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Semillas de sangre

Cayó muerto Juan el peleonero en el callejón más obscuro de la ciudad, segundos después de que una luciérnaga asesina saliera del revólver de Pedro de Mata, alias Pedro te mata, y se dirigiera a su rostro. Nunca se supo con certeza el motivo del asesinato, sin embargo, meses después, el homicida fue condenado a muchos años de prisión.


Luego de haber asesinado de forma impía a Juan el peleonero, Pedro te mata trató de fugarse, pero se lo impidieron tres mil perros callejeros con su ladrido estrepitoso y haciendo valla a su paso para que no escapara. Por cualquier lugar que pretendiera huir, había perros, perros, perros. Un rayo cayó dos cuadras adelante del victimario y de la víctima, y el trueno, que en otra ocasión hubiese parecido ensordecedor, no se escuchó, porque los canes con sus ladridos provocaban un estruendo aún más fuerte. Alarmados por el coro espantoso, pobladores y autoridades se congregaron en el teatro criminal para ponerse al corriente de lo sucedido. Al llegar, vieron a Pedro te mata con pistola en mano y el cañón del arma exhalando un hálito de muerte, mientras que Juan el peleonero, yacía creando venas rojas en el suelo. Al homicida lo capturaron al instante y fue llevado al presidio por la fuerza, y el cuerpo marchito de la víctima fue levantado más tarde, cuando llegó el Ministerio Púbico, mucho después que los gusanos.


En el juicio, luego de presentar una lista de contundentes pruebas, Pedro fue condenado a veinte años de prisión inconmutables. Cuando la policía lo trasladó a la celda donde afrontaría su desgracia, salió gritando una condena que poco tenía en común con la del juez: me vengaré de los culpables de mi captura, fue lo que dijo. La vida en la Ciudad de la Paz, como había sido nombrada desde su fundación en los tiempos del armisticio, continuó su ritmo habitual con cinco mil habitantes y tres mil perros callejeros durante algunos años. Tres gatos había nada más en la ciudad, y eran los encargados de controlar la plaga de ratas. Estos tres felinos habían sobrevivido al ataque de los perros, gracias a que mutaron su cola gatuna a una canina, con la cual confundían a los perros si se acercaban a olfatearlos por la última parte del cuerpo. Los tres mil seres callejeros nunca hacían perjuicio, no ladraban más que para alertar a la ciudadanía sobre un crimen, como en el caso de Pedro te mata, y no se comían los animales de corral ni asaltaban las cocinas, porque todos los ciudadanos les regalaban concentrado. El perro no es mañoso sino hambriento, decía José Godoy cuando le daba un puñado de croquetas al cachorro que pasaba frente a su morada de anciano solitario.


Con el tiempo, los habitantes de la Ciudad de la Paz se duplicaron, igual que los canes, pero la armonía entre ambas especies continuaba estoica, porque la humanidad y la fauna son buenas por naturaleza. Las parejas de enamorados se entretenían lanzándoles croquetas a los perros bajo los árboles del parque, como en otros pueblos les tiran alpiste a las palomas. Varios policías tuvieron que marcharse, porque eran un estorbo en la ciudad, los perros patrullaban mejor las calles. La gente siempre comentaba que, si bien los canes no les servían en algo bueno, a no ser infringirles miedo a los forasteros que tal vez se acercaban con intenciones malévolas, tampoco hacían mal a nadie. Sirven de adorno, comentaba doña Teco mientras le acariciaba el lomo a uno…
 

Al cumplir la condena de tan largos y tediosos años, Pedro te mata salió libre y se reincorporó a la sociedad que lo recibió amablemente, porque ya había olvidado su repudiable crimen. Pero la cárcel, lejos de sanar la maldad de los que pasan por ella, les envilece el corazón y agranda el encono, Pedro salió podrido de rabia y soledad, porque durante el tiempo que estuvo encerrado no tuvo con quién hablar, ya que había sido el único recluso durante los cuatro lustros en aquel sitio de espanto, teniendo como compañero únicamente su afán inacabable de venganza. Largos y dolorosos fueron aquellos veinte años para su condición de hombre libertino, pero fueron cortos y propicios para su condición de vengador y para planear su desquite contra los perros delatores.


