pude corresponderle… sin embargo, no es de eso de lo que quiero hablarte, sino de su nacimiento. Su madre es Leto, la noche, y su padre es Zeus, dios de la voluntad y del relámpago. Ella representa la oscuridad total, y en medio de esa penumbra, aparece Zeus, que es el rayo, y la deja en cinta. Ella da a luz a dos gemelos, Artemisa y Apolo, quienes representan a la luna y al sol. Fue Artemisa la primera en salir del vientre de su madre; Apolo, el último. Todo esto te lo digo porque debes saber que, si estás hundido en las tinieblas, necesitas poner de tu voluntad para salir poco a poco de ella; ser primero como la luna, para luego llegar a ser como el sol. En pocas palabras, de la oscuridad podemos pasar a la luz, si luchamos por ello. Así que no desmayes, tú puedes luchar para recuperar tus recuerdos… Cuando Dafne terminó su discurso, salí corriendo asustado, y solo me detuve cuatrocientos metros adelante. 


Vi un árbol frondoso que con su copa ofrendaba sombra al suelo, y me recosté en su tronco a meditar sobre lo dicho por Dafne. Llegué a la conclusión de que la verdad estaba de su lado: yo debía luchar con voluntad si quería salir de ese sitio obscuro; entonces por mi mente se cruzaron dos ideas para llegar, según yo, a la luz. Una, era darles alcance a los traficantes y recuperar mis recuerdos, algo que por entonces veía imposible, porque de seguro ya estarían arribando a la capital para venderlos; la otra, el suicidio. Mientras cruzaban esas cavilaciones por mi mente, oí cómo, del fondo del árbol en que estaba recostado salía una voz, ahora masculina. 


Me levanté de inmediato para escucharlo: Me llamo Pier della Vigna y soy de quienes han perdido la vida por mano propia. Debido a eso, cuando estuve frente a Minos me dio siete vueltas mandándome al Bosque de los Suicidas. Ahí fue puesta mi alma dentro de este árbol. Con mucho esfuerzo conseguí escapar del Infierno y refugiarme acá, donde no me martirizo escuchando lamentos… Aún así, para el día del Juicio Final, mi alma está condenada a no regresar al cuerpo que en vida desprecié; mi único consuelo será ver colgados mis restos humanos en estas ramas. No quiero verte sufrir el mismo destino ni que te condenen a separarte irremediablemente de tu cuerpo. Por eso te digo, el suicidio no es solución para nada: si tu amenaza es de muerte, no es con la muerte que vas a solucionarla. En tu caso, que es por la pérdida de tus recuerdos, morir y desaparecer, no solo de tu mente, sino también en la de tus amigos, sería peor. Debes luchar tus anhelos, no importa cuánto, pero debes luchar. 


Cuando Pier della Vigna terminó su discurso, mi reacción fue la misma: salí corriendo hasta encontrar un árbol de amplia sombra. Bajo el cobijo de un aguacatal, cavilé durante largo tiempo sobre lo dicho por el árbol, y en verdad convine con él en que el suicidio no es solución para nada. Eso me alentó para recuperar mis sueños, llevando todo hasta las últimas instancias... Estaba por levantarme, cuando de nuevo escuché una voz: Pablo, yo soy el Hombre que lo tenía todo, todo, y terminé como me ves, por empeñarme demasiado en algo, como tú piensas empeñarte ahora... Mi hijo, Espejito con Ojos, tenía la ilusión de hacer unos lentes con pepitas de aguacate, y como el aguacatal a quién se lo pidió, se los negara, me sentí con el derecho de obligarlo. El árbol se negó de nuevo, y yo, en un impulso de insensatez, empeñado en satisfacer a mi hijo, lo reduje a un puño de leña... Ya me disponía a volver a casa, cuando fui llevado a juicio en un bosque, donde me condenaron, no a beber cicuta como Sócrates, sino a convertirme en esto… Mis vecinos tienen razón, aún estando en la obscuridad de la noche, debes tener la voluntad para llegar al día; y aún en esa misma oscuridad, puedes seguir varios caminos excepto el del suicidio; pero también yo la tengo: si bien debemos luchar por nuestros anhelos, no debemos obsesionarnos con ellos… Ahora estás en este bosque, el bosque de los árboles-humanos, persiguiendo a los traficantes de recuerdos que, según tú, llevan los tuyos para venderlos a las personas con Alzheimer, pero  no fueron ellos quienes te despojaron de tus memorias… Fue Morfeo. Por ello debes actuar con la razón, no con la obsesión, para no equivocarte. 


Sorprendido por su revelación,  en lugar de salir corriendo tras los traficantes, le pedí los datos sobre la ubicación de Morfeo. Lo tomé de las ramas, y no lo solté hasta que me lo dijo. Antes de irme le pregunté sobre el motivo por el cual Morfeo se roba los recuerdos. Me respondió que no era para venderlos a las personas con Alzheimer, como yo creía, sino para colocarlos en la mente de las personas dormidas y llenarles la noche de imágenes. Me aclaró también que por ese motivo, vemos en los sueños a personas desconocidas, que al despertar, nos cuesta recordarlas con claridad, porque pertenecen a otro mundo, a otra mente. Con esa información, me dispuse a seguirlo más a prisa… Me parecía insoportable la idea de que alguien más viviera todas las alegrías y tristezas vividas antes por mí…


Por correr sin ver el camino, me sucedió lo siguiente: entre los árboles que pretendían atraparme con manos rígidas, corría; de pronto me pareció ver entre el parpadeo de las hojas la figura de un hombre. Debía ser Morfeo, no podía ser otro. Llevaba entre sus manos una esfera donde podían verse todas las cosas al mismo tiempo, como en el Aleph de Borges: supuse que eran mis recuerdos, y apresuré el paso. Morfeo se percató de ello y también salió corriendo. Mis zancadas comían más distancia que las suyas; estuve a punto de alcanzarlo, pero al estirar la mano, dio un giro repentino que  no conseguí imitar, y me embarranqué. Mientras caía pude ver la cara de Morfeo atravesada por una sonrisa sarcástica… Antes de llegar al fondo del barranco, mi cuerpo dio un salto y desperté. Estaba agitado y tembloroso. Pronto lo supe: nadie habían robado mis recuerdos, lo sentí así porque estaba en otro mundo, en el mundo de Morfeo, que manda nuestras memorias a otra mente mientras estamos en sus dominios…


Fecha: 2018

Premio: Premio único de cuento en los Juegos Florales de Cabañas, Zacapa, 2018.

Pablo Bejarano en 2018
Gala de premiación de los Juegos Florales de Cabañas, Zacapa 


El suicida

Los ancianos caminan cada vez más encorvados, porque la tumba los llama poco a poco. Cuando la tierra los imanta con mayor intensidad y ya n...