Cuando lo vieron caminar, por las rúas desgastadas de la ciudad, fue tomado y recibido como un nuevo ciudadano, y nadie se percató que el inicio de la desaparición de las pollos, los patos y los pavos, y también los robos escandalosos en las cocinas durante las noches, coincidió con el retorno de Pedro te mata, por lo tanto, todo mundo empezó a señalar como culpables a los perros. Fueron esos malditos estorbos, esos pulgosos desventurados son los responsables, eran los múltiples comentarios que se propagaban de boca en boca por las calles en contra de las criaturas caninas. Aprovechando que el olvido había hecho una mala jugada en los recuerdos de la población, Pedro te mata dijo que se llamaba Joaquín Rodríguez, y tomó una figura de caudillo ante la gente que ahora estaba ensañada contra los perros. Debemos matarlos, darles bocado antes de que nos dejen sin comida, decía, sólo de esta manera acabaremos con las travesuras que hacen eco en nuestro bolsillo. Cada mañana, después de que las personas reportaban nuevos destrozos, lo repetía. En realidad, los perros no hacían nada, porque era él quien perpetraba los delitos por las noches, cuando las personas ensayaban la muerte.


Cansados de tanta maldad, de tanta pérdida, los pobladores optaron por ya no darles comida y, sobre todo, por acabar con la vida de los perros. Los animales, al ya no recibir la ración acostumbrada de croquetas, decidieron enflaquecer antes que robarle comida a quienes fueron sus benefactores durante tanto tiempo, pero la ciudadanía, cegada por el odio, como todo engañado, no se dio cuenta de que si estaban escuálidos, no podían ser ellos quienes les robaban noche a noche en los corrales y las cocinas. Cada vez que se topaban un perro en el camino, lo saludaban a puntapiés, al extremo de que luego caminaban los perros con miedo y encogidos como si hasta el viento fuera a patearlos. Dos semanas llevaban sin comer, y ya andaban presumiendo la cárcel torácica. Después de esos catorce días, volvieron a ver que las personas salían de su casa con alimentos en las manos para lanzárselos como antes. Se pusieron tan contentos, que movieron la cola como nunca lo habían hecho, la movieron todos juntos con velocidad tal, que provocaron un viento fuerte como hélice de helicóptero. Cada perro recibió su ración de aquel pedazo de muerte disfrazada de carne. Era tan poderoso el veneno, que en el instante de tragar el primer bocado, los perros callejeros quedaron patas arriba, con la lengua fuera y los ojos trabados, sacando las primeras y últimas lágrimas de su vida, y lanzando todos al unísono un llanto terrible, tan grande y estrepitoso, que podía equipararse únicamente con el ladrido de cuando delataron a Pedro te mata. Una hora después del envenenamiento masivo, del perricidio, la ciudad estaba cubierta por seis mil cadáveres. Los recogieron todos, con asco, inclusive el cadáver de los tres gatos con cola canina, porque hasta el pueblo había olvidado que no eran perros, y fueron a tirarlos en un paraje desértico y remoto.


No había transcurrido un año del exterminio, cuando llegaron a la ciudad cerca de diez gatos, comunes y, aparentemente, inofensivos. Al cabo de un año, aquellos diez gatos a los que la gente no había prestado importancia, eran mil, y a los dos años, tres mil, porque se reproducían cada vez más rápido. A diferencia de los perros, estos animales eran perjuiciosos y traviesos. Los pollos, los patos, los pavos y los víveres empezaron a desaparecer de nuevo, pero ahora sí era por culpa de los animales, pues Pedro te mata, ya cumplida su venganza, no tenía razón para seguir haciendo aquello. Los sustitutos de los novios que un día lanzaban croquetas a los canes en el parque, ahora salían huyendo, con el rostro arañado y las ropas andrajosas. Por las noches, en las que no se escuchaba más que el sonido de las nubes acariciando la luna, ahora se llenaba el ambiente de maullidos, asiduas peleas en los tejados, y llantos parecidos a lamento de neonato. Ya no era con el tic tac si no con el miau miau como se medía el tiempo en la Ciudad de la Paz, donde empezaban a extrañar la presencia de los seis mil perros callejeros.


Las personas dejaron de salir, porque con el tiempo y los pollos que comían los gatos, se habían vuelto tan grandes como leones y eran capaces de matar a alguien de una mordida. Telemáticamente, para no salir de su morada y encontrar la muerte, todos los vecinos se pusieron de acuerdo para envenenarlos, como cuatro años antes envenenaron a los canes. Salieron con los filetes asesinos en las manos, y se los lanzaron esperanzados en darles muerte, pero estos, más astutos que los perros, no comieron y continuaron gobernando las calles del pueblo por un año más. Muchos noviazgos vieron su fin por aquella época a causa del toque de queda omnipresente declarado por los gatos del tamaño de leones. El alcalde municipal hizo un llamado al presidente de la república solicitando su auxilio, y el presidente respondió enviando soldados que llegaron a la ciudad dos meses después. La dictadura felina se hacía cada vez más fuerte, pero el día en que las personas enclaustradas durante mucho tiempo en su casa, escucharon el sonido de vehículos en las calles, terminó para siempre. Durante cuatro horas los soldados dispararon a los invasores para acabar con todos. Cinco mil disparos y tres mil quinientos rugidos de gatos roncos como leones contó Homero de la Vega desde su casa, asumiendo que el ejército había errado mil quinientos tiros, pero acabado con todos los gatos. La ciudad entera salió a limpiar las lagunas de sangre que quedaron en las calles y a recoger los cadáveres enormes de los felinos, que fueron a tirar en el mismo lugar en el que un día dejaron a los perros. La paz regresó a la Paz…


Ratas, tan pequeñas como ojos de hormiga, empezaron a rondar las casas, meses después del gaticidio. Se multiplicaron a la velocidad de la luz, y cada nueva generación era más grande que la anterior en tamaño y cantidad. Al cabo de dos años, la plaga de ratas pigmeas que llegó, se había vuelto una plaga de ratas ciclópeas. Con la aparición de los roedores, llegaron pulgas, y con las pulgas, enfermedades letales. Por vez primera desde fundada la Ciudad de la paz, la población de animales (cincuenta mil ratas e infinitas pulgas) superaba la población humana que apenas rondaba por veinte mil personas. Todos los ciudadanos enfermaron de gravedad. Las ratas portadoras del tifus, eran picadas por las pulgas que luego inyectaban en los humanos el virus. Uno por uno fueron enfermando todos en la Ciudad de la Paz, por entonces conocida como la ciudad valetudinaria.


Murieron dolorosamente después de larga agonía. Uno de los últimos en fenecer, fue Pedro te mata, que antes de marcharse vio como Juan el peleonero se burlaba de él y le decía: ves cómo es mejor estar muerto, así no te enfermás. Te mata respondió aquello gritando: maldita la hora que mataron a los perros por mi culpa, y luego… cerró los ojos. Todos, antes de morir, lamentaron haber matado a aquellos seis mil seres buenos que mantenían la ciudad limpia de gatos y ratas. Cuando los habitantes del lugar asesino necesitaron la ayuda de los perros para cruzar el río que separa el infierno del paraíso, ninguno acudió al llamado… En el país se regó la noticia que una peste de fiebre tifoidea había acabado con la vida en la Ciudad de la Paz que, desde entonces, fue declarada ciudad proscrita…


Cien años después de la muerte endémica de todas las personas, los cadáveres se habían desintegrado, las casas abandonadas empezaban a caerse, y en las calles de tierra, intransitadas por pies humanos desde hacía un siglo, las ratas domesticadas por las pulgas, araban el suelo para poder sembrar semillas de sangre.


Fecha: 05/2017
Premio tercer lugar en los juegos florales de Teculután, Zacapa, 2018.
Pablo Bejarano en 2018
Gala de juegos florales de Teculután, Zacapa 

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